Juan Luis Estelrich: «[Dedicatoria al] Sr. D. Marcelino Menéndez y Pelayo»
Antología de poetas líricos italianos traducidos en verso castellano (1200–1889), Palma de Mallorca, Escuela Tipográfica Provincial, 1889, ix–xviii.
Mi estimado Marcelino: a mitad de la vida me hallé en selva oscura, y de fijo me destrozan las fieras que aullaban a las faltas de mi ciencia, de mi erudición y de mi constancia, si tú, maestro y mentor mío, no sales a mi encuentro, no por celestes influjos, sino por aquel amor ardentísimo a todo trabajo de crítica e historia literarias, amor encarnado en lo íntimo de tu ser y sabiamente guiado a labrarte reputación y fama. No cede mi pasión a la tuya, pero es enorme la distancia que salva nuestras aptitudes; y fueron las mías tan antojadizas y tercas en la delectación literaria, que ni hubo medio de enderezarlas, ni me propuse jamás reducirlas a la condición maleable de la cera. Antes que con nuestra literatura, tuve tratos con las extranjeras, y hojeé antes que el diccionario de la Crusca, los tercetos del Dante. En Madrid, con ahorros de estudiante pobre, adquirí la Biblioteca clásica económica, y en Palma, cuando acá me aherrojaron las desdichas y la dignidad con que hube de arrostrarlas, eché de menos el rico tesoro de la Biblioteca Nacional y una época de libertad que pasó para siempre. Época feliz aquélla en que debatiendo con Miguel Costa se formaba nuestro gusto literario, e incubábamos el [x] germen de esas sinceras aficiones, hoy hondamente arraigadas, a todo género y condición de legítima poesía. Entonces desfilaron ante mis ojos, mientras desentrañaba el sentido casi enigmático de los vocablos italianos, aquella inmortal elegía Amore e Morte, las genialidades de Alfieri en su Vita y en sus Tragedie, el ebúrneo labrado de la Gerusalemme, la donosura y malicia del Furioso y aun el primer monumento de la vulgar poesía italiana. Alternábamos estas lecturas con otras muchas, particularmente las que nos ofrecían los líricos españoles de los siglos XVI y XVII; y al advertir las influencias itálicas que éstos recibieran, y el galicismo sazonado en que vivíamos, iba yo comparando, y ora me daba a partido juzgándome inepto, ora, en reacción violenta, calificaba con poca suavidad a los críticos y autores españoles que olvidaban nuestra ilustre prosapia. Cuando tus esfuerzos lograron encauzar el conocimiento clásico y todos te proclamamos heraldo de la nueva doctrina, ya vislumbrada por algunos escogidos, entonces me convencí de que no eran erradas mis apreciaciones
Halagados porque nos cuentan que España posee el primer romancero épico del mundo y un teatro antiguo tal vez sobradamente aplaudido, vivimos en esta morada feudal sin asomarnos nunca a las bardas de nuestra heredad ni enterarnos de lo que pasa en el coto vecino, ignorancia más lamentable en cuanto se refiere a la literatura que un día inundó nuestro territorio, abriendo en las lindes del cercado brecha por la cual pasó más de una obra que citamos por modelo. Mis esfuerzos son débiles, pero, en lo que puedo, los dirijo ahora a promover la afición a esa literatura. Ya me sé yo que trabajos de erudición ni son para jóvenes ni para espíritus caprichosos, sino para aquellas almas pacientísimas que saben uncir su vida al yugo del estudio. Nunca hice tal. Cayó en mis manos el gentil poemita Il Giorno, del abate Parini, y se me antojó traducirlo; emprendí la labor, pero la empresa [xi] resultó superior a mi italiano de corista y a mis habilidades de versificador. No desmayé por esto: sin previa elección traduje versitos de poetas obscuros, que me ofrecían nimias dificultades, atendiendo siempre a las del metro y de la estrofa originales. Leí sin orden ni concierto, trabajé como Dios me dio a entender, y del resultado de aquellas lecturas y de mi trabajo quise formar menguado volumen para regalar a los amigos. Entonces apareciste tú en los escarbados rasgos de una carta, y me animaste para que aumentara mis traducciones con las que escribieron otros autores españoles, y para que el proyectado