Miguel Asín Palacios: «La traducción»
Abenzaham de Córdoba, Los caracteres y la conducta. Tratado de moral práctica, Madrid, Imprenta Ibérica, 1916, pp. xxix-xxxi.
[xxix] Por lo que toca a nuestra traducción, pocas palabras bastarán para justificar el criterio de discreta libertad n que nos hemos inspirado. Toda versión servilmente atada a la letra, peca de infiel a fuerza de pretender lo contrario: el prurito de fidelidad literal traiciona el pensamiento del autor traducido y descoyunta la sintaxis de la lengua a la que se vierte. El empeño capital del traductor debe consistir en penetrar hasta el fondo de las ideas, ocultas bajo el velo del idioma extraño, para acomodarlas luego a las palabras y giros del idioma propio. Esta libre acomodación es más necesaria cuando se trata de dos lenguas, como la española y la arábiga, que no guardan entre sí relación de afinidad o parentesco. Además, el opúsculo de Abenzaham carece, en su mayor parte (excluidas las contadas sentencias inspiradas en la moral peripatética), del carácter técnico de un libro de ciencia abstracta, el cual justificaría y hasta exigiría una estricta fidelidad literal, al menos en lo que toca al léxico, ya que no en la sintaxis.
A pesar de esta libertad, la traducción ha exigido en muchos pasajes, dificultades no pequeñas, debidas a causas muy diversas: de una parte, los análisis, que el autor hace a cada paso, de los vicios y virtudes humanas, exigen distinciones sutiles entre ellas, cuyos delicados matices se expresan mediante variadísimas voces sinónimas, de que la lengua árabe [xxx] es tan pródiga, y cuyas equivalencia o paralelas en nuestro idioma no siempre es fácil encontrar; además, el estilo gnómico o sentencioso de una gran parte del opúsculo priva al traductor del auxilio del contexto para interpretar las frases oscuras, por lo breves y cortadas, en función de sus antecedentes y consiguientes; y, por si todo ello fuese poco, Abenzaham parece tocado en todas sus obras, y más en este opúsculo, del prurito de escribir en una lengua rebuscada por si léxico, clásica y purista por sus giros, como quien no maneja su propio y materno idioma, sino el académico que se aprende gramaticalmente en los libros.
Para aclarar aquellos pasajes en que fugaces alusiones a hechos y personajes históricos oscurecen el sentido, o para confirmar con textos de otras obras del autor ideas aquí tan solo esbozadas, o bien para documentar al lector sobre temas que en el opúsculo se tratan de pasada, he puesto al pie de las páginas algunas breves y sobrias notas. […]
