Corneille, Pierre

Corneille, Pierre (Ruan, 1606–París, 1684)

Dramaturgo francés. Nacido en el seno de una familia de la pequeña burguesía, estudió en el colegio de los jesuitas de su ciudad natal, donde se apasionó por los autores latinos, especialmente por Séneca y Lucano. Asimismo, quedó marcado por el pensamiento de sus maestros, que recalcaban el papel fundamental de la voluntad en la vida moral. Tras el colegio, y siguiendo la tradición familiar, estudió leyes. Abogado en 1624, se consideró poco dispuesto para ejercer la profesión, y se inclinó por la poesía y el teatro, aunque a pesar de todo adquirió dos cargos de abogado real, que conservó hasta 1650. En 1629 compuso su primera comedia, Mélite ou Les fausses lettres, inspirada en su pasión por una joven ruanesa, Catherine Hue, que obtuvo gran éxito, gracias al célebre actor Mondory. Animado por la acogida favorable, escribió año tras año nuevas obras: la tragicomedia Clitandre y varias comedias, como La veuve, La galerie du Palais, La suivante, La Place Royale y L’illusion comique en 1636. Pero la gloria le llegó con Le Cid, tragedia basada en Las mocedades del Cid (1631) de Guillén de Castro, compuesta en 1636 y representada en París en 1637, con la que inauguraba la tragedia moderna. A esta pieza le siguieron las tragedias Horace (1640), Cinna (1640) y Polyeucte (1643), obras maestras del teatro francés y los mejores logros de toda la producción dramática de Corneille. A partir de entonces y a pesar de la versatilidad de su inspiración y la maestría en la construcción de las intrigas, su producción no alcanzó la hondura trágica de estas cuatro obras. En 1643 estrenó la tragedia La mort de Pompée y la comedia Le menteur, seguida por la Suite du Menteur, adaptaciones estas últimas de La verdad sospechosa de Ruiz de Alarcón. Con las tragedias Rodogune (1644), Héraclius (1647) y Nicomède (1651) y la comedia heroica Don Sanche d’Aragon (1650) se cierran los años de gloria y de popularidad. Tras el fracaso de Pertharite (1652) se retiró durante casi siete años del teatro, al que volvió en 1659, y desde esta fecha hasta 1674, año en el que concluyó su producción dramática, compuso once obras más, entre ellas Œdipe, Sertorius, Sophonisbe, Attila, Tite et Bérénice y, finalmente, Suréna (1674). Pero, a pesar de la calidad indiscutible de estas obras, la fama del viejo dramaturgo se fue eclipsando ante los clamorosos éxitos de su rival en la corte y en los escenarios, Jean Racine.

Fontenelle, sobrino de Corneille, escribió a mediados del XVIII y a propósito del éxito de la primera gran tragedia del dramaturgo, Le Cid, que ya en el siglo XVII la obra «fue traducida en todas las lenguas de Europa, exceptuando la eslavona y la turca». Y hay datos, en efecto, que prueban que esta pieza se tradujo muy pronto en Holanda e Inglaterra, países con los que Francia mantenía estrechas relaciones. Demostrado está igualmente que se realizaron traducciones al italiano, al alemán y a alguna lengua europea más. La cuestión de las traducciones de la obra al castellano es más discutible por falta de pruebas, por la ausencia de textos que corroboren las afirmaciones de Fontenelle, del mismo Corneille en su «Avertissement au lecteur» de 1648 y de críticos posteriores.

Probablemente existieron traducciones, hoy perdidas, durante el siglo XVIII; la primera que se conserva de esta obra es la de Tomás García Suelto, realizada en 1803 para la representación de la obra, que se estrenó el 25 de agosto de ese mismo año en el teatro de los Caños del Peral de Madrid, con reposiciones en 1811 y 1814. La traducción está realizada en verso endecasílabo asonantado, verso clásico en la tradición poética española y que corresponde a lo que es en la tradición literaria francesa el verso de doce sílabas o alejandrino. García Suelto sigue bastante fielmente el texto de Corneille, aunque introduce algunos cambios, suprimiendo personajes que según él entorpecen la unidad de acción (la Infanta y Leonor) y variando la localización geográfica de algunas escenas para adecuarlas a la realidad histórico–legendaria conocida por el espectador español. Esta traducción de García Suelto fue utilizada en 1968 por Luis Corrales Egea en su edición y su estudio comparativo de Las mocedades del Cid de Guillén de Castro y de El Cid de Corneille.

