Maria Aurèlia Capmany: «El escritor como traductor»
Primer simposio internacional sobre el Traductor y la Traducción, Madrid, APETI, 1982, 91–98.
[93] No hay ninguna clase de duda que todo traductor de una obra literaria es un escritor. La gran tarea de transformar una estructura lingüística en otra estructura lingüística aun en los casos que merezcan el apelativo de traiciones es una labor de creación, Pero lo que me interesa comentar en este breve análisis es la atracción que ejerce en un escritor, sea poeta o novelista o dramaturgo, una obra ajena, en una lengua que no es la suya, y el deseo que despierta de incorporarla a su propio mundo.
La aventura de incorporar al propio código el contenido de un poema, de una narración es el más amplio sentido de la palabra es una de las más gratificadoras tareas que se le propone al escritor. El juego de riqueza semántica y de ambiguas connotaciones enriquecen con sus propuestas el propio lenguaje, abren caminos y vericuetos que el mismo escritor encerrado en su proyecto creativo no hubiera emprendido jamás. En primer lugar el escritor elige un texto, se enamora de un texto y el entusiasmo le impulsa a desmenuzarlo hasta reconstruirlo de nuevo, incorporado a su propia experiencia vital, es decir, a su propio lenguaje.
Del mismo modo que hay escritores que se sienten más atraídos por lo ajeno y por lo tanto por la aventura de la traducción, podemos descubrir que hay culturas más porosas que otras, son culturas vehiculares a través de las cuales se deslizan, como corrientes mutables, esquemas, síntesis, imágenes, sistemas, es decir, multiplicidad de valores. La Grecia clásica fue sin duda una gran cultura vehicular, de ahí su múltiple e inquietante legado, que puede ser, a través de los sucesivos descubrimientos, contraria a si misma, manteniéndose ella misma, como su imaginado Proteo.
Si podemos hablar de una Weltliteratur, es porque la cultura, tanto la escrita como la oral, posee vasos comunicantes y la cultura que se aísla, no solo se angosta sino que se convierte en fósil, fósil atractivo para los antropólogos pero fósil al fin.
La cultura catalana ha sido a lo largo de su presencia histórica una cultura vehículo. Por su situación geográfica, por sus vicisitudes históricas, por el conglomerado de pueblos razas y religiones, por el mismo carácter agónico en el sentido unamuniano de su entidad nacional, la lengua catalana ha sido en los momentos de su mayor esplendor lengua dúctil para espléndidos traductores. Protagonista en la interrelación de las culturas mediterráneas nos ha legado magníficas traducciones de los renacentistas italianos; la Divina Comedia de Andreu Febrer, la versión del Decamerone de los monges [sic] de Sant Cugat, y como expresión de esta porosidad a las influencias externas un texto incalificable como el Jacob Xalabin, que nadie ha decidido todavía si se trata de una traducción o de una imitación deliberada, lo que podríamos llamar con el nuevo concepto de pastiche.
Puerta de Oriente, por donde llega a la península el influjo renacentista, es a su vez traductora de las primeras muestras del renacentismo [94] castellano, como por ejemplo en la traducción coetánea de La Cáarcel de amor de Diego de San Pedro, de autor anónimo, Walter i Griselda de Boccaccio de Bernat Metge. Un ejemplo claro de esta función comunicadora inmediata de un texto famoso, lo que hoy día llamaríamos un bestseller de los que hacen pujar las ofertas en la subasta de la Feria de Frankfurt, es la traducción del poema La Belle Dame sans merci, debida al poeta Francesc Oliver, gracias a la cual pasa a la lengua castellana. El siglo XV fue pródigo en traducciones que evidencian la interrelación de las culturas hispanas; los poemas de Ausias March circulan de inmediato en versión bilingüe, y una de las primeras ediciones del gran poeta aparece con su versión castellana verso a verso. Cierto que el siglo XV nos muestra una interrelación de las culturas hispanas que no volverá a producirse jamás, la decadencia vertiginosa de la cultura catalana y el auge poderoso de la Literatura en Lengua castellana, lo hacen inútil. Lo cierto es que a fines del XV, los poetas sentían el orgullo no solo de ser capaces de traducir en cualquiera de las lenguas latinas, si no hasta incluso de versificar en ellas, como en el poema cuadrilingüe, atribuido a Romeu Lull; un poema que bien puede servir de referencia al juego cruzado de lenguaje que es la traducción de poeta a poeta:
Cançó de quatre lenguatges
Di te dia tanti guay
Cuanto bien quero por mi!
