Guillermo de Torre: «Antologías poéticas. La de Mathilde Pomès»
Diario de Madrid (Madrid, 18 de noviembre de 1934), p. 4.
[…] El máximo interés se centra, por consiguiente –como debía ser– en las versiones de Mathilde Pomès. Y la única misión que incumbe al lector crítico es ir señalando el acierto de las versiones, siempre fieles, pero sin dejar de advertir al mismo tiempo los cambiantes [sic] adquiridos por ciertos poemas al mudar de idioma. ¡Incomunicabilidad y genio propio de las lenguas! En las traducciones poéticas es donde se manifiesta insobornablemente el fondo propio de cada lengua, su calidad irreductible, su esencia intransformable.
Aquí, entre los engranajes del transformador lingüístico, queda prendida muchas veces el alma de la poesía. El trueque idiomático favorece a unos y perjudica a otros. Pero sería difícil precisar una constante, una ley fija para todos los casos. Juan Ramón Jiménez, por ejemplo, en virtud quizá de su misma levedad lingüística, no sufre alteraciones graves en las poesías traducidas en este libro, salvo en una –«Generalife»–, de acusada música verbal en castellano. Mas esto no constituye –repetimos– una ley fija. Pues acontece que, en el caso de un poeta lingüísticamente tan preciso como Jorge Guillén, la versión presta aún mayor consistencia a sus versos. ¿No se dirían originariamente concebidas –o, al menos, posibles– en francés estas estrofas diamantinas de «Presencia del aire» («Ces nuages: le gris – si jeune de leur rhumb – sans hâte de futur; – pleine actualité – de ce futur voguant – tranquille vers la tache…»)?
Deducción incuestionable parece ser que la poesía abstracta, superlocal, admite sin quebranto cualquier versión. En cambio, aquellos poemas de fuerte acento nacional, de entrañable armadura lingüística, donde las palabras constituyen ya en sí algo trascendente por su poder evocativo y su calidad metafórica, sufren hondamente en su traslación, y aun se desnaturalizan. Así, por ejemplo, ¿quién reconocería –no hablamos de su identificación «física» sino de la «poética»– en estos versos la obertura admirable de la pieza más arquetípica que ha compuesto Federico García Lorca, el romance de «La casada infiel»: («Et moi qui l’ai emmenée –emmenée à la rivière– la croyant encore fille, –quand elle avait un mari….»)? A lo intransferible del genio lingüístico de cada país hay que cargar esta desnaturalización, y no –repitámoslo– a la pericia y al amor que ha puesto Mathilde Pomès en sus versiones. Su antología, por encima de todo, es muy meritoria. La autora ha mostrado, además, una excelente mano en las selecciones de cada poeta, superando en esto a la de G. Diego y acertando a escoger las piezas verdaderamente más representativas. En cuanto a las inclusiones o exclusiones de poetas secundarios, no seremos nosotros quienes hayamos de hacer el juego por este motivo a pleitos domésticos
