Ana María Moix: «Elogio de la traducción»
Cuadernos Cervantes de la lengua española 2: 8 (1996), p. 73.
Forzoso es reconocer que, en el caótico y aculturizado mercado libresco actual, cabe advertir, en los últimos años, un hecho digno de elogio: el notable nivel de calidad alcanzado por las traducciones al castellano. En comparación con las traducciones que de la literatura universal, ya fuere clásica o moderna, se publicaban en la península desde los años cuarenta a bien entrados los setenta, y que, salvo excepciones, eran un insulto al público lector, las traducciones que hoy se publican en España son muestra, por lo general y sorprendentemente, de un afán de profesionalidad más que respetable. Y digo «sorprendentemente» porque este cambio cualitativo en el terreno de la traducción de obras literarias no obedece, como sería de desear, a una mejora en lo referente al trato, en verdad pésimo, que la labor del traductor sigue recibiendo en nuestro país. Y, al decir trato, me refiero tanto a las condiciones económicas bajo las que sigue trabajando como a la falta de atención que le dedica la crítica literaria. Sin embargo, y pese a tan ingratas circunstancias, el mundo editorial peninsular cuenta hoy con un número de traductores (Basilio Losada, Emma Calatayud, Enrique Moreno Castillo, Carlos Pujol, Javier Albiñana, Antolín Rato, Roser Berdaguer, M. ª Luisa Balseiro, Esther Benítez, Carlos Manzano… entre otros, y permítasenos una justa mención al recién desaparecido Andrés [sic] Crespo), cuyas excelencias son realmente un lujo en un medio cultural tan desdeñoso y poco atento al oficio de traductor como es el nuestro.
Sin embargo, en medio de este digamos «pequeño milagro» protagonizado por los nombres citados (y otros cuya ausencia aquí no significa olvido voluntario sino economía de espacio) se advierte un motivo de alarma: el poco aprecio que los jóvenes escritores españoles sienten por la traducción. Como si de un quehacer menor se tratara, como si lo consideraran un trabajo que restara brillo al propio, al de narrador o poeta, suelen separar, equivocadamente por supuesto, traducción y creatividad.
El escritor argentino Julio Cortázar (autor de las memorables versiones al castellano de los poemas de Edgar A. Poe y de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar) reconoció en diversas ocasiones el importante papel que el hecho de traducir desempeñó en su aprendizaje de escritor, en la búsqueda y consecución de una prosa personal, de una escritura propia, es decir, de lo que, de un lado bastante vago, denominamos estilo, «si fuese amigo de dar consejos -decía Cortázar-, yo le aconsejaría a cualquier escritor joven que tenga dificultades de escritura, que deje de escribir un tiempo por su cuenta y que haga traducciones; que traduzca buena literatura; y, un día, se va a dar cuenta de que él puede escribir con una soltura que no tenía antes«. Cabría pensar que una cosa es el ejercicio de traducción de una escritura ajena y, otra muy distinta, el de una escritura original, de autor. Personalmente -obviando tal evidencia, pero sin olvidar que los libros que escribimos son, al fin y al cabo, una traducción de lo que Valéry llamaba la lengua self a una lengua accesible a toda la comunidad lingüística a la que pertenecemos, o que hemos elegido-, me atrevería a afirmar que la escritura se ejerce por igual al traducir un texto de su lengua original a la propia como al escribir un texto original, de uno mismo (es decir, un texto de lengua self) en el propio idioma.
En la actividad literaria que es la traducción de un texto ajeno, libres de la preocupación por las ideas, por la creación de personajes, por la consecución de una atmósfera determinada, en fin, por todo cuanto constituye el contenido del texto y que es obra exclusiva de su autor, el traductor se enfrenta únicamente a la escritura en sí, a la forma del texto que deberá trasladar a su propia lengua. Se trata de un traslado, de una recreación, de una reescritura, de una transmutación, según se prefiera a ese ejercicio centrado en la reproducción de ritmos, de adjetivos, de pausas, de comas, de aliteraciones, etc., que nos dará como resultado la prosa, el estilo del autor al que se traduce. O, al menos, una prosa, un estilo lo más análogo posible al original y a los que, con frecuencia, habrá que sacrificar la muy sacrosanta fidelidad. Amén de la intocable sintaxis (pienso en obras como las de Marguerite Duras, o las de Samuel Beckett, que puntuadas como la gramática manda serían completamente otras, es decir, no serían de Duras ni de Beckett).
Indudablemente, la traducción perfecta no existe; pero, no por ello, hay que renunciar a considerarla, y a practicarla, como la actividad literaria que es. «Un traductor -escribió Marguerite Yourcenar, traductora al francés, entre otros autores, de los poetas clásicos griegos, de Virginia Wolf, de Henry James, de Kavakis…- semeja a alguien que hace sus maletas. Las tiene abiertas ante él; pone un objeto dentro, luego se dice que quizá fuera más util otro, entonces saca el primero, y más tarde vuelve a ponerlo, porque, pensándolo bien, es indispensable. En verdad, siempre hay cosas que la traducción no transparenta, mientras que el arte del traductor sería el de no dejar perder nada. Nunca se está realmente satisfecho; pero esto también es cierto para los libros originales que escribimos«.