tomo respondiese a algo más que a mi capricho. ¡Cosa fácil para ti, que siempre, al parecer, te encuentras los libros hechos! La fiebre de lecturas, que en mis años escolares satisfice con hartura, fue base excelente para la colección, la que se creció en breve al fervor de nuevas investigaciones: en poco tiempo y hoja por hoja me pasó por la vista y por los dedos todos los libros que poseen acá mis amigos; robé horas a mis precisas ocupaciones y frecuenté más que nunca las bibliotecas públicas y particulares de esta provincia; puse empeño en traducir hábilmente algunas muestras de Dante, Chiabrera, Leopardi, etc. para medir mis fuerzas; emprendí activa correspondencia para recabar todas las traducciones de que tuve noticia; interesé a mis compañeros en la empresa, y depuré la procedencia de composiciones anónimas asignando a la literatura de que procedían muchos versos que en el silencio de los traductores habían tomado carta de naturaleza en país que no era el nativo. Ya metido en esta tarea y fatiga, debí acudir a la Biblioteca Nacional y a las de París e Italia; pero, hijo mío, ninguna de ellas estuvo a tiro de mis pesetas. Ni siquiera pude pertrecharme con los libros más indispensables; dejando de registrar el Catalogus librorum del marqués de Morante, la colección de Conti, que tantas afinidades tiene con la mía, y otros muchos más de que quizás no tenga noticia. [xii] Tuve, pues, que resignarme con lo hecho, y menos mal si se me agradece y no se me exige lo que debí hacer; porque es la crítica en nuestros tiempos tan cominera y escudriñadora, que tal vez señale tachas a mi modestia porque mezclé en este libro, pongo por caso, los esfuerzos de fray Luis de León con mis esfuerzos de traductor, ni más ni menos que si tratase yo aquí de levantar un monumento a mis cualidades éticas. Mi modestia es una de las ciento y mil cosas que me traen sin cuidado, y más que mi modestia me dio en que pensar el plan de la obra.
En cuanto recibí tus indicaciones, opté por la mayor extensión posible, dando no obstante preferencia al presente ciclo literario, y por incluir en la Antología desde la tensón o disputa con la genovesa, de Reinaldo de Vaqueiras, primer trovador que a fines del siglo XII empleó la lengua vulgar de Italia, según se cree, hasta las poesías impresas este mismo año por los editores italianos.
Pocas versiones existen de los primitivos poetas, y hacerlos traducir exprofeso para esta obra, tenía el inconveniente de no demostrar lo que me propuse, es a saber: la influencia que en todos tiempos ejerció la literatura italiana en la nuestra. Por otra parte consideraba lamentable el no poder incluir algunas muestras de esas piezas primitivas. Franqueé mis libros a los generosos compañeros que quisieron ayudarme, y expuestas mis dudas, les dejé en libertad. Mal parada salió de este acuerdo la escuela siciliana, primera en que alboreó la nueva poesía. Ni Ciullo di Alcamo, ni Folcacchiero de Siena, pretendidos y disputados cada uno por progenitores de la primera cantilena escrita en su respectiva región, ni los autores del reinado glorioso de Federico II tuvieron admiradores. La primitiva escuela toscana, en cambio, logró señalado triunfo: falten tal vez producciones de Ciacco dall’Anguillara, de la doncella Compiunta, de Dietaiuti, de Guido Donati, de Brunetto Latino pero en cambio [xiii] aparecen inaugurando la colección dos traducciones del himno Frate sole de S. Francisco, considerado como uno de los testi di lingua; la peregrina canción de Guinicelli, que afiligrana las formas de la locución, revela sentir más alto y filosófico, y da vuelos artísticos a la fantasía hasta entonces desconocidos; Gianni, Guittone d’Arezzo y Cavalcanti, secuaces de Guinicelli, alternan con algunas muestras de cantos litúrgicos compuestos por autores ítalo–latinos de aquella centuria. Sobre todos esos descuella por la sinceridad de los asuntos, calor en la frase, ruda franqueza en la dicción y en los conceptos, rima variadísima que siempre abre sulco por donde pasa, el