Tamayo y Baus 1852

Manuel Tamayo y Baus: «Prólogo del autor» (1852)

Fuente: Ángela. Drama en cinco actos y en prosa. Original de Don Manuel Tamayo y Baus. Representado con gran aplauso el 13 de noviembre de 1852 en el Teatro de Variedades, Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1872, pp. 5–9. Segunda edición.

 

[5] El presente drama es hijo legítimo del titulado Intriga y amor, de Schiller: se parece a éste como un hijo a su padre: tiene el aire de familia. Es, sin embargo, un ser esencialmente diverso, con otra forma, otro corazón, alma distinta. Como la chispa brota del pedernal herido por el eslabón, este drama ha brotado en mi fantasía herida por la impresión que causó en ella la lectura de la obra de mi insigne, de mi admirado maestro J. C. Federico Schiller.

De nobles corazones es confesar deudas de gratitud, y villano fuera el mío si procurase desconocer lo que debe al gran poeta, honra y prez de la Alemania de nuestros tiempos. No he tratado, pues, no trato de ocultar una circunstancia que juzgo honrosa: antes bien la proclamo con orgullo, porque, en literatura como en religión, imitar lo bueno es seguir el camino de la virtud.

Doy el nombre de original a esta obra, porque imagino que no le puedo aplicar otro más conveniente. En ella hay tres situaciones y cuatro o cinco pensamientos semejantes a otros tantos del drama alemán: de éste ha nacido también la idea de presentar un padre (en mi obra no lo es más que en apariencias) deseoso de enlazar a su hijo, por ambiciosas miras, con una dama de alto influjo, contrariándolo así en el amor que profesa a una joven de humilde cuna. Las escenas imitadas son: la del Príncipe y Conrado en el primer acto; la final del segundo y la del Príncipe y Ángela en el tercero. Complázcome en hacer esta indicación, [6] manifestando al par que, salvo rarísimas excepciones, la expresión, el giro, el carácter y el desarrollo son, hasta en las situaciones a que aludo, completamente desiguales en ambos dramas. Es justo dar a cada cual lo que le pertenece, y ahorrar a los curiosos la fatiga de rebuscar coincidencias. Fuera de esto, la palabra, las situaciones, el pensamiento fundamental de Ángela no tienen identidad ninguna con Intriga y amor. Todos los elementos aprovechados de esta obra han mudado de naturaleza y modificádose capitalmente. ¿Dónde hallar sino en el drama de Schiller, el primer acto de Ángela, excepto dos rasgos del carácter del Marqués y la escena de que se ha hecho mérito? ¿Dónde el segundo, descartando la situación final, en los términos que he dicho? ¿Dónde el tercero, salvo dos rasgos en el diálogo de la Condesa y Ángela, y la referida escena de la carta? ¿Dónde el cuarto, en el que sólo el monólogo de Conrado participa de alguna reminiscencia del autor de Wallenstein? ¿Y dónde, en fin, el quinto, sin exceptuar una sola letra?

Inútil me parece añadir a estas ligeras apuntaciones hechas para descargo de mi conciencia, que el ejemplo de todos los grandes maestros autoriza sobradamente la imitación de las bellezas ajenas. El gran Corneille, al imitar Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro, pudo decir a su patria: lo que admiras me pertenece. Racine, nutrido en el estudio de los clásicos antiguos, los imita, no sólo en accidentes secundarios, sino en el plan y fundamentos de sus creaciones. Véase en prueba de esto lo que sucede en Fedra, donde hasta suele traducir trozos enteros de Eurípides y de Séneca. Molière, de tan profundo y vivaz ingenio, imita y traduce también a Plauto y Terencio, pone a contribución a los españoles y exclama: «Tomo lo que me conviene donde quiera que lo encuentro». Testigos son, entre otras obras, [7] El avaro y La princesa d’Elide. Shakespeare, el más universal, el más original y humano de todos los dramaturgos del orbe, apenas tiene obra donde no haya imitado algo de alguien, cuando no ha prestado a los varios acontecimientos de la historia patria, reproducidos con prolija exactitud, el soplo vivificador de su poderoso numen. Dígalo El rey Lear, copiado casi de La maravillosa historia de las tres hijas del rey Lear, drama de autor semicontemporáneo suyo. Díganlo Otelo, cuya fábula sigue paso a paso los de la novela de Giraldi Cintio. Julieta y Romeo, imitación de un poema estrictamente imitado de las novelas de Porta y Bandello; y, en fin, El mercader de Venecia, cuya mejor escena está traducida de la novela cuarta de Giovanni Florentino (Pecorone). En España, el pensamiento fundamental de la más grande de las creaciones de Calderón, de La vida es sueño, se debe a una novela de Boccaccio. Lope incrusta en sus lozanas comedias los más bellos pensamientos de los líricos griegos y romanos. Moreto refunde y da por suyas, en La ocasión hace al ladrón, La villana de Vallecas, de Tirso; en El desdén con el desdén, Los milagros del desprecio, de Lope; en Rey valiente y justiciero, El infanzón de Illescas, del mismo Tirso, de la que apenas se desvía y a la que ha debido parte muy principal de su gloria. Esto sin contar los argumentos que se copian y refunden en todos los pueblos y en diferentes edades, como sucede a la historia de Edipo, presentada con formas análogas desde Sófocles a Martínez de la Rosa, y a los furores de Medea, iguales casi en Eurípides, Séneca, Corneille, Alfieri, Nicolini, La–Valle y mil otros cuya enumeración fuera ociosa.

