José Joaquín de Mora: «Diálogo en vez de prólogo. El traductor – Un amigo».
Walter Scott: Ivanhoe. Novela: escrita en inglés por el autor de Waverley y traducida al castellano, Londres, R. Ackermann, 1825, I, iii–xii.
El amigo: ¿Qué está usted haciendo, hombre de Barrabás?
El traductor: Traduciendo una novela.
A.: ¡Está V. en sus cinco sentidos! ¡V., traductor de novelas! ¡Todo un doctor in utroque, un catedrático de primera en el mismo claustro y gremio, un…!
T.: No tiene V. que cansare en referir mis títulos, que hartos ducados me cuestan para que se me borren de la memoria. Al caso.
A.: Pues viniendo al caso digo que un [iv] hombre de esas campanillas debe tener a mengua emplear el tiempo y el papel en tamañas fruslerías. ¿Qué es una novela? ¿Es más que un tejido de patrañas, de embustes, de tramoyas, en que ni se ve la sombra de un silogismo, ni un ápice de súmulas, ni un viso de argumentos, ni nada que sea digno de quien ha arrastrado bayetas en un Compluto? ¡Novelas! Hartas inmundicias tiene ya la pobre literatura castellana sin esta nueva peste, capaz de inficionar la misma biblioteca de Alejandría. Ya que con dos mil santos tiene V. esa renegada comezón de escribir que hoy aqueja a todo el género humano; ya que quiere usted emplear sus talentos en obsequio de los americanos, ¿por qué no escribe V. algún buen compendio de las Súmulas de Villalpando o algún comentario profundo a Sánchez de Matrimonio? Así… libros de carrera… de pane lucrando.
T.: No Señor, novelas han de ser.
[v] A.: Eso es, y que se propague el gusto de las bagatelas y de las trivialidades de extranjis; y que se abandonen los buenos estudios; y que se conviertan las cátedras en estrados y las sabatinas en tertulias; y que los jóvenes bailen el vals o pierdan la cabeza con los amoríos novelescos en vez de ejercitar los pulmones en agitar cuestiones de metafísica y de teología escolástica. Bravo, amigo mío; pues no hay duda que habrán ustedes conseguido un gran triunfo cuando toda la literatura se haya reducido a folletos y a libritos forrados de tafilete, y cuando no haya más que novelas en las bibliotecas.
T.: ¡Ojalá, amigo mío, no hubiera libros más perjudiciales en el mundo que la novela que estoy traduciendo en el día y las que he de traducir si Dios me da vida y salud!
A.: Ya. V. me quiere decir que esa obra contendrá largos sermones sobre la sensibilidad y sobre la generosidad, y sobre el [vi] amor y sobre el heroísmo y sobre las demás ideas de nuevo cuño; pomposas declamaciones contra los padres crueles y las madres celosas; plañideras elegías de amantes perseguidos y desesperados, y quizás tal cual disertación sobre la igualdad de los derechos y la libertad del hombre. En habiendo de esto en un libro, basta para que los pisaverdes lo encomien y digan que es moral y filosófico…. ¿No es esto?
T.: Todo eso puede ser verdad de ciertas novelas que por desgracia han sido vertidas en castellano por traductores famélicos; mas nada de eso puede aplicarse a las que yo he tomado por original; las cuales en mi sentir ofrecen uno de los recreos más nobles que pueden alimentar el entendimiento, junto con una gran dosis de instrucción tan profunda como nueva e interesante.
A.: ¿Instrucción en una novela?
T.: Sí, señor, instrucción algo más [vii] digna de un ente racional que las absurdas paparruchas y oscuras trivialidades con que V. y yo hemos perdido nuestra juventud en aquellos alcázares del error llamados universidades; instrucción que ha sido el fruto de los más laboriosos estudios y de las investigaciones más exquisitas; instrucción fundada en el más sólido conocimiento del corazón humano; instrucción, en fin, que ilustra una de las épocas más interesantes de la historia de uno de los primeros pueblos del mundo.
A.: ¡Todo eso en una novela!
