Localización

La localización

Hoy por hoy, la denominación «traducción de textos informáticos» resulta tan obsoleta como equívoca y posee exigua utilidad. Su anfibología radica en que podría referirse, de manera genérica, al objeto sobre el que los textos versan (informática o computación, por contraste con textos sobre automoción, derecho, medicina, etc.). Pero podría aludir asimismo a su soporte: textos en formato informático, o sea, electrónico, digital (por oposición a textos impresos o en soporte papel), sea cual fuere su temática. Además de esta doble acepción descriptiva, históricamente fue (junto a otras que no prosperaron, como nacionalización o naturalización) una de las denominaciones que se postularon en español como equivalentes del término inglés localization (o localisation), surgido con la popularización de la informática a gran escala en la década de los 80. Desde entonces, el término se ha ido afianzando (también en España) y en la actualidad se entiende por «localización» (ya de manera consensuada tanto en el ámbito profesional como en el académico) la adaptación de un producto o servicio para adecuarlo a los requisitos del mercado al que va destinado (locale en inglés). Este proceso abarca aspectos lingüísticos, gráficos y técnicos, entre otros.

Contrariamente a lo que pueda pensarse a primera vista, el término localización no proviene del adjetivo inglés local sino del nombre locale, entendido como comunidad de destinatarios que comparten una variante lingüística, pero también una serie de normas, hábitos, valores y convenciones de índole técnica, cultural, comercial, económica, jurídica, etc. Por ejemplo, reciben la consideración informática de locale el árabe de Irak, el chino de Singapur o el francés de Canadá. Los locales se identifican de manera normalizada mediante el código ISO de dos caracteres del idioma más el de la variante en cuestión separados por un guion (por ejemplo, EN–US para inglés estadounidense o ES–ES para español de España), según las normas ISO 639 e ISO 3166–1.

Localizar significa, por tanto, hacer local o adaptar a un mercado local; en este contexto, adecuar un equipo, producto o servicio informático a una determinada comunidad de destinatarios (usuarios, clientes, lectores, jugadores) que conforman un mercado objetivo (locale). La localización conlleva, además de la traducción de una serie de textos de una lengua a otra, la realización de todas las operaciones necesarias para adaptar técnica, lingüística y culturalmente el producto a su mercado de destino. Así, se localizan sistemas operativos, programas y utilidades de todo tipo; en un sentido laxo, cualquier producto que quepa englobar bajo el hiperónimo software, junto con toda la documentación, electrónica e impresa, que los acompaña, así como aplicaciones, servicios y contenidos de Internet. La localización abarca, por ejemplo, la adaptación y traducción de programas informáticos de toda naturaleza y envergadura, aplicaciones ofimáticas (de procesamiento de texto, gestión de hojas de cálculo, presentación y animación), profesionales (de autoedición, tratamiento gráfico, diseño e ilustración), de comunicación (gestores de correo electrónico, de mensajería instantánea y de intercambio de archivos) o de entretenimiento (reproductores de audio o vídeo, juegos en línea, para consolas o para ordenadores de sobremesa u otros dispositivos), productos de divulgación (en soporte multimedia), productos transformados (como los libros electrónicos), software y documentación de equipos y maquinaria de cualquier ámbito (automoción, industria, ingeniería, medicina), instalaciones de domótica, aparatos de televisión interactiva, apps para dispositivos móviles y naturalmente contenidos web, incluidas manifestaciones cibertextuales como blogs, wikis, podcasts, boletines electrónicos y, desde luego, las redes sociales.

Esta diversidad se ha venido plasmando e ilustrando abundantemente en revistas sectoriales (algunas ya desaparecidas) como Multilingual Computing and Technology, The LISA Newsletter–Globalization Insider, Client Side News o Language International, así como en las actividades y publicaciones del Localisation Research Centre o el Gruppo L10N, o en webs y blogs especializados de los propios profesionales y empresas que operan en el sector, por mencionar algunas de las iniciativas más representativas. Más recientemente, la universidad también se ha hecho eco de la evolución de la localización no solo en numerosas monografías y trabajos de investigación y alguna publicación periódica (como la revista Tradumàtica) sino en la inclusión efectiva de la localización en su oferta formativa tanto de grado como de postrado.