bienaventurado Jacopone de Todi. Sea o no suyo el Stabat Mater dolorosa (y la negativa que tú sostienes no la apoyas con sólidas razones) son indubitablemente suyas las Rime espirituali que con ser tan desiguales, bastan a alcanzarle reputación y fama imperecederas. Algo peca mi admiración por la sinceridad cuando esta se encarna en espíritus arrebatados; porque a través de sus genialidades entreveo con frecuencia altas condiciones estéticas que jamás se manifestaron en espíritus pulcra y correctamente educados. Por desgracia la inhabilidad del traductor franciscano deja empañadas la fuerza y audacia de Jacopone en las muestras que de sus Rime se incluyen (págs. 654 y ss). La influencia de los primitivos franciscanos centelleó largo tiempo en los versos españoles. Prescindiendo de las crónicas seráficas y de las biografías piadosas, de El caballero asisio, poema de Gabriel Mata impreso en 1589, y de otras tres o cuatro obras del mismo género en alabanza del serafín encarnado, que registran nuestros catálogos: «baste recordar cómo se trasluce la filiación franciscana en las obras del iluminado doctor y mártir Raimundo Lulio», según advierte la Pardo Bazán; y aun más directamente se nota esta filiación en Conserva espiritual, compuesta por Joachin Romero de Cepeda, vecino de Badajoz, impresa en Medina del Campo, 1588; en el cancionero del [xiv] predicador de los Reyes Católicos y obispo de Cerdeña fray Ambrosio de Montesinos, y en Damián de Vegas, cuya colección poética se imprimió en Toledo, 1590. En los tiempos clásicos de nuestras letras las reminiscencias de los primitivos franciscanos fueron numerosas, y hasta en las constantes cuestiones de etiqueta que los cabildos promovían a los obispos, se buscó, en algún caso, justificación, en el modo de obrar y de escribir de fra Jacopone antes y después que Bonifacio VIII le redujera a prisión. […]
La amistad pactada por el abrazo de san Francisco y santo Domingo de Guzmán dejó en la perínclita orden de Predicadores rastro luminoso y enlazada correspondencia, [xv] así como los conventos de franciscanos que arraigaron en España, en número más crecido que cualquiera de las otras órdenes, perpetuaron en ella el recuerdo del santo fundador. En los siglos XIV y XV se encuentran en la literatura española algo más que vestigios del conocimiento de poetas italianos de la primitiva escuela siciliana y de la toscana, así en las regiones catalano–aragonesas como en las castellanas, pero no me detengo en indicarlos, porque ya se consignaron en obras históricas y críticas; y por lo que hace a Cataluña tales estudios tienen ardientes y eruditos campeones en mis jóvenes amigos Antonio Rubió y Gabriel Llabrés, sin contar lo que a ambos favorecieron las investigaciones y trabajos de aquel profesor nuestro tan querido y tan llorado Dr. Milá y Fontanals y de mis paisanos D. José María Quadrado, D. Jerónimo Rosselló, D. Mariano Aguiló, y D. Miguel Victoriano Amer.
Tras de los primitivos poetas aparece el gran triunvirato que había de cimentar para siempre la era más gloriosa de la literatura italiana y la perenne preponderancia de la escuela toscana: Dante, Petrarca y Boccaccio. No he de repetirte conceptos harto sabidos, ni es otro mi objeto sino el de recorrer con rapidez extrema algunos asuntos relativos a la colección que he formado. Dante se me presenta siempre circuido de tanta grandeza, que apenas oso tocarle. Aun en mi espíritu infunde el terror que despertó en Florencia cuando se le creía vuelto de los abismos infernales. No me sucedió otro tanto con Petrarca, cuya fama consideré por mucho tiempo exagerada y fuera de tino, y necesité repetidas lecturas de sus sonetos y canciones para discernir el alto vuelto de inspiración que las motiva. Cosa extraña y digna de notarse aconteció en punto a la influencia de esos dos genios en las regiones de nuestra patria, donde no prevaleció la ley de asimilaciones sino la de contrastes. El rudo suelo de [xvi] Aragón, como el de Cataluña, dio más generosa hospitalidad al enamorado Petrarca que la