T.: Todo eso y mucho más; pues hasta ahora no he hecho mención de los retratos de las pasiones humanas, trazados con toda la verdad de la naturaleza; de las más vivas descripciones, tanto de escenas que todavía existen como de caracteres históricos o fabulosos, diseñado con la más admirable propiedad; de las gracias de un estilo seductor que despide, como un espejo, la imagen [viii ]de la persona a que se atribuye; en fin, de un encadenamiento de sucesos que tienen suspensa el alma, conduciéndola insensiblemente de un grado de interés a otro más fuerte y más vivo, y identificándola con los personajes que se presentan en tan variado teatro.
A.: ¡Todo eso en una novela!
T.: Si, señor, todo eso en una novela que puede pasar por historia, o que, por mejor decir llena los vacíos de esta, en la cual raras veces hallamos otra cosa que una cansada narración de guerras, revoluciones, intrigas, crímenes y maldades, sin que se nos presente el cuadro de las costumbres, de la vida privada, de los usos, de las preocupaciones, de las ideas dominantes en el siglo y en la nación de que se trata; de modo que el autor, como usted puede conjeturar, no es de esos novelistas que, sin abrir un libro y sin salir de su gabinete, toman la pluma y la dejan correr a impulso de su fantasía, sino [ix] un investigador hábil y diestrísimo de las épocas tenebrosas de la edad media; un anticuario erudito, un hombre versadísimo en la historia de su patria, cuya aridez ha sabido adornar con las flores de la ficción, sin disminuir por esta la fuerza de la verdad.
A.: Según eso, la tal novela es un fenómeno literario.
T.: Esta y la mayor parte de las que han salido de la misma pluma han abierto una nueva era en la literatura moderna y han introducido un nuevo género que, cultivado por manos expertas y aplicado a otras naciones puede llegar a ser una de las perlas más nobles y más perfectas de la ilustración.
A.: Sin embargo, creo que la idea no es nueva.
T.: Antes de ahora ha habido, en efecto, novelas históricas, algunas de las cuales no carecen de mérito. Una escritora francesa ha sobresalido en este género y ha sabido [x] adquirirse en él alguna reputación. Pero, en primer lugar, la época de que trata está demasiado cerca de nosotros y, por consiguiente, no ofrece tanto interés ni excita tanta curiosidad como aquellos siglos medio bárbaros, medio civilizados, en que tuvieron origen las instituciones que nos gobiernan, los idiomas que hablamos, las dinastías que gobiernan en la Europa, la sociedad en fin tal como la vemos constituida. En segundo lugar, la buena señora, aunque devota y buena cristiana, ha apurado la fuerza de su imaginación y las gracias de su estilo en justificar los abominables extravíos y la conducta impía y escandalosa de un monarca que fue ruina de la nación que tuvo la desgracia de obedecerlo, menos por los enormes sacrificios que exigía su ambición que por ejemplo con que contaminó las costumbres públicas. Mi autor ha seguido un camino más honroso y seguro. No [xi] es un cansado declamador que amontona frases ranflonas para inculcar los principios de moral que todo el mundo sabe, sino un retratista consumado que nos ofrece la imagen del traidor, del pérfido, del mal amigo, para que nos llenemos de horror al mirarla y nos abstengamos de seguir sus huellas. A las eminentes cualidades ha debido la reputación de que goza en toda la Europa culta, pues sus obras se hallan traducidas en todas las lenguas y forman la lectura favorita de los hombres más doctor y de mejor gusto.
A.: Digo que estos extranjeros tienen al diablo en el cuerpo.
T.: No, señor, lo que tienen es la fortuna de vivir en países en la que la instrucción pública se acata, se protege y se fomenta como uno de los elementos más esenciales de las buenas costumbres y de la ventura general. ¿Qué no podría esperarse, en semejantes circunstancias, de la tierra en que se [xii] escribieron Don Quijote y Gil Blas? ¿Y qué no podrá esperarse de esa feliz América, con un suelo magnífico y virgen, con una lengua flexible y armoniosa, y con la viveza de ingenio que distingue a sus habitantes?
A.: En vista de todo eso digo que hace usted muy bien en dar a los americanos tan excelentes modelos y que el hombre que consagra sus fondos a semejantes especulaciones puede contarse en el número de los que más importantes servicios hacen a aquellos países.