Fi, de part diable, fi,
E de mi no’t cures mai
Più putze che la schalonya
Que no te puedo beber.
Pudenta plena de ronya
Tant qual no se’n por direr!
Tu secondo che si fai
asno nunca leer vi.
Fi, de part diable fi!
e de mi no’t cures mai!
El descubrimiento de un texto, la necesidad de incorporarlo a la propia materia literaria forma parte del periplo creativo del escritor. Es todavía más evidente la necesidad de la traducción en el momento en que se produce el renacimiento de una lengua y de una cultura. Los hombres de La Renaixença los que pusieron los cimientos del renacimiento cultural y político de la Catalunya del XIX, y en primer lugar los escritores, iniciaron una importante obra de traducción, devolviendo a la propia cultura su facultad de materia porosa y viva. Seguir la lista de los títulos que jalonan las colecciones literarias de este primer impulso catalán del XIX, es reconocer las actitudes estéticas y aún más aquellas preferencias literarias que apoyan la recuperación nacional de Catalunya. Así encontramos románticos y naturalistas [95] entre los primeros narradores catalanes del fin de siglo. Obras de Puixkin, de Silvio Pellico, de Ivan Turgeniev, al lado de Paul Bourget, de Prosper Merimée, de August Strinberg. A través del francés, los traductores catalanes tratan de reincorporar literatura contemporánea, de poner al paso la propia literatura. El mismo interés les conduce a la traducción de obras de otras culturas minoritarias que luchan por su identidad y así encontramos por ejemplo la obra de Maurice Jokay, el gran patriota húngaro, con su novela La dama de los ojos de mar, que llega a la lengua catalana a través del francés.
Así como la biblioteca particular de un escritor nos da la fuente de su obra, las coordenadas de su horizonte literario, su escala de valores y sus debilidades, del mismo modo nos damos cuenta de la ideología que mueve el auge político y cultural que se deriva de la euforia económica de La Restauración y que en la plástica se hace evidente con la versión autóctona del Art Nouveau, el Modernismo.
El siglo XIX fue ciertamente un siglo pródigo en traducciones, entre otras razones porque capitaneaba, en la mentalidad del tiempo, la esperanzadora idea del progreso y de la universalidad del conocimiento. El espíritu combativo y educador del pensamiento iba unido a la publicación de una revista, en la que aparecían en forma de sueltos o insertos textos literarios, y con la edición de una colección literaria aneja a la revista. Una revista ejemplar en este sentido fue la revista “L’Avenç”, i su Biblioteca Popular L’Avenç, una de las primeras colecciones de bolsillo de la península.
La ideología de los hombres del Modernismo aparece evidente en las traducciones. No sólo se hace evidente por las obras literarias que traducen: Erik Ibsen, Maurice Maeterlinck, Ruskin y sus evanescentes y moralizantes ensayos de Los lirios del jardín de la reyna, sino también por los pensadores que traducen. Emile Littré, el continuador del Positivismo aparece como testigo de la mentalidad positivista y conductista de los pensadores de la Universidad barcelonesa, y a su lado, el escritor que más había de satisfacer los creadores del Modern Style catalán: Ralph Emerson, con su concepto de la Naturaleza, de la mística de la naturaleza y la necesidad del imperativo moral. Pompeu Fabra, el creador de la normativa de la Lengua Catalana, traduce Ibsen i Maeterlinck, Joan Maragall el poeta traduce Novalis.