galante e hidalga tierra de Castilla, en la que a su vez preponderó la personalidad de Dante y se dejó sentir más eficaz la influencia de éste. Afirman Puibusque y Amador de los Ríos que miçer Francisco Imperial trajo a España el conocimiento del vate florentino, mientras que el anotador del Cancionero de Baena rechaza tal opinión, y asevera que la influencia dantesca se había implantado antes en nuestra patria. Y así fue en efecto. Recuérdese si no que el cardenal y legado ad–látere de Inocencio VI D. Gil Carrillo de Albornoz por testamento otorgado en 1364 instituía por heredera la Casa de España, de Bolonia, y fundaba en ella el Colegio de San Clemente, de gloriosa memoria, y aun un siglo antes la revolución conocida por las vísperas sicilianas arrojaba de territorios de Italia la casa de Anjou para sentar en su trono a la dinastía aragonesa. No cabe olvidar tampoco que el Ayuntamiento de Valencia en 1424 pagaba cien florines de oro al maestro Guillem, veneciano, para que leyera y explicara los poetas que quisiese, ni la influencia que trajeron a España los asistentes al concilio de Costanza (1414) D. Diego Gómez de Fuensalida, D. Gonzalo García de Santa María, entonces arcediano de Briviesca, el mallorquín Ferrando Valentí; y más aun los que acudieron al concilio de Basilea (1431), entre otros el esmerado poeta D. Juan de Silva, D. Álvaro de Isorna, Dr. D. Luis Álvarez, los dominicos fray Lobo Galdo, y fray Juan del Corral, pudiendo cerrar la lista de estos nombres con el glorioso para las letras españolas de D. Alfonso de Cartagena, obispo de Burgos. Estos hechos anteriores o coetáneos a la influencia que pudo ejercer Imperial, con otros varios que ha recogido la historia, demuestran la verdad de lo que afirmó el Sr. Ochoa.
Dos cancioneros culminantes nos ofrece el siglo XV para este estudio: es el uno el formado por el converso Juan Alonso de Baena y el otro el llamado de Stúñiga. […]
[xvii] No fue la de Imperial influencia personalísima y aislada, sino que se extendió a sus contemporáneos y contribuyó a marcar las condiciones de la poesía artística en frente de la más genuinamente española o trovadoresca, [xviii] la cual, por reflejo, recibió en esa época las enseñanzas de los eruditos. Así el padre de los trovadores de los tiempos de D. Juan II, Alfonso Álvarez de Villasandino […] cita a Dante repetidas veces en sus desires. […] No tengo espacio para repetir los afanes que en seguir a Imperial pusieron Ruy Páez de Ribera, Diego Martínez de Medina, Fernán Pérez de Guzmán, fray Migir, Juan Alonso de Baena, Pedro Vélez de Guevara, fray Bartolomé García de Córdoba, Don Mosseh Aben Zarzal, Pedro González de Uceda, fray Alfonso de la Monja, fray Lope del Monte, y otros tantos que abrieron senda o coadyuvaron al marqués de Santillana (1398– 1458) y a Juan de Mena (1411–1456) para afirmar el estudio de la literatura italiana y su influencia en nuestras letras. […]
[xix] El verso endecasílabo, en la época de D. Juan II, tenía arraigo y estabilidad en las obras españolas, no sólo en los sonetos del marqués de Santillana «fechos al itálico modo», y en Juan de Mena, que medía once sílabas por pie, sino en obras tales como la Cirugía rimada del maestro Diego de Cobos, terminada en 20 de mayo de 1412, y en el libro Vicios y virtudes de Fernán Pérez de Guzmán, que está metrificado en endecasílabos compuestos [xx] de perfectos sáficos en el primer hemistiquio. Otros desires del mismo afectan igual forma, como hicieron notar los traductores de Boutterveck y el Sr. Amador de los Ríos. Y no me detengo en reseñar centenares de reminiscencias dantescas, en la época a que me refiero, ni caeré en el prurito de enojosas citas referentes a Petrarca y a Boccaccio, así en Castilla como en Cataluña, aunque brillara por entonces en Valencia el espíritu superior de Ausias March. Baste lo dicho para justificar la sección que después da Dante aparece en esta obra con el epígrafe: Imitaciones italianas por autores españoles de los siglos XIV y XV anteriores a la época de Boscán y Garcilaso.
