Madrigal, Alonso de

Madrigal, Alonso de (Madrigal de las Altas Torres, ca. 1400–Bonilla de la Sierra, 1455)

Humanista y traductor en lengua castellana, conocido también como Alonso Fernández de Madrigal, Alfonso Tostado de Rivera, el Tostado y el Abulense. Celebérrimo en su tiempo, poco después de su muerte Hernando del Pulgar comentaba que «non se vio en los reinos de España, ni en otros estraños se oyó haber otro en sus tiempos que con él se comparase… Murió… con fama del más sabio omme que en sus tiempos ouo en la Iglesia de Dios». Fue sacerdote, profesor en la universidad de Salamanca, y en febrero de 1454 fue nombrado obispo de Ávila. Prolífico como pocos, los escritos del Tostado, impresos o aún manuscritos, superan con mucho los treinta volúmenes. No es extraño, pues, que todavía hoy se diga de cualquier autor que «escribe más que el Tostado».

No fue, sin embargo, un traductor prolífico, aunque sí un notable «teórico» de la traducción. En fecha temprana, entre 1432 y 1437, compuso en latín, a petición de Juan II, un Brevyloquyo de amor e amiçiçia, que luego él mismo tradujo al castellano; el proceso contrario siguió hacia 1437 (original castellano, posterior versión propia al latín) con su tratado De las çinco figuratas paradoxas, o sea, Liber de quinque figuratis paradoxis. Años más tarde, a instancias del marqués de Santillana, Madrigal también tradujo al castellano (con el título de Libro de las crónicas o tiempos de Eusebio Cesariense) los Chronici Canones, sucintos anales que compendian lo más importante ocurrido en el mundo desde su creación, compuestos en griego a principios del siglo IV por Eusebio, obispo de Cesarea, cuyo texto original se ha perdido, pero del que sobrevive la traducción latina hecha en el mismo siglo IV por san Jerónimo. A esta traducción siguió la redacción de un amplísimo comentario en castellano (Comento o Exposición de Eusebio), años después impreso en cinco volúmenes en folio (Salamanca, 1506–1507).

La traducción latina de san Jerónimo va precedida por una carta prefacio a sus discípulos Vincentius y Galienus. La mitad del texto (apenas cincuenta líneas en ediciones modernas) se ocupa de los problemas de la traducción y en particular de las dificultades que halló al traducir las Crónicas al latín. Madrigal le dedica catorce capítulos, que constituyen un tratado sobre la traducción: de hecho, un sistema teoricopráctico con razones y valores suficientes para convertirse en el más notable de toda la Edad Media española. Su «teoría» traductora parte de unas nítidas bases previas: en primer lugar, todas las lenguas, clásicas o modernas, se bastan para expresar por sus propios medios la realidad que las envuelve; a su vez, la traducción interlingüística, cualesquiera que sean los idiomas, es siempre posible porque «no hay cosa que sea significada por vocablos de un lenguaje que no pueda ser significada por vocablos de otra lengua». Tampoco hay idiomas que sean connaturalmente superiores a otros. Frente a una capacidad expresiva igual y un estatus también igual, reconoce, no obstante, la multitud de diferencias que separan unas lenguas de otras.

Pasa luego a definir con nitidez la traducción y distinguirla de procesos que pudieran parecer similares: traducir es pasar de un idioma a otro todo el verdadero significado de una obra, haciéndolo de tal modo palabra por palabra que nada suyo ponga el traductor que no esté en el original y de manera tal que siga siendo a todos los efectos obra del autor primero (aunque en otro idioma) y que ambas versiones –original y traducción– no parezcan sino un mismo texto. Distingue además cualquier proceso similar que no responda estrictamente a estos parámetros, y que se convertiría en selección, antología, florilegio u obra distinta. A su vez, la traducción ceñida al original excluye todo tipo de glosa, exposición, comentario, interpretación o paráfrasis. Los requerimientos con que queda determinada la traducción, en particular la identidad con el original, la convierten en un ideal casi inalcanzable, aunque perfilado como objetivo final de perfección.

Distingue asimismo entre lo que denomina errores y defectos. Considera errores las inequivalencias, que llama falsedades, y las supresiones, que modifican los contenidos originales sin justificación. Frente a los errores intolerables, los defectos le resultan tolerables, porque se hacen con causa razonable. Los defectos, que son de nuevo dos, conservan los contenidos completos del mensaje original; no alteran la sustancia, pero inciden sobre la perfección con que estos contenidos se transmiten al texto traducido. Ello hace que las traducciones, aun respondiendo íntegramente al original, no sean «de tanta apostura ni claridad de parecer como era en el lenguaje en que fue primeramente escrito», y ello por mucho que el traductor se esfuerce en que no haya diferencia entre texto original y traducido. Insiste en que, a mayor calidad literaria de un texto, más difícil igualarlo en traducción: de ahí que la poesía resulte de muy difícil traducción, pero que, a pesar de eso, el verso debe traducirse por verso. No es partidario de la traducción que hoy se califica como literal; expresiones suyas como «de palabra a palabra» o «palabra por palabra» sólo aluden a que nada se reste del mensaje original, de la misma manera que nada que no está en él se añada al texto traducido. Su ideal de la perfección traductora dista mucho de la esclavitud literal, que explícitamente rechaza en muchas ocasiones. Insiste, en cambio, en que el traductor debe perfeccionar cuanto pueda su obra y escribir siempre «según conviene a la manera de hablar» del idioma al que se traduce, haciendo «palabras hermosas y buen estilo». Se explaya también en esos catorce capítulos sobre otros aspectos de la traducción, como su condición subordinada, su intrínseca dificultad, su historia entre judíos, griegos y romanos o las competencias requeridas del traductor.

 

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J. C. Santoyo
[Actualización por Francisco Lafarga]