A la divulgación y normalización de este incipiente sector y a refrendar el término localización contribuyó decisivamente la ya extinta Localisation Industry Standards Association (LISA), organización más representativa de una industria conformada por fabricantes y comercializadores de equipos y programas informáticos, profesionales y empresas de servicios lingüísticos especializados, organismos normalizadores y alguna que otra universidad. Desde su desaparición en 2011, el relevo de LISA lo han tomado otros consorcios y asociaciones que velan por la difusión de estándares y buenas prácticas en el sector, como ETSI (European Telecommunications Standards Institute), GALA (Globalization And Localization Association), OASIS (Organization for the Advancement of Structured Information Standards), TAUS (Translation Automation User Society) o TILP (The Institute of Localisation Professionals).

La localización forma parte de un proceso mucho más complejo que los agentes de este sector aglutinan convencionalmente en el macroacrónimo GILT. Este amalgama, por sus iniciales, los conceptos de Globalización, Internacionalización, Localización y Traducción de productos, servicios o contenidos destinados a otros mercados distintos de aquellos en los que se fabricaron o crearon originalmente. A tales denominaciones se les atribuye en esta jerga una acepción técnica bien precisa. En este ámbito, la internacionalización de un producto comprende todos aquellos procesos y operaciones destinados a facilitar (técnica, lingüística y culturalmente) su posterior localización, ya que aquella es una fase anterior a esta, y precisamente constituye una de las peculiaridades de este sector, puesto que se parte de la premisa de que el producto acabará siendo localizado y este se prepara de antemano en consecuencia. Por tanto, internacionalización y localización son, en cierto sentido, inversamente proporcionales, puesto que cuanto más internacionalizado esté un producto (o sea, más desprovisto de todos aquellos elementos que lo emparentan con la cultura y el mercado en los que se creó), menos serán los problemas que luego plantee su localización.

Ambas, internacionalización y localización, conforman las fases esenciales de la globalización de un producto, concepto más amplio que abarca cada uno de los trámites y actividades necesarios para que este cumpla todos los requisitos que exige su exportación efectiva a los mercados de destino, de modo que se comercialice y funcione correctamente en ellos y que sus destinatarios lo perciban como ideado originalmente en su propia cultura. La economía del lenguaje y la trivialización de estos términos archisilábicos en el sector han propiciado la popularización en el uso escrito de sendos acrónimos alfanuméricos que recogen las letras inicial y final de cada palabra en inglés y el número de caracteres comprendidos entre ambas: g11n para globalization, i18n para internationalization, l10n para localization y t9n para translation.

A pesar de que en el uso común siguen trocándose a menudo, localización y traducción no son, stricto sensu, conceptos sinónimos ni equivalentes. En algunos trabajos precursores en este ámbito, ya se recalca que el alcance semántico del término localización es mayor de lo que se entiende tradicionalmente por traducción, puesto que no se trata solo de reproducir en una lengua el mensaje expresado en otra, sino que, además, se pretende adaptar esos programas a los usos, costumbres y mentalidad de sus destinatarios. Así, localizar un producto implica realizar toda una serie de adaptaciones de carácter lingüístico, pero también cultural y sobre todo técnico, tanto de antemano (en su fase preparatoria de internacionalización) como durante el proceso de localización propiamente dicho. En él, la traducción es sólo una parte que con frecuencia supone no más de un tercio del esfuerzo/coste total de un proyecto; los otros dos corresponden a las partidas destinadas a las tareas de (re)ingeniería del producto y de gestión del proyecto. A la postre, tales ajustes tienen por objeto localizar el producto acomodándolo íntegramente a las convenciones lingüísticas (alfabetos e ideogramas, direccionalidad de escritura, orden oracional, concordancias de género y número, puntuación y ortotipografía, mayúsculas y minúsculas, marcas diacríticas, ordenación alfanumérica, etc.), culturales (connotaciones de colores, objetos cotidianos, símbolos, cursores, iconos y metáforas gráficas, representación de personas, relaciones interpersonales, partes del cuerpo, animales, banderas, gestualidad, así como referencias religiosas, políticas, geográficas, meteorológicas, etc.) y técnicas (unidades de medida, nomenclatura, formatos numéricos, apellidos, fechas, direcciones, teléfonos, códigos postales, etc.) de la comunidad a la que va destinado (locale).