Dados estos antecedentes parece imposible que Cristóbal de Castillejo (1494–1556) tomara tan a pecho la llamada por él «secta y opinión levantada nuevamente» y pidiera para ésta nada menos que la intervención del Santo Tribunal; y que Gregorio Silvestre, Luis de Góngora y Lope de Vega derrocharan su ingenio en burlas y chanzonetas contra Boscán y Garcilaso, tenidos por innovadores, no menos que contra D. Diego Hurtado de Mendoza, más preterido por nosotros de lo que alcanzaron sus merecimientos. ¡Y qué cosas no hubiera dicho Castillejo a poder adivinar la trascendencia de la nueva secta! Dígase de una vez: Boscán y Garcilaso no se contentaron con aclimatar las formas toscanas, ya importadas, e introducir las nuevas, preconizadas por Navajero y Castiglione, sino que asestaron golpe de muerte a la estrofa de arte mayor y a las coplas de pie quebrado, en términos de que ni la una ni las otras aparecieron en lo sucesivo; sólo el romance y la poesía popular continuaron su marcha a través de esas vicisitudes. A vivir Castillejo hubiera presenciado cómo se le iban los que se ampararon en sus obstinaciones. Gregorio Silvestre (1520–1570) fijaba luego la ley de acentuación del endecasílabo; Luis de Góngora (1561–1627) se amparaba en él para escribir sonetos y [xxi] canciones (que compiten con sus romances y letrillas) en la época más viril de su talento, talento tan colosal que se desbordó sin freno en las obras de su tercer estilo (que no cabe confundir en manera alguna con el barroquismo de la arquitectura); y no hablo siquiera de Lope de Vega (1562–1635) quien, como es sabido, se afanó por emular a Tasso, encontrando en los poetas italianos arsenal tan vasto, que satisfizo las ambiciones todas de su acción, con ser la más colosal y variada de humano ingenio. La verdad es que nadie como Garcilaso pudo ser portaestandarte de la nueva escuela: su muerte prematura le libró de amaneramientos en que suelen incurrir inteligencias gastadas; las actividades de su vida militar le impidieron la prodigalidad de sus escritos, pero no el ocuparse en discernir y valorar las innovaciones a que se mostraba aficionado. Salvo la introducción del consonante en medio del verso, recurso de la poesía árabe ensayado por Garcilaso en un trozo de su égloga segunda, y que en España ha resultado una metrificación con trufas de consonantes, las demás novedades que tentó el felicísimo lírico, fueron laudables. Así le vemos rehuir el verso agudo, que Boscán y Hurtado de Mendoza emplearon a porrillo en sus endecasílabos; a la silva, tercetos, octavas y sonetos, usados por éstos, añadir el verso suelto y la alada y primorosa estrofa llamada lira, apenas conocida en Italia; abandonar el enojoso dialogismo y la erudición ambagiosa para traducir o imitar ubérrimamente y con propio espíritu, ora las autoridades de la poesía clásica, ora los poetas italianos, particularmente a Petrarca y Sannazzaro. Pero todas estas condiciones, nacidas de las circunstancias y del buen gusto, fructificaron por encontrar la poesía lírica en el alma resignada pero constante, apacible pero ardiente, de Garcilaso, campo fecundo donde esparramar abundante lozanía. Nadie como él supo besar con besos calientes los despojos de su amada, ni nadie le superó en sentir de una manera propia el asunto de sus composiciones [xxii], aunque fueran tan falsas y sujetas a molde como las mismas églogas. Seguir desde ahí paso a paso el curso e influencia de la innovación fuera tarea tan larga como escribir la historia de la poesía española en los siglos XVI y sucesivos. Recuérdense si no los nombres de Saa de Miranda (†1558), Montemayor (†1559), Gutierre de Cetina (†1560), Aldana (†1570), Hernando de Acuña (†1581), Herrera (†1597) y ante todos y sobre todos el maestro fray Luis de León (1527–1591), quien dio nombre a la lira en España, en el riquísimo tesoro de su erudición clásica no olvidó jamás los modelos italianos, y tradujo piezas inimitables que en esta ANTOLOGÍA se encierran; aun sin contar lo que esas aficiones contribuyeron a formarle el estilo y numen de sus últimas odas, piezas de perfección casi absoluta, nunca lograda antes de él y jamás superada en lo sucesivo. Los secuaces de León y del poco conocido bachiller Francisco de la Torre, modelo de exquisito gusto y adepto fervoroso a la reforma, mostraron más ceñidas las influencias itálicas, recibiéndolas muchos de ellos en la tierra matriz y genuinamente y no por manera atenuada y de segunda mano. Gil Polo (por 1540), Pablo de Céspedes (†l603), Figueroa (†1620) perfeccionando el endecasílabo, los Argensola (†1613, y †1633) de gusto severo y sensato, como su vivaz discípulo Villergas (†1669), Pacheco (†1634), Jáuregui (†1641) feliz intérprete del Aminta, Rioja (†1658) que aun con el desmoche sufrido puede ostentar por suyas las italianísimas Silvas a las flores, Arguijo (†1605) con sus sonetos, Cristóbal de Mesa (por 1621), Balbuena (†1627), Barahona (1586), sin olvidar por de contado a Cervantes (†1616), lograron el mayor lustre de nuestra poesía con la firmísima adhesión al llamado gusto toscano.
