Formación de traductores

La formación de traductores

A pesar de tratarse de una actividad largamente practicada, no contamos en España con una formación universitaria de traductores hasta el último cuarto del siglo XX. El primero en abrir sus puertas fue el Centro Universitario Cluny, fundado en Madrid en el curso 1959–1960 como delegación del Institut Catholique de París, pero cuyo título no contaba con reconocimiento en España. Por su parte, Valentín García Yebra inició ya a partir de 1963 diversas gestiones ante el Ministerio de Educación y Ciencia que desembocaron en 1974 en la creación del Instituto Universitario de Lenguas Modernas y Traductores (Universidad Complutense de Madrid), y que ha venido impartiendo hasta la actualidad estudios de posgrado. En 1972 la Universidad Autónoma de Barcelona creó una Escuela de Idiomas Modernos (única posibilidad prevista entonces), claramente orientada hacia la formación de traductores. En 1984 obtuvo el reconocimiento de Escuela Universitaria de Traductores e Intérpretes. La interpretación comenzó a impartirse en el curso 1979–1980 con un diploma final de posgrado. En ese mismo curso académico se creó en Granada la segunda Escuela Universitaria, donde ya desde su propia apertura se ofrecía formación en interpretación. La tercera Escuela se inauguró en Las Palmas de Gran Canaria en 1988. Es fácil apreciar que, en un principio, las condiciones no fueron las mejores posibles: al estar diseñados estos estudios como diplomaturas (es decir, de tres años de duración) no obtuvieron el deseable reconocimiento académico, lo que impidió el acceso de los titulados a los organismos internacionales, donde se exigía el título de licenciado. Ello hizo que numerosos diplomados en traducción buscaran completar sus estudios posteriormente accediendo al segundo ciclo de la licenciatura. La falta de reconocimiento era, por otra parte, legítima, ya que al ser muy breve el período de formación se cercenaba la posibilidad de adquirir una buena competencia en una segunda lengua extranjera y en el ejercicio de la traducción especializada.

En septiembre de 1991 se publicaron las directrices generales propias de los planes de estudios conducentes a la obtención del título oficial de Licenciado en Traducción e Interpretación, lo que propició un proceso generalizado de implantación de los estudios por todo el territorio español, con un crecimiento espectacular del número de centros, hasta el punto de que hoy se cuenta con una veintena. Es particularmente destacable el hecho de que el Ministerio optara por incluir la formación de interpretación dentro de las materias troncales, lo que chocaba con la opinión mayoritaria de los especialistas universitarios, quienes abogaban por su tratamiento a nivel de posgrado. En cualquier caso, lo cierto es que, en la actualidad, cuando las diferentes universidades cuentan con mayor libertad para no incluir materias concretas en los planes de estudio de los títulos de grado –titulaciones adaptadas al Espacio Europeo de Educación Superior (EEES)– la tendencia mayoritaria ha sido la de integrar asignaturas de iniciación al ejercicio de la interpretación, quizás por considerar que los tiempos de impartición de la licenciatura han propiciado un reconocimiento social conjunto de estos estudios. Tal ha sido también la recomendación hecha por ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación), que ha de juzgar en primera instancia la idoneidad de los títulos de grado previstos por las diferentes universidades. Ello no es óbice, claro está, para seguir manteniendo como prioridad la impartición de la formación especializada en interpretación a nivel de posgrado.

La conversión de la Diplomatura en Licenciatura vino acompañada de la creación de un área de conocimiento propia, «Traducción e Interpretación» (antes «Lingüística Aplicada a la Traducción»), lo que significó la posibilidad de dar vida a departamentos universitarios autónomos. En algunos casos se optó por ofertar la licenciatura en centros de nueva creación; en otros casos se prefirió integrarla en centros ya existentes, con la sola apertura de departamentos especializados. Con anterioridad a la publicación del decreto que regulaba la Licenciatura de Traducción e Interpretación, habían comenzado a impartirse los estudios en las universidades de Málaga y Alfonso X el Sabio (1990–1991), que luego se adaptaron a la estructura de cuatro años. Con posterioridad al decreto de 1991 se empezaron a ofertar estos estudios –en forma de licenciatura primero y de Grado después– en las universidades de Alicante, Pompeu Fabra, Salamanca y Vigo (1992–1993); la Autónoma de Barcelona, Granada, y Vic (1993–1994), Alicante, Europea de Madrid, Jaume I de Castellón, Las Palmas de Gran Canaria (1994–1995) y, posteriormente, en la de Valladolid (en Soria), en el Centro de Estudios Superiores Felipe II (adscrito a la Universidad Complutense de Madrid y después clausurado), Universidad del País Vasco en Vitoria, Autónoma de Madrid, Antonio de Nebrija (titulación hoy extinta), Pablo de Olavide, Murcia, Córdoba y Valencia. Con implantanción más reciente se ha ofertado en las universidades de Alcalá de Henares, Oberta de Catalunya, Complutense de Madrid, Europea del Atlántico, Europea de Madrid, Juan Carlos I, Europea de Madrid, San Jorge (Zaragoza), Europea de Valencia y Universidad Internacional de Valencia.