Desde una perspectiva teórica, la localización se viene vinculando a la traducción audiovisual, con la que el parentesco se antoja evidente en algunos aspectos, aunque la comparación exhaustiva de ambas resultaría merecedora de un estudio pormenorizado. No en vano, como sucede en la traducción de productos audiovisuales, los textos de un producto informático están sujetos a multitud de elementos subordinantes (constraints en inglés) de naturaleza eminentemente espacio–temporal, que en ocasiones coinciden con los habituales en algunas modalidades de traducción subordinada (audiodescripción, cómic, canciones, doblaje, publicidad, subtitulación, voz superpuesta, etc.). En el caso de la localización, el factor subordinante más característico, que se combina con otros en distinta medida, es la supeditación del texto susceptible de ser traducido/localizado al código informático que lo acompaña. Metafóricamente hablando, esta convivencia entre texto en lenguaje natural y código escrito en algún lenguaje de programación o de etiquetado (que acaba siendo la que en mayores aprietos pone a quien traduce/localiza) se asemeja a la que tiene lugar en la partitura de una ópera o de una canción, en la cual coexisten el sistema de codificación musical (pentagrama, símbolos musicales, anotaciones, etc.) y la letra de la pieza.

Entre los factores subordinantes característicos de la localización se cuentan: la restrictiva escasez del espacio disponible para acomodar el texto, más acuciante cuando se traduce, por ejemplo, desde el inglés hacia el español por el consabido aumento de la longitud de la versión traducida (Tools/Herramientas); frecuentes situaciones de ambigüedad irresolubles a causa de la falta de contexto o de antecedentes (completed); la supeditación del texto traducible a imágenes y elementos iconográficos (Home/Inicio) o de audio y vídeo (como ocurre en las producciones audiovisuales); la concatenación de mensajes a partir de fragmentos independientes (File/Folder/Drive/Device//not found) o de elementos constantes y variables (%d second(s) left); la utilización de caracteres de acceso rápido (Help/?) o de atajos de teclado (Select All –> Control+A / Seleccionar todo –> Control+E); la inclusión de texto localizable en rincones difícilmente accesibles de las entrañas del código (hard–coded); y, en general, la abundante intercalación de diversos códigos informáticos en el texto traducible (Drive not ready.\n\nPlease insert disk o, en cualquier web, Please, click </a href=www.web.com>here</a>), por citar sólo un puñado de ejemplos ilustrativos.

Tradicionalmente un producto informático (y, por ende, un proyecto de localización) se subdivide en tres componentes esenciales: el software en sí y su documentación en formato electrónico (conocida como ayuda en línea) e impreso. En las etapas más tempranas de la historia de la localización, no era infrecuente localizar un producto parcialmente, bien por razones presupuestarias bien porque a su (reducido) colectivo de destinatarios (especializados) le bastaba con disponer de parte de la documentación en su idioma para poder entendérselas con una interfaz en inglés o semitraducida. En esta división tripartita, el software (discurso fundamentalmente operativo–funcional para hacer cosas) abarca la interfaz del programa con todos sus componentes o recursos (menús, cuadros de diálogo, mensajes informativos y de error, barras de herramientas, iconos, cursores, etc.), junto con otros elementos funcionales del producto (módulos y archivos de instalación, plantillas, complementos, ejemplos, asistentes y tutoriales, etc.); la ayuda (discurso esencialmente explicativo–descriptivo sobre cómo hacer cosas con el software) se compone del módulo electrónico de apoyo al usuario (en formatos compilados, como HLP o CHM, o no compilados, como PDF, HTML, XML o JavaHelp), que suele contar con un índice de contenidos y un buscador de palabras clave; y la documentación (discurso de naturaleza similar a la de los sistemas de ayuda) comprende tanto los manuales y guías del producto (de instalación, del usuario, del administrador, de mantenimiento, etc.) como otros documentos de menor calibre denominados genéricamente collateral (garantía, licencia, tarjetas sinópticas de referencia, embalaje, sobres y etiquetas del producto, etc.).

En la práctica, esta división teórica atiende a la complejidad técnica del componente en cuestión y a las consecuencias de esta a la hora de localizarlo, tanto en lo que respecta al proceso de localización (y, antes, de internacionalización) y a sus fases como en lo que se refiere a las herramientas empleadas en cada una de ellas. Mientras que en el caso de la documentación impresa, el proceso se asemeja bastante al de cualquier producto editorial, la localización del software y la ayuda conlleva toda una serie de tareas cíclicas de tratamiento informático (programación, compilación/descompilación, extracción/reinserción, testing, depuración de errores y, en general, reingeniería del producto), así como el consiguiente empleo de un sinfín de herramientas especializadas, ya sean aplicaciones comerciales, software libre o programas de uso interno diseñados ad hoc por los propios ingenieros. Con independencia de la estrategia y las herramientas que se empleen, existe una fase de extraordinaria repercusión en la calidad del producto final llamada testing, que consiste en su exhaustiva comprobación y la subsiguiente corrección una vez que se ha localizado. Además de la revisión lingüística, esta fase abarca el cotejo visual y de formato (cosmetic, en inglés) y, sobre todo, la comprobación funcional del producto o los contenidos localizados para garantizar su correcto funcionamiento y visualización.

