Juan David García Bacca: «Traducción y traición»
El Nacional (Caracas), 16-04-1967.
Fuente: Ensayos, Barcelona, Península, 1972, 128–134.
[128] No sólo la rima fonética, superficial siempre, sino la conceptual, más honda de ordinario, han unido a «traductor» y «traidor».
Dejemos de lado las traiciones conscientes al texto original, es decir: las genuinas traiciones; hay otras más sutiles y potentes y, lo que es peor, irremediables.
No creo que los griegos tradujeran obra alguna extranjera al griego que nosotros llamamos clásico. Es verdad que no había mucho en que escoger; pero digno, según nuestro criterio, de ser conocido tenían ya egipcios, babilonios y hebreos antes de Esquilo… Tucídides o Jenofonte… Platón o Aristóteles. Fue menester llegar a la época helenística para que hacia el s. III antes de Cristo los Setenta tradujeran el Antiguo Testamento al griego –y no por deber de conciencia espiritual de los griegos de Grecia o de los de Alejandría. Algunos latinos, como Cicerón, tradujeron al latín algo de filosofía griega, jamás al revés: griegos, del latín.
La avalancha de traducciones comienza con los árabes y se hace irresistible, casi anegadora, en el Renacimiento: casi siempre del griego al latín.
Vivir intelectualmente de traducciones es enfermedad moderna; y componer libros enteros de citas de originales, seguidas de traducción de los textos y de discusión de la traducción de lo citado es una forma de dicha enfermedad que conduce a, o es índice de, impotencia de pensar algo digno de ser traducido a, o leído por nativos de, otras lenguas «sabias».
Que selección de textos, selección de traducciones de dichos textos, discusión del valor de dichas traducciones y traducción propia encierran nuevos y especiales peligros de traición, precisamente por su plan de «perruna» fidelidad al texto, lo saben todos los traductores conscientes –menos los adoradores de lo dicho en lenguas sabias, malos conocedores, siempre, de la propia, tenida, en el fondo por [129] «vulgar», y por condenación, no merecida, el haber nacido hablándola cual lengua «materna».
En dos piezas musicales del mismo estilo y en el mismo tono no hay dos notas, acústicamente iguales, que tengan igual sentido musical. El sentido de cada nota depende del sentido total, propio y original de cada pieza.
Una lengua, o todo lo dicho en ella, es una sola pieza musical, de música «verbal»; el sentido de una palabra, frase o libro va cambiando en función de toda conversación, libro, discurso, y aun simples repeticiones.
Pero no tiremos de este ovillo que su hilo es demasiado largo, y, sobre todo, un poco suelto respecto del tema «traductor–traidor».
II
Tomemos una lengua «sabia» respecto del castellano. Sea la griega. Y en ella un solo texto, de apariencia inocente, es decir: fácil de «traducir» y, por ello, no ocasionado a traiciones.
El libro primero de los «libros metafísicos» de Aristóteles se abre con una frase que «traducida», dice:
«Todos los hombres apetecen naturalmente saber». No hace falta, al parecer, transcribir el texto griego. Su inocencia salta a la vista –o al oído y mente–, háyasela dicho en griego o dígasela en alemán, francés, ruso… o castellano.
Prescindamos de si es no o verdad semejante proposición universal. Cuando se está oyendo el Credo de la Misa solemnis de Beethoven, por ejemplo, nadie se pone a «creer» en la letra. Menos aún a «demostrar» o «refutar» su verdad teológica o filosófica ni siquiera a «atender» expresa y principalmente a la letra. A las letras del Credo, o del Benedictus, se las «oye como quien oye llover». Se escucha la música.
Oigamos en el texto de Aristóteles lo que dice, su verdad o falsedad, como quien oye llover; escuchemos cómo lo dice, el lenguaje. Que una traición al lenguaje es de más graves secuelas que un desliz en conceptos o proposiciones.
Con orden de creciente «literalidad» habríamos de decir:
- a) Todos los hombres se–son apetentes por naturaleza de saber;
- b) Todos los hombres se–son apetentes por naturaleza de saber–por–ver;
[130] c) Todos los hombres de saber–por–ver se–son apetentes naturaleza por.
La música ha pasado de ser lineal, unidimensional, a ser cuerpo de muchas dimensiones; de melódica a armónica; de monodia gregoriana a polifonía –simplificando escandalosamente la historia de la música.
El lenguaje ha seguido, en términos generales, la dirección opuesta: de palabras –acorde de sentidos, polifónicas o polisemánticas– a palabras unisignificantes. Que cada palabra indique una cosa, tenga una significación, y sólo una nos parece natural o esencial exigencia del lenguaje –hable de lo que hablare: filosofía, ciencia, arte, vida cotidiana.
