José del Perojo: «Advertencia del traductor»
Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, Madrid, Gaspar, 1883, I, pp. v−xii.
[v] Es indecible para mí lo que me ha costado esperar el momento psicológico que yo tanto deseaba, de dar al público esta traducción. Impresa hace ya siete años largos, nunca encontraba oportunas las diferentes vicisitudes por que ha pasado el pensamiento en nuestro pueblo. He estado materialmente asediado por amigos y extraños, por editores e impresores para decidirme a publicarla, y contra todos he resistido, obedeciendo siempre a un plan fijo, maduramente examinado, cuya razón de ser era para mí de todo punto indiscutible y que revelaré ahora a los que gustan de estas cosas de Filosofía, en deseo de justificarme a sus ojos y de explicarles mis vacilaciones. […]
[vii] Nos hallamos, pues, primero de todo, con que la obra de Kant, que tiene un espíritu filosófico conforme por completo con nuestra actual cultura, está por otra parte escrita en un lenguaje que no es el nuestro, y en unos términos técnicos que corresponden a otra época; causa muchas veces de [viii] oscuridades que no tienen razón de ser y de entorpecimientos injustificados con que ha de tropezar el lector impaciente. Grandes han sido mis esfuerzos para suavizar en lo posible estas durezas terminológicas, y no poco mi atrevimiento en muchos casos, reformando, aunque con el mayor escrúpulo, ciertos idiotismos de lenguaje. Más aún; me he servido repetidas veces del auxilio de personas tan competentes como del inolvidable Manuel de la Revilla y de D. Rafael Montoro, con objeto de salvar siempre las asperezas del estilo, y muy particularmente para verter con la mayor claridad posible el pensamiento del autor, y por más que este auxilio haya sido para mí trabajo de gran valía, yo no conseguía desprenderme de la desconfianza que me dominaba, temeroso en extremo de que la obra no fuera recibida por el público tal como merecía, y más todavía de que no produjera todo el fruto que era de desear.
La razón de más peso que yo tenía para mi desconfianza, estaba en la falta que existía aquí de los precedentes de la filosofía kantiana, por lo desparejados que hemos andado en España del resto del mundo filosófico, desde que se inició el movimiento de la Reforma. No había sido traducido al castellano ninguno de sus antecesores, y mal podíamos pretender una justa y acabada aceptación de la obra kantiana, tan íntimamente ligada con sus [ix] anteriores, lo mismo bajo el punto de vista del tecnicismo del lenguaje que bajo los demás aspectos. Fue entonces cuando me sugirió la idea de publicar las obras de sus antecesores, las que no pude llevar a término feliz con todas las principales, y que por circunstancias que no son aquí del caso tuve que suspender, contentándome únicamente con Descartes y Spinoza. Desistí, pues, de darla al público en aquel entonces, porque estaba yo seguro de que su influencia iba á ser insignificante, y que el terreno no podía estar peor preparado. Y cuenta también un segundo factor que voy á mencionar y que á la sazón no era el de menor cuantía. Reinaba en España en aquellos días en asuntos filosóficos y a título de única depositaria de la verdad absoluta, la escuela krausista, que tenía requisicionados, por decir así, cuantos entendimientos despuntaban con afición a estas cosas filosóficas. Y era el arma principal de la tal escuela y la única causa de su efímero éxito, precisamente su oscura y afectada terminología, alambicada como no se ha conocido otra, y que impresionando vivamente nuestro temperamento meridional, nos humillaba en nuestra ignorancia de no entender lo que en aquellas oscuridades se decía.
El krausismo, pues, y su lenguaje sibilítico, eran si se quiere un elemento para mí muy temible, sobre [x] todo si se atiende a dos cosas muy importantes y que cualquiera de ellas bastaba para ahogar en germen los frutos que deben esperarse de un libro como la Crítica de la razón pura. Es la primera, la forma masónica en que estaban ligados todos los secuaces de la doctrina, y la segunda, la supina ignorancia de que siempre hicieron gala en todas estas materias históricas o eruditas, como ellos decían, anatematizando al infeliz que no se daba por satisfecho con las vistas ante la propia conciencia, fuente única e inmediata del conocimiento científico.
En estas circunstancias, vano hubiera sido mi empeño, y cambiando de plan, encarpetó mi traducción y tomó el único camino que me parecía posible: desenmascarar el krausismo. Inició entonces una campaña en que, secundado y superado brillantemente por inteligencias como las de Revilla, Montoro, Pompeyo Gener, Simarro, Estassen y otros, dio por resultado que reveláramos lo enteco del tal sistema filosófico, y que poco a poco haya ido desmoronándose y desapareciendo. Hoy afortunadamente han cambiado un poco las cosas, al menos en lo que al krausismo se refiere.
La obra mía de destrucción empezada en mis Ensayos está casi acabada, y en términos tan lisonjeros, tan halagüeños para mí, que los antiguos krausistas, salvo muy pocas excepciones, son, o [xi] secuaces de los principios que allí propuse, o siguen, por lo menos, los derroteros que fui el primero en señalar entre nosotros, dicho sea esto en desahogo de mi amor propio, lastimado por una ingratitud inmerecida y por el rencor que hoy me profesan, inexplicable sobre todo al pasarse a mi campo. Afortunadamente, pues, no sentimos en estos momentos la opresión de ninguna escuela dogmática, antes al contrario, los aires que reinan están impregnados de un experimentalismo que por todas partes cunde. Conviene, empero, que el método experimental no quede reducido a sus formas más limitadas excluyendo de su seno gran parte de lo que es y debe ser objeto de nuestras observaciones, las inmediatas como las mediatas, ni que tampoco se lance por el campo de la fantasía, convirtiendo en dogmas y principios lo que sólo pasajeramente puede admitirse como hipótesis, y nada para uno y otro caso como el estudio detenido de las condiciones del conocimiento, de sus límites y alcance, Como nos presenta la Crítica de la razón pura, cuyos profundos análisis son, por decir así, el crisol por que todo conocimiento ha de pasar si pretende el título de positivo o científico.
[xii] Condición es esta universalmente reconocida, y que sólo el presente libro llena y cuyo doble mérito se funda en que las mismas ciencias naturales, por órgano de sus representantes más eminentes, como Helmholtz, Spencer, Wundt, etc., han venido a confirmar punto por punto las leyes establecidas aquí.
En cuanto a la traducción, no he seguido el sistema general de los editores alemanes de guiarme por el texto de la segunda edición poniendo al final lo que de la primera suprimió el autor. Hay indudablemente en la segunda edición supresiones que tienen verdadera importancia, para algunos, como Schopenhauer, trascendentalísimas, y he creído lo más oportuno traducir al mismo tiempo los dos textos, poniendo al pie las diferencias que liant estableció en su segunda edición, con lo que el lector podrá estimar más fácilmente la importancia de las variaciones. Como preparación y entrada á la obra de Kant he prescindido de todo trabajo mío, que había de ser muy inferior al que he elegido del ilustre profesor de Heidelberg, que es, seguramente, de los más acabados que conozco.
El traductor,
Madrid, Marzo 1883.