La práctica habitual, por eficiencia en cuanto a costes y plazos, aconseja localizar primero el software, luego la ayuda y finalmente la documentación, yendo así de los elementos que mayor complejidad técnica entrañan a otros cuyo tratamiento resulta más sencillo, y facilitando, al congelar el software, la traducción de las incontables referencias cruzadas (textuales y gráficas en forma de capturas de pantalla) que a él se hacen desde ayuda y documentación. Sin embargo, el acortamiento de los plazos de lanzamiento y comercialización de un producto y los constantes cambios que experimenta el software durante su desarrollo hasta culminar una versión definitiva (go gold) dificultan esta secuenciación, en apariencia más racional. La estrategia comercial del simultaneous shipment (abreviado como simship), adoptada desde los años 90 por algunos gigantes informáticos y que consiste en el lanzamiento simultáneo de un producto en varios mercados (de manera similar a lo que sucede con las grandes producciones audiovisuales o con los superventas editoriales de alcance internacional), constituye otro factor determinante en la gestión y secuenciación de proyectos de localización a gran escala. En ellos, tanto los elementos constituyentes del producto como los requisitos, especificaciones, herramientas y otros materiales de referencia necesarios para su localización se empaquetan en un localization kit (o lockit), que se le facilita al proveedor de servicios de localización.

La estrategia de localización elegida condicionará asimismo tanto el nivel de competencia técnica exigible al traductor/localizador como el número y la complejidad de las herramientas necesarias para llevar a buen puerto una empresa necesariamente colectiva en la inmensa mayoría de los casos. Dependiendo de factores como la entidad y naturaleza del producto localizable o la capacidad y los recursos técnicos y humanos del proveedor encargado de la localización, este deberá optar por una de las dos estrategias más implantadas en el sector o por una combinación de ambas. La primera consiste en externalizar los textos localizables (ex ante al internacionalizar el producto o ex post al localizarlo): primero, extrayéndolos y separándolos del código informático para preservar su integridad durante la traducción (que se realizará con un simple editor o procesador de textos, un gestor de hojas de cálculo o una herramienta de traducción asistida); luego, reinsertándolos en él una vez traducidos, casi siempre de manera automatizada; y finalmente, enmendando los desajustes producidos en el código durante la traducción (debugging) y retocando las dimensiones y ubicación de los elementos gráficos que hayan sufrido alguna alteración (resizing).

La segunda estrategia se decanta por intervenir directamente sobre el producto compilado traduciendo los textos en su contenedor informático original (con un editor de recursos o una herramienta especializada de localización), y comprobando visualmente y retocando la versión localizada sobre la marcha. Esta segunda posibilidad, algo más cómoda e intuitiva pero también más laboriosa, lleva aparejado un grado de subordinación mucho mayor para el traductor, amén de exigirle una competencia técnica más amplia y de obligarle a utilizar herramientas especializadas.

En ambos casos, la gestión del proyecto es un aspecto capital y proporcional en importancia, por un lado, al volumen y la complejidad del producto y, por otro, a si la localización se lleva a cabo de manera centralizada (internamente en el seno de una empresa o en las instalaciones del propio fabricante) o distribuida (subcontratando una parte o la totalidad de los servicios a proveedores externos).

Como cualquier otro, el mercado de la localización se rige por dos fuerzas, oferta y demanda, que condicionan su estructura actual y han marcado decisivamente su evolución. La oferta la constituyen, a grandes rasgos, traductores que ejercen su actividad por cuenta propia (autónomos o freelance) y empresas que subcontratan sus servicios. Entre estas últimas, figuran pequeñas entidades, a veces unipersonales o con una reducida plantilla (Single–Language Vendors, SLV), y grandes multinacionales de servicios lingüísticos (Multiple–Language Vendors, MLV) que, con centenares de empleados y decenas de sedes repartidas por todo el mundo, facturan cifras millonarias al año y, en ocasiones, incluso cotizan en los mercados bursátiles junto a grandes corporaciones de otros sectores. El perfil de la demanda (o sea, los clientes que acuden a los servicios de estos profesionales y empresas) es sustancialmente distinto según se trate de localizar un producto informático o los contenidos de una web, pese a que con frecuencia un mismo cliente solicita ambos servicios. En el primer caso, se trata, por lo general, de fabricantes de toda clase de programas y equipos, casas editoriales y productoras de videojuegos o de contenidos audiovisuales. En cambio, en el segundo, hoy prácticamente cualquier institución o empresa, por pequeña que sea, tiene presencia en Internet y, por tanto, necesita localizar no solo su sitio web sino también otros contenidos, como los que albergue en una intranet o incluya en su material comercial o de formación, o en documentación técnica de diverso tipo.