Práctica tan autorizada han seguido también nuestros autores contemporáneos, y, merced a ella, han ceñido a su frente laureles inmarchitables. Si pues la imitación de las grandes obras es lícita, conveniente y necesaria; si los más dignos maestros de todas las escuelas han imitado a otros, y la originalidad absoluta es una quimera irrealizable, harta disculpa merece el que yo, joven y oscuro, haya seguido, con más o menos felicidad, la pauta de ejemplos tan fructuosos. Demás de que, si algo hay de bueno o malo en mi humilde drama, es exuberancia de accidentes, que creo haber inventado trabajando con laboriosa constancia por [8] espacio de año y medio. Por otra parte, lo que a mi modo de ver constituye la originalidad en las producciones del ingenio es la porción de su alma, por decirlo así, que comunica el poeta, ya a sus imitaciones de la Naturaleza, ya a las de la Historia, ya a las de otras obras literarias. Esa porción de sí mismo que deposita en ellas es la que les infunde vida, la que les da verdaderamente nuevo ser.

Pocas palabras diré en abono del género a que mi obra corresponde. Arrojo temerario parecerá en mí, que sólo tengo por títulos mi aplicación y buen deseo, el lanzarme a desafiar las iras de los prepotentes melindrosos, para quienes todo lo que no sea el aguachirle de discreteos de nueva estofa, o de enfáticas y gongóricas declamaciones en verso, carece de importancia; de aquellos que desprecian por anticuadas las obras más notables de Dumas y Víctor Hugo (donde, si la moral no es siempre pura, el artificio dramático es bello y profundo, y las más veces verdadero el desarrollo de los afectos), como si la belleza artística pudiese envejecer nunca; de aquellos, en fin, que se horripilan, con exquisita sensibilidad nerviosa, al ver la pintura de las pasiones presentadas con el colorido, y aun con la poética rudeza de la verdad, y no tienen una lágrima y permanecen mudos e indiferentes ante el espectáculo desgarrador de los más hondos dolores.

No quiero decir, sin embargo, que yo siga al pie de la letra las máximas de tales poetas, ni mucho menos. Pero juzgo necesario, para que el drama ofrezca interés, hacer el retrato moral del hombre con todas sus deformidades, si las tiene, y emplearlo como instrumento de la Providencia para realizar ejemplos de provechosa enseñanza. En el estado en que la sociedad se encuentra es preciso llamarla al camino de la regeneración, despertando en ella el germen de los sentimientos generosos, es indispensable luchar con el egoísmo para vencerlo con el eficaz auxilio de la compasión, virtud la más noble y santa de las virtudes. Cuando sentimos interés hacia dolores imaginarios, cerca estamos de proporcionar consuelos a padecimientos reales. El teatro puede coadyuvar a esta laudabilísima empresa con medios no despreciables, y el conato de los autores dramáticos debe [9] encaminarse a tan altos fines. Para realizar tales destinos, que son, en mi concepto, los que engrandecen el arte, «Tous les genres sont bons, hors le genre ennuyeux».

Opinando de este modo, no parecerá extraño que me haya propuesto en el presente drama, sin esperanza de lograrlo, pintar la maldad atormentada por las furias que ella misma engendra, conspirando a su propia ruina, cegada por la invisible mano de Dios para que se castigue por la suya propia, y encontrando, al morir, en el arrepentimiento la paz de que no había disfrutado, la dicha de justificar a la inocencia, el consuelo de verse acariciada por sus generosas víctimas, la esperanza de borrar con la profunda contrición del alma, en el instante de la muerte, las manchas de toda una existencia de crímenes. Primero, la justicia de Dios; después, su misericordia, más grande aún que su justicia.

Sé bien que no he podido llevar a cabo dignamente tan arduo empeño, que el género de mi drama desagradará tal vez a los muchos que sólo gustan de ir al teatro para reír; pero sé también que, según la feliz expresión de un antiguo poeta griego, «Es generosa culpa un gran resbalo»; sé que hay todavía en nuestro público gentes bastante honradas y sensibles para estimar la buena intención de quien aspira a hacer interesantes las virtudes, y que me perdonarán, por tanto, los defectos que no podrán menos de afear un drama escrito en poca madurez de años y con no cumplida experiencia de los vaivenes de la vida.

Los principios de mi poética dramática se encierran en esta frase: «Los hombres, y Dios sobre los hombres». Este símbolo es la luz del mundo moral que miro brillar a lo lejos. Muchos desengaños, muchas amarguras me aguardan hasta llegar a ella. Joven soy, constancia tengo: la fe suplirá lo que no alcance la inteligencia. Tal vez llegue.

Madrid, 12 de noviembre de 1852