La generación del Noucentisme, que podría ser definida con la feliz frase de José Ortega y Gasset: “Nada modernos y muy siglo veinte” inicia una nueva política de traducciones. No por casualidad nace la colección más prestigiosa de traductores de la lengua catalana, me refiero a la Fundación Bernat Metge, que bajo el mecenazgo del acaudalado líder de la Lliga Regionalista de Cataluña, Don Francesc Cambó, se propone verter a la lengua catalana los clásicos griegos y latinos.
Y es precisamente en la nueva generación la de los Noucentistes, en la [96] que aparece la dimensión específica del autor traductor, del escritor preocupado por el dominio de la lengua y de su investigación. La traducción no es solo un vehículo para dar a conocer una obra es, sobre todo, un método para profundizar en el uso de la propia lengua. Josep Carner, el gran poeta de la voz puramente lírica más diáfana, más transparente, trabajó en los más heterogéneos textos: Shakespeare, Molière, Andersen, Dickens, Mark Twain, Arnold Bennett, Villiers de l’Isle-Adam, Musset, La Fontaine, Defoe, La Bruyère, Lewis Carroll, pero sin duda alguna uno de los más maravillosos logros del poeta fue la adaptación de poesía china que tituló Lluna i Llanterna. El valor de la palabra misma, como herencia del simbolismo se hace evidente.
Como poeta traductor Carles Riba es sin duda alguna el gran maestro. No me refiero a que el helenista erudito nos dejara simplemente una escuela de traductores, sino precisamente en la medida que la traducción fue para el poeta Riba una parte esencial de su aventura poética. Podemos distinguir tres aspectos de la obra del poeta traductor. Por una parte la labor del intelectual que por razones económicas acepta el trabajo de traducción, del que destacaremos las magníficas versiones de los cuentos de Grimm, y “Las historias extraordinarias” de Poe. Por otro lado la del helenista que colabora con la Fundación Bernat Metge con las traducciones de Jenofonte, Plutarco, Esquilo, Eurípides y Sófocles, y sobretodo con las varias versiones de La Odisea, en la que logró una tal incorporación del texto griego a la lengua catalana, que lo convirtió en texto de aprendizaje de la propia lengua para las generaciones futuras. La traslación del ritmo poético a la melodía propia de la propia lengua es un apasionado desafío a la alquimia de la traducción. Pero el poeta no se limitaría al trabajo derivado de su docencia de extraordinario profesor de Lengua Griega. Riba tradujo también por el placer de profundizar en la voz de otro poeta. Sus Versions de Hölderlin, y más tarde los Poemes de Kavafis, nos dan una muestra de esta dedicación del escritor a la obra siempre atractiva e inquietante de otro escritor.
En otro sentido, pero también derivada del gran poeta que nos ha dejado una obra inmensa y apasionante, es el trabajo de traductor de Josep M.ª de Sagarra. El poeta Sagarra, que renunció jamás a los valores dramáticos de poesía, cosa que le vincula a las generaciones precedentes, nos ha dejado dos grandes muestras de su dedicación de traductor. Gracias a él la lengua catalana tiene una nueva versión de la Divina Comedia. Toda la elegancia, la chispeante fuerza del verbo de Sagarra se hace evidente en este difícil trasvase lingüístico. Quizá de todos sus contemporáneos fue Sagarra el que más se impuso el trabajo de traducción para lograr una remuneración que no le daban sus propios escritos o que le era imposible lograr dadas las circunstancias represivas que le tocó vivir. Sus magníficas traducciones de Shakespeare, que algunos eruditos han tachado de poco rigurosas con el léxico shakespeariano, nos ofrecen una recreación de la fuerza expresiva del gran [97] dramaturgo. Inigualable poeta sin trabas, abundante a la par que sabio, profundamente lírico al mismo tiempo que capaz de manipular un lenguaje popular y procaz, pudo trasladar el genio múltiple, burlesco y tierno del Shakespeare de las comedias y de las grandes tragedias históricas.