Existen algunas diferencias entre la localización de productos informáticos (históricamente anterior) y la de contenidos y aplicaciones alojados en la World Wide Web que conciernen tanto a la propia naturaleza del producto localizado como al proceso de localización en sí y sus flujos de trabajo, estrategias y herramientas. Una de ellas atañe a los idiomas desde y hacia los que se traduce/localiza. En el ámbito del software, la lengua de partida ha sido tradicionalmente (y sigue siendo) el inglés, y el abanico de lenguas de destino, que puede llegar a ser muy reducido, atiende casi siempre a estrictos criterios comerciales y de rentabilidad. Así, durante años ha sido práctica habitual en el sector localizar un producto informático, de manera prioritaria o incluso exclusiva, a los cuatro idiomas agrupados en el acrónimo FIGS (French, Italian, German, Spanish), quizá con la excepción del software libre y de código abierto o FOSS (Free and Open–Source Software), que no pocas veces se localiza a infinidad de lenguas, incluidas muchas minoritarias. En cambio, en Internet, además de que exista mayor volumen de transferencia entre las lenguas predominantes, cuyo peso porcentual es proporcional en gran medida a la densidad de cibernautas que hablan cada una de ellas, las combinaciones posibles son, en potencia, muchísimas. Aunque hay empresas e instituciones que optan por el inglés y/o por el idioma local como única(s) lengua(s) para estar presentes en la Red. Navegando por ella, no es raro encontrar webs localizadas (o susceptibles de serlo) desde y hacia un sinfín de lenguas.

Históricamente el mercado de la localización español ha evolucionado de manera muy parecida a como lo ha hecho en la mayoría de los países de su entorno geográfico y económico, y la actual configuración del sector de servicios de GILT es muy similar a la de estos. Como país eminentemente receptor de tecnología, en España pronto surgió la necesidad (a veces impuesta por las legislaciones europea y estatal) de traducir al castellano los textos en formatos electrónico e impreso que los primeros artefactos informáticos y consolas de videojuegos incluían en su software y su documentación. En los años 80, esa demanda empezaron a cubrirla los propios ingenieros y programadores, con resultados dispares y con algunos anglicismos, calcos, falsos amigos y otros engendros traductológicos que han perdurado en castellano (como comando, customizar, directorio, editar, reinicializar, particionar y decenas más). Paulatinamente fueron entrando en escena traductores técnicos (sin experiencia ni formación específicas en aquel entonces) que trabajaban por cuenta propia, o en la plantilla de las grandes marcas informáticas y de pequeños o medianos proveedores de servicios lingüísticos que, a matacaballo, se iban especializando en el nuevo campo a ambos lados del Atlántico y que, en muchos casos, luego fueron absorbidos por otros de mayor entidad o por las que acabarían convirtiéndose en las actuales multinacionales de la traducción. En los albores de este sector, uno de los centros neurálgicos fue Dublín. Allí se instalaron las sedes europeas y siguen presentes hoy muchos gigantes tecnológicos por su estratégica ubicación geográfica y por los incentivos fiscales ofrecidos por la legislación irlandesa. Y, a la sombra de ellos y de su creciente demanda de servicios especializados, proliferaron multitud de proveedores de GILT.

En los 90, la irrupción de Internet trajo de la mano la necesidad de traducir y adaptar un ingente volumen de textos de cualquier dominio temático que aumenta exponencialmente cada día. La pujanza del español en todo el mundo se fue plasmando en la red de redes, donde en poco tiempo se encaramó a las primeras posiciones entre las lenguas más utilizadas y traducidas. Paralelamente, raras son las empresas españolas que no traducen su web a una o varias lenguas extranjeras en el ámbito del turismo y en sectores tradicionalmente exportadores como agricultura, alimentación, automoción, calzado, juguetes, construcción o productos químicos. Y abundan las webs institucionales de administraciones públicas o de grandes corporaciones estatales en las que coexisten sendas versiones en castellano, catalán, euskera o gallego. Aunque el grado de profesionalización ha aumentado ostensiblemente en los últimos años y la precariedad de las tarifas continúa siendo patente, sigue habiendo entidades que, para abaratar costes, recurren a la traducción automática en lugar de contratar un servicio profesional, arriesgando así su reputación en las redes y fuera de ellas.