En la pasada centuria, de empeñada invasión francesa, repercute en los versos de Meléndez Valdés el arcádico balido de Metastasio; el gusto depuradísimo de los [xxiii] Moratines se aferra al árbol de la tradición para salvarse del naufragio; triunfa Alfieri en el teatro como señor único; y los jesuitas desterrados por Carlos III, abate Andrés, Masdeu, Lampillas, Botero, Jaime Pía y muchos otros cuidan de sostener la lazada que nos unía de antiguo con la nación a que se acogieron. El mismo Quintana, iniciador de nuestro ciclo, mientras vibraba su acento en tenantes himnos, volvía los ojos a Guarini con intento de traducir la más famosa de sus fábulas pastorales; pudiendo afirmarse que desde Garcilaso hasta el duque de Rivas, Valera y Zorrilla, todos los literatos españoles han leído al par de nuestros clásicos, los clásicos de Italia; y tú mismo, el más joven que sustenta la gloria de nuestro país, firmaste en Italia aquella famosa contienda con Revilla, contienda que rompió la envoltura de tu nombre presentándolo glorioso por los ámbitos de Europa.
Pero no sólo la poesía lírica recibió tales influencias. Nuestro teatro, que por galardón más alto ostenta el sello de nuestra nacionalidad, empezó a formarse con Torres Naharro, quien compartió su vida entre el bullicio de Nápoles y las regiones de Castilla; y apenas existe comedia de capa y espada en la que no aparezcan capitanes que con sus criados vuelven de las campañas emprendidas por Carlos V, cuando no desarrollan la acción dramática en el mismo suelo de Italia. Pero más que estas averiguaciones nimias debe tenerse presente la influencia poética que nuestros dramaturgos recibieron de los poetas italianos. De la poesía épica no tratemos siquiera porque jamás salió de las andaderas, y es harto sabido quiénes nos las suministraron. La misma poesía popular se hizo la asustadiza, y hemos de buscarla más allá de Boscán para que con ella pueda envanecerse el patrio orgullo. Hasta el romance, nacido de la descomposición de la estrofa monorrima, narró en los siglos clásicos las aventuras de héroes orlándicos, en términos de abrirse en nuestros romanceros secciones especiales para esta clase de asuntos [xxiv], así como en los cantares asoma el nombre de algún caudillo que hizo su primera aparición en la épica italiana. Con nombre exótico hemos bautizado la novela, que tan genial, gallarda, exuberante se desarrolló un día, excediendo a los modelos italianos pero no apartándose de ellos. La música italiana tuvo la exclusiva en nuestras tierras, y no bastaron a derrocarla las condiciones de un arte verdaderamente tal, menos nutrido de pretendida y decantada dulcedumbre. No, amigo Marcelino, mi amor a la raza latina no llega a la magnanimidad de aceptar sin grandísimas reservas la ópera y la romanza italianas, parando mis admiraciones al extinguirse la raza de los clavecinistas.
