Isla 1731

José Francisco de Isla: «El que traduce al que leyere»

Esprit Fléchier, El héroe español. Historia del emperador Teodosio el Grande, sacada de la que dio a luz en lengua francesa el Ilustrísimo Fléchier, obispo de Nîmes. Por el Padre José Francisco de Isla, de la Compañía de Jesús, Madrid, Alonso Balvás, 1731, I, 63–68.

Fuente: M.ª Jesús García Garrosa & Francisco Lafarga, El discurso sobre la traducción en la España del siglo XVIII. Estudio y antología, Kassel, Reichenberger, 2004, 119–120.

 

[63] Si se llama traducir con fidelidad volver puntualmente a nuestro idioma las frases, colocación, aire y carácter del lenguaje que se copia, desde luego confesamos que es infiel en casi todo el contexto esta nuestra traducción; pero si basta para traducir bien y con legal exacción exprimir el pensamiento del autor que se construye, sin alterar el sentido, poniendo en orden las expresiones y dejando a cada lengua el arranque de las cláusulas, el aire de las transiciones y la disposición de los períodos, según el peculiar dialecto de cada una, confesamos también que este intento nos propusimos. Si no acertamos a lograrle culpa fue de nuestra [64] insuficiencia y pueda bastar por castigo esta sincera confesión.

No pretendemos llamar a examen estas dos reglas ni mucho menos graduarlas; contentámonos con decir que seguimos la segunda porque la vemos practicada por los príncipes de la traducción.

El ilustrísimo Manero en la de Tertuliano, don Gómez de la Rocha en la Moral del caballero Gran Cruz Manuel Tesauro, don Francisco de Aragón en la de Cansinio, en los Epigramas de Owen don Francisco de la Torre, Basilio de Buren en la de Enrique Caterino, el maestro Altamirano (por otro nombre el padre Gabriel Bermúdez) en la del Retiro espiritual, y finalmente, sin que sea adulación, la de Felipe V, cuando niño duque de Anjou, de las Costumbres de los alemanes y Vida de Julio Agrícola, que tradujo a su idioma [65] francés del latino, en que las escribió Cornelio Tácito, son pruebas experimentales de la verdad que adelantamos.

En estos autores, a quienes no se les puede disputar sin hacerles injusticia el acierto en traducir, juzgaron que cumplían con su obligación si daban vivo equivalente en el castellano u otro lenguaje vulgar a lo que otros explicaron con elegante significación en el suyo; sin embarazarse en otras prolijidades que muchas veces solo sirven al desaire de la cláusula y no pocas a dejar dificultosa y aun casi no inteligible la construcción. Y nosotros creímos (siguiendo a Quintiliano) que sería honesto arrojo exponernos a errar con tan buenas guías.

Ni por eso dejamos de arreglarnos a la letra del texto, siempre que en hacerlo no se encuentra (a nuestro parecer) especial dureza o [66] disonancia, lo que sucede en no pocos lugares y aun parágrafos enteros. El señor Fléchier, benemérito de la nación española, puso su garbosa pluma en manos de la inclinación, y como el afecto la gobernó siempre hacia España apenas dejó en su estilo de francés más que las expresiones, dándola en lo demás un aire o muy parecido al nuestro o, a lo menos, no tan semejante al modo de las cláusulas que estilan los franceses y suena con desabrimiento y flojedad en nuestros oídos, con que en muchas partes pudimos acomodarnos sin violencia a la construcción literal.

Pareciónos necesario hacer esta advertencia para que el repaso que harán naturalmente los que censuran los libros por comisión de su propia voluntad, antojo o capricho, se halle respondido antes que formado, y conste a todos la malicia de [67] error que, si lo es, fue con total advertencia.

Con todo eso, para acomodarnos con más propiedad al modo libre con que construimos esta historia no la damos el nombre de traducción y nos contentamos con decir que la sacamos, en atención a una u otra cosa que se omite y a alguna otra que se añade, aunque todo es más en los accidentes de las expresiones que en la substancia de las sentencias.

Conocemos que en este género de traducción poco ceñida no se echarían menos ni la advertencia ni la dedicación del autor; pero, con todo eso, nos pareció conveniente no omitirlas porque, además de ser muy digno de la noticia pública cualquier rasgo de tan culta pluma, hallamos la congruencia de que la primera da razón de los [68] superiores motivos que tuvo para emprender esta obra y la segunda es un epílogo doctrinal de todo su contenido, pudiendo conducir lo uno para la estimación y lo otro para el documento.