Entre las variables que enfrentan quienes hoy traducen o localizan contenidos para Internet están las nuevas formas de comunicación e interacción en la Red, como el marketing digital y, dentro de este, el posicionamiento o SEO (Search Engine Optimization), que engloba una serie de técnicas para promocionar una web en los buscadores y así conseguir mayor número de visitantes o potenciales clientes, y que impone al traductor/localizador (emisor, al fin y al cabo) la incómoda tesitura de concebir en su lengua textos (o metadatos) que van dirigidos simultáneamente a dos lectores/destinatarios (receptores, a la postre) diferentes: uno humano (cualquier cibernauta) y otro mecánico (los indexadores, como GoogleBot, de los que se sirven los buscadores, como Google Search). Algunos de los nuevos retos que afrontan los traductores que trabajan en este ámbito pasan por enmendarle la plana a una máquina posteditando una traducción automática, suprimir o recrear por completo fragmentos de un texto original o reformularlo desde cero en la lengua de destino con la imposición de unas ortopédicas restricciones de espacio o de un férreo orden oracional, hilvanarlo con una ristra de palabras clave de preceptivo empleo, reutilizarlo con ligeras variantes en distintos formatos y soportes (Single–Source Publishing), o redactar en ambas lenguas una descripción de las imágenes que lo acompañan para mejorar su accesibilidad. Hay quien, en estos casos, habla de transcreación o de paratraducción en un intento por aprehender estas nuevas reencarnaciones de la traducción.

Mención aparte merece el sector de los videojuegos. Su fulgurante desarrollo tecnológico y el espectacular aumento de los títulos que se localizan, con unas cifras de negocio astronómicas, ha propiciado el nacimiento o la reconversión de proveedores de servicios especializados que ofrecen una adaptación integral de los productos que va y viene entre los fueros de la localización y de la traducción audiovisual, casi siempre en manos de jóvenes recién egresados de algún novedoso postgrado, en su doble condición de expertos jugadores y traductores noveles.

La todavía corta vida del sector de la localización ha transcurrido de forma paralela a la historia de la computación y ha ido reflejando la evolución de esta en las dos últimas décadas del siglo pasado y en lo que llevamos de este; siempre marcada por la expansión de una tecnología recién surgida a todos los rincones del planeta y la consiguiente necesidad de localizar productos, servicios y contenidos. Así, el nacimiento y la popularización a gran escala de la microinformática, Internet y, en general, las tecnologías de la información y la comunicación han propiciado la normalización paulatina de determinados procedimientos, prácticas, tecnologías, herramientas y formatos; ya heredados y adaptados de otras áreas afines, ya concebidos como propios. En definitiva, hoy por hoy la localización constituye a todas luces una modalidad de intermediación con unas peculiaridades que en la actualidad ya posee el estatus propio que ha venido reivindicando durante años.

El sector de la localización tiene, en efecto, unos agentes, unas características y una dinámica claramente diferenciados de los propios de otros segmentos del caleidoscópico mercado de la provisión de servicios de intermediación lingüística. Así lo demuestra la atención que cada vez con más vigor se le viene prestando en el ámbito profesional y, más recientemente, en el académico, como prueban la inclusión gradual de la localización en las ofertas de grado y postgrado de muchos centros de formación de traductores o el creciente caudal de proyectos y trabajos de investigación que cada curso académico ven la luz, sobre todo, en las últimas dos décadas. En el fondo, todo ello es asimismo síntoma de una demanda de profesionales cualificados capaces de prestar sus servicios en un mercado tan extraordinariamente tecnificado como el de la localización; prometedora salida profesional y apasionante campo de estudio que también lleva intrínsecas no pocas consecuencias de carácter sociológico y antropológico, en ocasiones deshumanizadoras, para la figura y la labor del traductor/localizador y cuya futura evolución (que hay quien vaticina como regresión en algunos aspectos) pasa por estrechar aún más la colaboración entre academia y mercado.

 

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Manuel Mata Pastor