Música más acordada y artística nos llega de Italia en este siglo con los cantos de Leopardi y de Manzoni, y su influencia ha de resultar firme y robusta, como emanada de quienes constituyeron el arte en sacerdocio. Y hasta creo yo que acrece la resonancia de estos dos nombres el olímpico rebuzno de racionalistas implacables y de pacatos piísimos que respectivamente erigen en ídolo al uno, y presentan al otro poco menos que por tarasca de mercado o le relegan a censurable olvido. Barbaridades tales hay que rechazarlas con dureza. Cuando terminen las disputas de escuelas o el ímpetu del tiempo arrastre al olvido los nombres de los contendientes: cuando se avaloren las condiciones estéticas de los versos de ambos gigantes y un criterio artístico y sereno domine las pasiones de bandería: entonces los nombres de Manzoni y de Leopardi se pronunciarán con igual respeto, y uno y otro, justamente grandes, serán de provechosa enseñanza para los poetas. He puesto singular empeño en que el autor de I promessi sposi y el vate recanatense aparezcan con numerosas traducciones en mi trabajo, y aun declaro con sinceridad artística que el modelo de las silvas de Leopardi conviene más a nuestros poetas que la artificiosa estrofa manzoniana, de difícil amoldamiento a nuestra lengua. Por lo [xxv] demás yo no disimulo mi admiración por Manzoni cuya oda Il cinque maggio es monolito que se levanta sobre el sepulcro del capitán, ya legendario, de nuestro siglo y monumento alzado en el campo de la poesía lírica. Jamás leí pieza tan fríamente pensada, ni escrita con más potencia y eficacia poéticas… ¡Quiera Dios que por Leopardi y por Manzoni renazca en España la decadente poesía lírica!
Italia por su parte no se nos mostró indiferente. Mientras Boscán y Garcilaso introducían acá el llamado gusto toscano, el cardenal Bembo (1470–1517) correspondía a sus esfuerzos haciendo conocer en Italia formas y estancias de la poesía española, según afirma Mr Bocous. La permanencia posterior de nuestros ejércitos en casi toda Italia pudo inspirar repulsiva aversión política, en los buenos patriotas; pero cernióse la poesía en elevada esfera, y alguna influencia dejaron allá los guerreros poetas españoles al iniciarse la época de esplendor de nuestra poesía lírica y de nuestro teatro. En 6 de mayo de 1527 las huestes de Carlos V entraban a saco en Roma, obligadas por el juego de la guerra, y por las inhabilidades diplomáticas y falta de carácter personal de Clemente VII; no sin antes haber alcanzado la victoria en Pavía y dominado el estado de Milán, rendir a Florencia, amistanzarse con la señoría de Genova y con el ducado de Ferrara, y cimentar sólidamente su dominio en los heredados reinos de Nápoles y Sicilia. Por esas batallas la egregia poetisa Vittoria Colonna recibió grave herida en el alma al saber la muerte del ilustre marqués de Pescara, su esposo, fallecido en tierras del Milanesado a fines de 1525, al frente de las tropas imperiales que se confiaron a su mando. Otros enlaces pudieran citarse, no siendo los que menos contribuyeron a las mutuas relaciones, los de princesas italianas con monarcas españoles; así como las contingencias de la sucesión obligaron a Carlos III a desceñirse la corona de Nápoles y a empuñar el cetro de España. [xxvi] Con cargo oficial vino también a nuestro reino, en los primeros tiempos de la casa de Austria, el culto Luis Alamanni; y tras él han abordado a nuestras costas Fulvio Testi, Pietro Pariati, Vittorio Alfieri, Temistocle Solera, Castaldi, Aldighieri, Clark, Costanzo, Amicis, Cavallotti, llegando algunos de estos a olvidar su lengua nativa por la castellana, que atildadamente cultivaron. En la edición Sancha de las obras de Lope de Vega figuran más de ochenta composiciones poéticas italianas en elogio de nuestro célebre dramaturgo, y aun pudo aumentarse este crecido número con haber sido mayor la diligencia del colector, quien no agotó por cierto la materia. Forzoso me es entrar con la podadera en mis apuntes, porque carta es al fin lo que escribo, y no puedo lanzarme en el océano de citas que he recogido; sólo recomendaré, a quien quiera llenar en parte mis vacíos, el Saggio storico–apologetico