Aguilar, Juan de

Aguilar Villaquirán, Juan de (Escalona, 1564–Escalona, 1618)

Traductor en lengua castellana. Hidalgo, miembro de la pequeña nobleza de Escalona, fue hijo del médico ducal Alonso Hernández de Aguilar y padre del respetado teólogo y escritor Esteban de Aguilar y Zúñiga. Son variantes de su nombre Joan de Aguilar Villaquirán, Juan Fernández de Aguilar o Juan Fernández de Aguilar y Villaquirán.

La traducción es una práctica común en la familia Aguilar, ya que tanto el padre como el hijo del traductor se ocupan de ella: del primero se sabe que tradujo «dos o tres diálogos deste mismo autor [Luciano] vueltos en castellano», según informa el propio Aguilar Villaquirán; del segundo, que tradujo, del latín al castellano, los Tártaros en China (Madrid, 1665) del padre Martí Martinio y la Corte Divina o Palacio Celestial (Madrid, 1675) de Nicolás Causino y, del portugués al castellano, las dos partes de Laurea lusitana (Madrid, 1678 y 1679) y los Sermones varios (Madrid, 1678) de Antonio de Vieira.

Por su parte, tradujo, a partir del latín, cuarenta y cuatro obras de Luciano de Samósata, más de la mitad del corpus lucianeum, convirtiéndose así en uno de los mayores traductores del escritor griego en la Europa de los siglos XVI y XVII. El conjunto, titulado Las obras de Luciano samosatense, orador y filósofo excelente (Escalona, 1617) constituye la colección más numerosa de traducciones hechas por un mismo traductor del latín a una lengua vulgar; entre los demás traductores peninsulares de Luciano en los Siglos de Oro, sobresalen Francisco de Enzinas con cinco obras traducidas y Francisco Herrera Maldonado con ocho. Por el mismo período, en el resto de Europa, notorios son los casos de Erasmo de Rotterdam con dieciocho traducciones y de Vincentio Obsopoeo y Jakob Moltzer con más de una veintena cada uno, todas ellas del griego al latín e incluidas en las colectivas Οpera omnia de Luciano; merece mención aparte la traducción, del griego al francés, de la obra completa de Luciano realizada por Nicolas Perrot, Señor d’Ablancourt (París, 1654).

Dicha colección se conserva en el manuscrito únicum Mss. 55 (olim M–164) de la Biblioteca de Menéndez Pelayo en Santander (ed. de Theodora Grigoriadou, Santander, Sociedad Menéndez Pelayo/Instituto Universitario Menéndez Pidal–UCM, 2020); el testimonio contiene, aparte de las cuarenta y cuatro traducciones lucianescas, las traducciones de los diálogos Veritatis et Philalethes de Maffeo Vegio y Virtus Dea de Leon Battista Alberti, junto con la traducción del coloquio Charon de Erasmo de Rotterdam, única en los Siglos de Oro, y la del adagio Orci galea del mismo. El traductor ha tenido en cuenta las versiones latinas de Jakob Moltzer «Mycillus», Luciani Samosatensis Opera (Fráncfort, 1538) y de Gilbert Cousin «Cognatus» y Ioannes Sambucus, Luciani Samosatensis Opera (Basilea, 1563), así como la italiana de Nicolo da Lonigo, I dilettevoli dialogi, le vere narrationi, le facete epistole de Luciano philosopho (Venecia, 1535); para las dos traducciones de Erasmo sigue las obras Familiarium Colloquiorum formulae (Basilea, 1519) y Adagiorum Chiliades Tres (Venecia, 1508), respectivamente.

En la «Epístola dedicatoria» justifica su decisión de traducir a Luciano, un «autor impío y detestable», subraya el peligro de la traducción de los clásicos en lengua vulgar y la dificultad que supone verter correctamente manteniendo la elegancia de la lengua original, al tiempo que elogia su lengua, el castellano, merecedora de tal traducción; confiesa que traduce por «mandamiento de v. m.», y dedica su labor a «N. su amigo». Es un traductor metódico y meticuloso que prepara su antología con mucha voluntad y paciencia, teniendo como eje central su condición de erasmista y cristiano. Sigue con fidelidad los textos latinos e italiano que utiliza, aplicando un lenguaje que es, en general, el normal de la época, con algunos latinismos y helenismos. Pendiente de que su traducción sea de provecho, intenta explicar lo que considera de difícil comprensión, amplificando en el propio texto o anotando en numerosas apostillas. Su capacidad y soltura con el latín y el italiano, ciertos conocimientos básicos de griego clásico, y el alto nivel de cultura general registrado en sus anotaciones apuntan a una considerable formación humanística.

El hecho de que la obra no llegara a la imprenta pudo deberse a la asociación del nombre de Luciano con Erasmo y la Reforma, a lo gravoso de la edición de un volumen de casi cuatrocientos folios sobre una temática poco atractiva en la época, o a la propia muerte del traductor. De haberse publicado, hubiera contribuido notablemente a la divulgación del lucianismo y del erasmismo en el siglo XVII peninsular.

 

Bibliografía

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Theodora Grigoriadou