Nada de palabras –acorde de significados. Y, por supuesto, nada de palabras de discorde, y ni siquiera palabras homónimas o equívocas. Que «tabla» signifique «tabla» (de sumar), «tabla» (de planchar), «tabla» (de salvación)… tales tres significaciones no constituyen ni acorde ni discorde, sino disparate, o incongruencia –de ordinario sin gracia alguna. Ya Aristóteles descartó tales plurales inconexos o incongruos de significaciones.
Pero el griego poseía, aún por entonces, palabras de muchos significados, palabras–acorde o acordes de significados. Y le sonaban no sólo de vez en una palabra, sino armoniosamente, cual a nosotros un acorde musical normal.
Logos es una de esas palabras–acorde. Ahora desde no hace muchos siglos razón, razones, palabra, cuenta son significaciones que, cuidadosamente, separamos según el cartesiano criterio de claridad y distinción. No forman acorde; ni suenan a la una y en uno, y no se las entiende en uno y a la una: en una sola palabra.
Para el griego formaban acorde razón, razones, «palabra y cuenta», y el acorde era la palabra logos. Al decir logos, logos sonaba a todo eso: de vez y en uno.
Ahora separamos delicada y obligatoriamente vista (de ojos), lo visto (por vista), ver (vista por ojos); ver intelectual, lo visto por vista intelectual, saber de algo por verlo con vista intelectual y corporal: empleamos –siempre que sea posible sin caer en pedantería– las palabras de visión, aspecto, pensar, idea, conocer para deshacer el acorde natural lingüístico del griego: idein, idea, eidos, eide nai.
A saber lo hemos filtrado de su unión con sabor –sapientia, sabor, sapere–; y suena sólo a saber: a supremo y puro tipo de conocimiento. De acorde que eran sapientia y [131] sapiens sabiduría y sabio han pasado por filtro a ser sabiduría in–sípida, y el sabio a insípido. Frecuentemente tal insipidez de sabiduría y sabio rezuma y da su tono al estilo «literario» de los «sabios».
Esa palabra de «saber», que Aristóteles emplea en la traída sentencia, es palabra–acorde. Una traducción escrupulosa diría en forma de acorde: saber (eidénai), con saber–de–algo–por–verlo–con–vista intelectual (eidos) que es en uno vista de ojos–que–ven (idein) lo–visible de las cosas (idea).
Eideanai/eidos/idein/idea
es acorde, a escribir, leer, oír y entender de manera semejantes a como escribimos, leemos, oímos y entendemos los acordes de nuestros manuales de música.
Cuando decimos ahora «naturaleza» (de una cosa) entendemos «esencia» –esa única manera, necesaria, como una cosa puede ser lo que es–; y filtramos, por discordantes, las significaciones de nacimiento, surgimiento, brote, resonantes, en uno y a la una, en la physis griega.
Esencia/nacimiento/brote
otro acorde: el de «naturaleza».
Griego y latín no separaban como nosotros, en ese accidente gramatical llamado «caso», preposiciones de palabras; en el «caso» o «casos» latinos y griegos, palabra y preposición forman acorde; la palabra, ella misma, se modifica, está en caso. «Por naturaleza» o «según naturaleza» son frases nuestras, de elementos inmodificables; de unión, por tanto, externa, gramaticalmente accidental. Que la sabiduría afecte a la naturaleza del hombre, es un accidente, un caso –acaso favorable, aceptémoslo–, según nuestra manera de hablar, según nuestra gramática; mas no lo era para el griego. El apetito de ver, de saber por ver, le brotaba de dentro, le era una modificación espontánea. La «gramática» griega lo expresaba mejor que la nuestra, a no ser que aceptemos la secuela de que el apetito de saber por ver nos es ya accidental, innatural, casual a nosotros, de brote espontáneo que fue (con fue de es) en los griegos. Tal vez sea verdad –de esas que son y hacen la Historia– la de que tenemos nosotros de natural, por brote irresistible, apetito de mani–pular, mani–obrar y manu–facturar todo, una de cuyas manifestaciones sea la [132] de separar, dividir, fender o hender de un man-doble preposiciones y palabras.
«Todos los hombres apetecemos del natural el maniobrar». Predominio de la mano. Platón y Aristóteles nos clasificaron de esclavos o de menestrales (bánausos), siempre de clase ínfima social o extrasocial.
Tal vez ese mismo fondo o tono de mani–obreros y manufactureros dé razón –si no suficiente, al menos parcial– de la conversión o perversión de voces medias y pasivas en activas, tan frecuentes en nuestras lenguas, respecto del griego, sobre todo; menos, del latín. Una cosa es «todos los hombres apetecen saber» y otra «se-son-apetentes» de saber. Todo eso: largo, complicado –y no unificado suficientemente por guiones–, corresponde a una sola palabra en griego: «orégontai», en forma «media» –ni activa ni pasiva, semirreflexiva, interiorizante. «Se-son-apetentes de» o «se-están (sintiendo) apetentes de» se aproximan a la estructura gramatical del original, sin alcanzarla; pero, cuando menos, mantienen conscientemente el peligro de traición de la traducción.