También se ha de mencionar la existencia esporádica de programas de posgrado, como los ofertados en alguna ocasión por universidades que no ofrecían la titulación a nivel del licenciatura o grado, como la de Castilla–La Mancha (en la Escuela de Traductores de Toledo, Curso de especialista en Traducción Árabe–Español) o La Laguna (Máster en interpretación de conferencias). En ambos casos se trata de títulos propios. También comenzaron a proliferar los programas de doctorado que contemplaban la posibilidad de desarrollar investigación en el ámbito de la traducción, como los de la Uni­versidad Complutense de Madrid, Salamanca, Rovira i Virgili, Alcalá o las tres universidades que habían impartido la diplomatura. El primer programa dedicado específicamente a la traducción fue el de la Universidad de León (1993), al que siguieron, en esa década de los 90, por orden cronológico, los de la Autónoma de Barcelona, Las Palmas de Gran Canaria, Málaga, Jaume I, Vigo, Pompeu Fabra, Alicante, Valladolid y Vic.

Los estudios en Traducción e Interpretación, como todos los estudios universitarios de la universidad española, fueron sometidos a una importante reforma, con el fin de consolidar un proceso de convergencia en materia universitaria a nivel europeo, basado en la Declaración de Bolonia, la cual sentó las bases para la construcción de un entorno universitario organizado conforme a ciertos principios (calidad, movilidad, diversidad, competitividad) y orientado hacia la consecución de unos objetivos concretos, que debían ser alcanzados antes de 2010 por todos los países firmantes de la Declaración. La nueva organización de la enseñanza universitaria no sólo ha tenido una dimensión estructural sino también metodológica, ya que se proponía como objetivo ubicar a los estudiantes en el centro del proceso de aprendizaje, enfatizar la adquisición de competencias más que la de contenidos, instaurar auténticos sistemas de evaluación continuada, favorecer un contexto de formación a lo largo de toda la vida, etc. El marco legal vino dictado por un Real Decreto de 2007, posteriormente modificado en 2010.

Los planes de estudio de las titulaciones ocupadas de formar traductores e intérpretes han tenido en gran consideración las observaciones y recomendaciones recogidas en el Libro blanco. Título de Grado en Traducción e Interpretación, promovida por la ANECA (2004) y en cuya preparación participaron todas las universidades que por entonces impartían la titulación. Según dicho documento, el objetivo básico del Grado debía ser el de «formar a traductores e intérpretes generalistas –esto es, traductores no especializados e intérpretes sociales o de enlace– capaces de hallar, procesar, evaluar, transformar y transmitir la información lingüística y gráfica para resolver los problemas de comunicación originados por las lenguas en terceras partes, y de hacerlo en los modos y medios técnicos pertinentes, garantizando la máxima calidad». Preveía como perfiles profesionales preferentes de los titulados los siguientes: traductor profesional «generalista»; mediador lingüístico y cultural; intérprete de enlace; lector editorial, redactor, corrector y revisor; lexicógrafo, terminólogo y gestor de proyectos lingüísticos; docente de lenguas.

Las estimaciones más contrastadas apuntan que actualmente, en 2020, en la universidad española cursan estudios de Grado –en sus cuatro cursos– alrededor de 11.500 alumnos y estudios de doble Grado unos 400. De todos ellos, unos 7.600 lo hacen con inglés como lengua B (es decir, como primera lengua extranjera, 2.400 con francés, 1.200 con alemán y 140 con árabe. Cabe señalar que como lenguas A (lengua materna), lógicamente, se ofertan todas las lenguas oficiales del Estado; como lenguas B tan sólo cinco (inglés, francés, alemán, árabe y la lengua de signos catalana) y como lenguas C (segunda lengua extranjera) se amplía la oferta a veintiuna lenguas. Diez universidades solo ofrecen una lengua B, el inglés.

Con el fin de estudiar la problemática de la enseñanza y prestar atención a las necesidades laborales se constituyó en 1998 la Conferencia de Centros y Departamentos Universitarios de Traducción e Interpretación (CCDUTI), que sirvió como interlocutora con las altas instancias educativas. En 2016 se convirtió en AUnETI (Asociación de Universidades del Estado Español con Titulaciones Oficiales en Traducción e Interpretación) y en cuya página web se encuentra disponible información detallada sobre la oferta formativa en el país.

 

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Luis Pegenaute