della letteratura spagnuola contro le pregiudicate opinioni di alcuni moderni scrittori italiani. Dissertazioni del signor abate D. Saverio Lampillas (Génova, MDCCLXXVIII–MDCCLXXXI, 6 vols.) Posteriores a esta obra son los esfuerzos de Pietro Monti, para dar a conocer nuestro teatro y nuestro romancero en Italia; las traducciones de las Vecchie romanze spagnuole, debidas al patriota milanés Giovanni Berchet; las innumerables versiones que de los poetas españoles, sin exceptuar regiones ni lenguas, incluye en su voluminosa colección poética el veneciano Marco Antonio Canini; como también el opúsculo de don Eduardo Toda acerca de las influencias catalanas conservadas en la literatura y en la civilización sardas. Desvanecidos los atisbos y recelos con que los italianos miraron un día la política armada de los monarcas españoles, y borrados los recuerdos del pasado por la gloriosa conquista del presente, más generosas corrientes de fraternidad han de unir a Italia con España. Fija está en nuestra memoria, como suceso reciente, la visita de honor con que nos favoreció la prensa de todas las regiones de Italia y la [xxvii] entusiasta acogida que mereció en nuestros territorios. En continuas visitas se dirigen a Italia los artistas y viajeros españoles, bien para deleite y esparcimiento de su vida, bien para poner a los pies de Su Santidad las ofrendas de su limosna o de su sumisión, bien para aleccionarse en las artes plásticas o del canto, para lo que han votado el Gobierno, las Diputaciones provinciales y otros institutos de nuestra patria, subvenciones que satisfacen a los artistas nacientes o a los que deben perfeccionar su educación estética. En este constante ir y venir de admiradores y de personas iniciadas, existe un semillero de mutuas relaciones que trascienden luego á los juicios y ejecución de las artes del dibujo y de la música. La historia y la poesía patrias, tan íntimamente relacionadas con las de Italia, son generalmente las más desdeñadas de la acción oficial. Por lo que significa, más bien que por lo que me honra, he de estimar ahora solemnemente el acuerdo de esta excelentísima Diputación provincial, en virtud del cual se imprime a sus expensas esta ANTOLOGÍA.
Al escribir las biografías que siguen a los nombres de autores que esta colección comprende, descarté toda apreciación crítica, creyendo que en esta carta podría exponer mis juicios; pero me precisa escribir apresuradamente. Las más interesantes influencias itálicas que se notan en nuestra literatura, las he recogido en esta obra, y fuera prolijidad exagerada dar menuda razón de lo que llevo hecho.
A tu gran amistad deberá el público no poco de lo bueno que en la ANTOLOGÍA se encierra; sin que olvide ahora el agradecimiento que debo a D. Pedro Llompart, a D. Bartolomé Muntaner, entendidos bibliotecarios, y al oficial más laborioso de la Escuela Diplomática D. Carlos Palomares; a mis amigos Aguiló, Alcover, Alzamora, Amer, Arnao, Calvo, Carnicer, Costa, Forteza, Llabrés, Massanet, Milá, Obrador, Oliver, O–Neillle, Palou, Peña, Pons, Quadrado, Querol, Rosselló, Rubió, Suárez, Sureda, [xxviii], Taronjí, Valentí, Valera; lo mismo que a los señores conde de Cheste, Baráibar, Alcalá Galiano, Palacio, Abárzuza, Quirós de los Ríos, Viada y Lluch, Sardá, Arese, señorita Licer, Carducci, Canini, Campanini, Macry–Correale, Bussi, y Julia, con quienes entré en relaciones en virtud del trabajo que preparaba, y que hoy, algunos de ellos, figuran en el número de los buenos y generosos amigos que en una u otra forma han aumentado el caudal de conocimientos que esta colección comprende, Pero tú, más que todos, me animaste a formarla, y, no sin remordimiento mío por el tiempo que robaba a tus estudios, resolviste mis dudas; copiaste por tu mano caudal inmenso de materiales; reparaste y me advertiste errores y deficiencias; y seguiste con afán y cariño el curso de la impresión, sin esperar otro premio que la correspondencia de mi amistad leal y sincera. No busco con tu nombre padrino a mi trabajo; no quiero hablarte, siquiera sea para que el público se entere, de mi debida gratitud. Recibe en pago de grandes molestias un apretado abrazo de tu
Juan Luis