Ahora, los mani–obreros –activos, pasivos o pacientes de la acción– han impuesto su lenguaje, moldeado la gramática y descartado –previa e independientemente de la Academia de la Lengua– la voz media: ese estado de indiferencia hacia acción (de pasiones) y pasión (de accidentes).
Ser (einai) era, para el griego griego, uno de esos verbos en voz media; ser no puede tomarse en activo, como pegar o cazar; ni en pasivo, como apaleado y cazado. A nuestras frases –de mani–obreros– «dar el ser» (crear, producir), «quitar el ser» (aniquilar, destruir), no corresponde nada en griego. El ser en cuanto ser, no es activo ni pasivo; el ser es, simple y sencillamente es. Así, Parménides.
La cuestión, para nosotros, no es ya «ser o no ser», sino «obrar o padecer»; y «bajo mano» la mano ha impuesto su gramática, que tan natural nos es ya. La mano traicionó al ojo; y el traductor «maniobrero» traiciona –real, aunque inocentemente– al ojo, al ser –al griego– en frases tan inocentes, al parecer, como la inicial de la Metafísica:
«Todos los hombres apetecen naturalmente saber».
La «traición» de quien así «traduce» queda descubierta; no nos hagamos la ilusión de que «confesada y remediada».
III
[133] Las palabras en uso o estado filosófico o científico actual no son ni palabra–acorde ni palabra–con–timbre.
Dos instrumentos de especie musical diversa, cual violín y flauta –maderas y cuerdas–, pueden dar la misma nota: mas el timbre será –dichosamente, para delicia auditiva– diverso. El número, distribución e intensidad de los armónicos no coinciden, por dichosa ventura, en violín y flauta. Cada nota sustenta airosamente una original estratosfera de sonidos –todo un mundo sonoro propio.
Las palabras, en estado filosófico o científico, dan por plan o por técnica, una sola nota –dicen una sola cosa–; y esa sola nota carece de timbre; es pura –más que nota de diapasón.
Unidad y pluralidad de significado: Palabra en estado científico o filosófico.
Por suerte, la palabra es concierto de palabras; cada una acorde de significados varios y sorprendentes, inconexos y abigarrados a la mente de filósofos y científicos; y acorde de palabras con timbre, cual instrumento musical; o, si queremos, por más fiel a la historia, la poesía selecciona y cultiva el timbre auditivo de las palabras, su valor instrumental musical.
«To be or not to be», dicho o escrito en clase o texto de lógica en inglés, y «ser o no ser» pronunciado escrito en texto o clase de lógica en castellano, son la misma frase: el mismo principio de «disyunción» –sin timbre «lógico» y sin acorde «ideológico».
«Ser o no ser» dice una sola cosa, y pura y simplemente esa sola cosa.
Pero, en el contexto o concierto verbal del teatro, «To be or not to be», no es indiferente a la voz, al timbre de la voz, de sir Laurence Olivier –como lo es a la mía, y a otras mejores– , y lo fuera a la misma de sir Laurence Olivier, si no fuera por una desgracia, que Dios aparte, tuviera que decir en clase de lógica, como yo y otros desgraciados, «ser o no ser»; y en vez de «That is the question» lo de «tal es el principio de disyunción».
Pretender definir qué es Poesía es el más seguro y eficaz procedimiento para asesinarla –y no saber lo que es. Decir en palabras –cada uno de una sola significación y cada significación sin timbre– lo que es en realidad concierto verbal: [134] palabras acorde y timbradas, solo puede acudirle intentarlo un Leibnitz, un idealista empedernido o, para hacerle la debida reverencia por otros méritos suyos, endiamantizado. «La música no es más que un ejercicio de matemáticas, hecho por una mente que no cae en cuenta de que está calculando».
La poesía no fuera, según eso, más que un ejercicio de matemáticas hecho por una mente que no cae en cuenta de que, al hablar, «está calculando».
Poetas y músicos, por igual, fueran matemáticos que se ignoran serlo –más lo son.
No se atrevió, quizás no se le ocurrió a Leibnitz, afirmar que la música no es más que un ejercicio de ontología hecho por un pensamiento que no cae en cuenta de que está filosofando.
Pero, en el fondo del menosprecio, más o menos discretamente disimulado, que tantos filófosos y músicos tienen por música y poesía, tal vez esté grabando el lema leibnitziano: «Música y poesía son filosofía o ciencia que se ignoran. » Y «los músicos y los poetas son, en el fondo, ignorantes en filosofía y ciencia».
De poesía no hay definición o teorema. De poesía se habla en poema.
Así, sin traducción a lenguaje filosófico o científico, y sin la inevitable traición de una pretendida traducción o definición ideológica, lo hizo Antonio Machado, al cantar:
Agua del buen manantial
siempre viva,
fugitiva;
Poesía, cosa cordial.
¿Constructora?
– No hay cimiento
ni en el alma ni en el viento.
Bogadora,
Marinera,
hacia el mar sin ribera.
