[Ramón Gómez de la Serna]: «Loa»
Prometeo 18 (1910), 343–344.
[343] La traducción de los escogidos es lo único que hace inefable la vida. Porque lo fuerte con «su» fortaleza, lo excesivo, lo supremo, lo compaginable con sus antologías, no ha existido en nuestra tierra. Sólo se inicia en esta juventud.
Todas estas traducciones nos revelan un amigo, un íntimo, algo extraño que es imposible que no haya existido en nuestra literatura, de la que se nota la falta de sinceridad, de superhombría, y de inorganización. Y es estupendo el amor que nos sugiere por contraste. Todos los afectos se resienten y pierden ante este amor en que inician estos hombres lejanos, amor del que brota una terrible agresividad parricida.
No hemos tenido un France, un Marcel Schwob, un Mallarmé, un Gourmont, un Nietzsche, un Maeterlinck, una Rachilde, una Colette, un Wilde, un Jammes, un Fort, un Bloy, etc., etc. un igual del hombre verdadero, no de estos hombres. Un igual, no un parecido.
Todo anodino, torpe, árido, en estos últimos años en que debieron existir. Los otros eran aún impotentes. No tenemos simpatía ninguna por estos españoles y ni siquiera les discutimos, no podemos ni discutirles. Abominamos de casi todos los paralelos en cronicidad con esos otros hombres. Nos sentimos, por altivez, por demasiada conciencia, por demasiada pubertad, criminales.
Ninguna ramplonería más estupenda.
Sin esos hombres, hubiéramos estado secuestrados, hubiéramos padecido algo como una terrible enfermedad, de incuria, de aduar africano, y hubiéramos muerto irreparables y fallidos.
Les sentimos, no como traducidos, sino como seres cercanos, que han podido hacer su obra en cualquier parte. Nos sentimos menos solos, menos hijos únicos de padres sin sobrepujar, abúlicos y conservadores, [344] esos hijos únicos que en su soledad se idiotizan. Tenemos ya hermanos que nos creen, pues la verdadera creación es de hermano a hermano, de amigo a amigo, de insurgente a insurgente. Creación que pone después en camino de independecia porque si no, no valdría la pena de ser creados y nos avergonzaríamos de nuestros creadores. ¡Ya somos menos provinciales y menos suicidas!
Ellos son los antípodas de todo esto y de todo aquello, de este doloroso yermo español, increíble, sin otra originalidad, ni otra individualidad, que la de los exabruptos y sus fanfarronerías de contraste, cuando la verdadera originalidad es la original en la unidad espiritual de todo, en la fusión espiritual, en el congreso exorbitante de la especie.
Todo ha sido círculo vicioso alrededor de viejas piedras, de viejas fanfarronerías, de viejas tradiciones, de viejas morigeraciones y de viejas ininteligencias. Discreción, sedentaria discreción.
Prometeo quiere, como lo ha querido ya durante toda su vida –¡admirable Ricardo Baeza!–, que una vez por lo menos se salga de la idiosincrasia consabida, mortal, pintoresca y mediocre y se salve al alma en esa libertad rara, personal, ascendente, en ese desconocido en el que después de perdidas comenzamos la verdadera posesión de nosotros mismos.
Hubiéramos vivido secuestrados en ese minimum de vida, en ese respeto, en esa creencia en el pasado, en ese desconocimiento. Nuestro clamor es el clamor de los que se han salvado de un peligro mortal que espontáneamente hace gritar la blasfemia más noble y más descalificante contra los que nos lo iban a hacer soportar. La blasfemia que por su nobleza, por la bondad de corazón que la mueve es de las que hacen morir, deshonran y hasta incineran al que blasfema.
No diríamos que eran traducciones si no supieran su nombre –sólo su nombre– los beduinos y no lo diríamos para hacer de nuevo nuestros clásicos y comenzar a tener el «bello inédito», lo personal, lo desevillanizado, lo descastellanizado, lo desespañolizado y a la vez lo desextranjerizado.
Sí. Lo desextranjerizado, porque nada menos extranjero y menos nacional, pero más humano, más creador, más despabilado que estas cosas.