Pero como poeta recreador de poesía nadie ha igualado, en la traducción contemporánea a Marià Manent. Traductor de Keats, de Brooke, de Blake, de Dylan Thomas, sus Versions de l’anglès, su Poesia anglesa i nordamericana, han influido poéticamente a las nuevas generaciones de escritores. Nadie como Manent descubrió el camino poético de la aliteración, tan arraigada al genio de la lengua inglesa, convirtiendo la matización fonética de las lenguas anglosajonas en una nueva capacidad sonora de la lengua catalana inédita algunas veces, olvidada otras, que han ejercido una profunda influencia, pocas veces confesada, en los poetas más jóvenes del momento actual. También Marià Manent se sintió tentado por la poesía oriental y su versión personalísima de la poesía china se convierte en el libro de poemas titulado L’aire daurant.
Que la traducción es algo así como el ozono para una cultura fue activamente aceptado por la administración franquista, cuando decidió acabar con la existencia de la Lengua y la Literatura catalana. Traducir se convirtió en 1939 prohibido para los catalanes. El mejor modo de reducir el uso de una lengua a un entretenimiento rural, condenado a la fosilización era cortar por lo sano todos los vasos comunicantes con las culturas vecinas. Era un poco difícil de aceptar para los catalanes, para los cuales el hecho de convivir con variadas lenguas era una vieja costumbre de siglos. Se intentaron todos los sistemas para reemprender traducciones, algunas veces con pequeños éxitos, incluso se intentó el engaño. Una de las primeras traducciones de novelas extranjeras contemporáneas se pudo hacer y publicar, porque el astuto editor no especificó que la novela para la cual se pedía permiso era fruto de una traducción y como el censor no debía estar muy documentado en cuanto a novelística europea y debía desconocer los apellidos catalanes, creyó que Sant-Exupéry era un escritor catalán desconocido.
El nuevo resurgir de la cultura catalana se hace a la par de la traducción, incluso con un auge de la traducción valorizado precisamente en consonancia de este nuevo ritmo tan difícilmente logrado. Los escritores en los años 60, como en el caso de Manuel de Pedrolo y otros convierten el oficio de traducir en su forma de nivelar sus presupuestos. No siempre el traductor escoge las obras que va a traducir, más bien producto de cierta política editorial, pero si deja en la traducción el sello de su capacidad creativa, y diríase que esta huella de su creatividad se hace visible tanto en la traducción como en su quehacer literario. A partir de los años 60 se suceden las traducciones de novela contemporánea y de libros de ensayo que reflejan el pensamiento europeo de los días cruciales en los que se entrecruzan las [98] ideas del realismo y del formalismo naciente. Sería raro encontrar un escritor catalán que no fuera a su vez traductor y que en las varias traducciones no imprima su huella en la búsqueda del vocabulario y el giro idóneo.
Joan Oliver, el poeta Pere Quart traduce con elegancia y dominio del lenguaje teatro y novela, Joan Fuster, el ensayista riguroso y ameno nos ofrece una traducción magnífica de L’estrany de Albert Camus, Josep M.ª Llompart traduce con mágica sensibilidad poesía gallega, y Maria Antonia Oliver, con su ritmo narrativo nos da una magnífica traducción de Els Anys de Virginia Woolf. Quizá la traducción más arriesgada y que nos traerá uno de los estudios más profundos de la lengua catalana, con toda una problemática de la diastrática de la lengua viva, sea la extraordinaria versión que del Ulisses de James Joyce, acaba de hacer Joaquim Mallafré y que pronto veremos publicado en Barcelona.
Tan importante es para una lengua, para esta realidad viva que es la lengua, el quehacer cotidiano del traductor, que sin ninguna clase de duda, sería imposible hablar, hoy de poesía y de novela catalana, sin tener en cuenta esta dedicación de los escritores en la alquimia de la traducción.