Si de esta tragedia universalmente conocida de Corneille no se conserva ninguna traducción hasta principios del XIX, no sucede así con otras obras del dramaturgo, que aparecen en versión española ya en el siglo XVIII, razón por la cual puede suponerse que El Cid fue traducido anteriormente al primer texto conservado. Francisco Pizarro Picolomini tradujo Cinna en 1731 y, poco después, en 1740, apareció una nueva versión de la misma tragedia, titulada en su versión española El Paulino y realizada por Tomás de Añorbe y Corregel, en una adaptación de escasa calidad, alejada del tono y la elevación de una tragedia clásica. Ha quedado registrada igualmente, junto a las anteriormente citadas, la existencia en este siglo de una traducción de Polieuctes, dos de Rodoguna, una de ellas realizada en verso por Antonio de Saviñón, que tradujo igualmente en verso Horace con el título de Los Horacios, y finalmente una adaptación de Le menteur con el título de El embustero engañado llevada a cabo por Luis Moncín.

Ya en el siglo XIX, Dionisio Solís adaptó en 1828 la tragedia de Horace, cambiando el título de la obra por el de Camila, y en 1868 aparecieron, traducidas en prosa por Marcial Busquets, El Cid, Cinna, Horacio y El mentiroso en el tomo v de la colección Teatro selecto antiguo y moderno (B., Salvador Manero). Las traducciones que se han hecho en el siglo XX no amplían de manera sustancial la difusión de la obra del dramaturgo francés en España, ya que se vuelven a encontrar prácticamente, con excepción de algunos casos que se señalarán, los mismos títulos. Sin lugar a dudas, la obra más conocida y más frecuentemente traducida es El Cid, que en 1957 tradujo para la editorial Iberia Ignacio Gallego, junto con otras tragedias del mismo autor. En la colección «Austral» de Espasa–Calpe (Madrid) aparecieron traducidas en 1966 El Cid y Nicomedes por Pérez Ferrero y Santos Torroella; Francisco Luis Cardona Castro vertió para Bruguera en 1974 Melita, El Cid, Horacio y Nicomedes, y Mauro Armiño dio en la editorial Planeta El Cid y Horacio.

Indiscutiblemente la mejor traducción contemporánea de esta célebre tragedia de Corneille es la que realizó Carlos R. de Dampierre para la colección «Letras Universales» de Cátedra en 1986. Dicha traducción viene precedida por una completa introducción de Ana Seguela, referencia obligada para el estudioso de la obra. Más reciente es una nueva versión debida a Rafael Gómez Pérez (M., Rialp, 2015). Fuera de las traducciones de las piezas ya citadas además del Cid, cabe señalar la que María Alfaro realizó para Aguilar (en 1947) de El embustero, Polieucto y Don Sancho de Aragón; así como las dos traducciones que se hicieron de L’illusion comique, la primera en castellano por Alain Verjat, titulada La comedia de las visiones (B., Bosch, 1976) y la segunda en catalán, por Carme Miralda y Marta Català (B., Edicions 62, 1987) como La il·lusió còmica. Más reciente es la versión, en el mismo volumen, de Horacio, Rodógine y Nicomedes por Luis Martínez de Merlo (M., Gredos, 2005). En catalán apareció en 2008 un volumen de Tragèdies selectes con traducción y presentación de Jordi Parramon (B., Edicions de 1984), que incluye El Cid, Horaci, Cinna, Polieucte, Rodoguna y Nicomedes.

 

Bibliografía

Montserrat Cots, «Reflexiones sobre la recepción de Corneille en la España del siglo XX» en F. Lafarga & A. Domínguez (eds.), Los clásicos franceses en la España del siglo XX. Estudios de traducción y recepción, Barcelona, PPU, 2001, 89–97.

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Ana Seguela, «Introducción» en P. Corneille, El Cid. Trad. de Carlos R. de Dampierre, Madrid, Cátedra, 1986.

 

Elena Real (†)
[Actualización por Francisco Lafarga]