Gilleman 1788

Fernando de Gilleman: «Prólogo del traductor»

Madame de Genlis (Caroline Ducrest de Mézières), Las Veladas de la Quinta, o novelas e historias sumamente útiles para que las madres de familia, a quienes las dedica la autora, puedan instruir a sus hijos, juntando la doctrina con el recreo. Escritas en francés por la Señora Marquesa de Sillery (alias) Condesa de Genlis. Traducidas al castellano por Don Fernando de Gilleman, Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia, Madrid, 1788, Imprenta de Manuel González, I, 8 pp. sin numerar.

Fuente: M.ª Jesús García Garrosa & Francisco Lafarga, El discurso sobre la traducción en la España del siglo XVIII. Estudio y antología, Kassel, Reichenberger, 2004, 229–230.

 

[1] El deseo de ser útil a mis compatriotas y la hermosura de esta obra me hicieron pensar en traducirla a nuestro idioma; pero al paso que me animaban estas dos ideas, me desalentaba la dificultad de la empresa. En efecto, creo que si todos los que traducen conocieran tan a fondo el idioma del original como el suyo, sería mucho menor el número de traducciones que se darían a la prensa, porque para traducir una obra, mayormente si tiene mérito, no basta entender y traducir bien el idioma, ni tampoco bastan ni sirven mucho los diccionarios, recurso muy débil e imperfecto por su misma naturaleza. Es preciso para emprender este trabajo con alguna esperanza de feliz éxito, haber estudiado el espíritu de la lengua en los mismos que la hablan y haber leído con reflexión muchos libros de todas clases; porque no se usa en todas las obras de las mismas voces, frases, ni estilo. El político tiene su modo de expresarse; el orador el suyo; el cómico otro muy diverso; el autor de novelas (si hace lo [2] que debe) se ha de ceñir a un estilo puro, pero familiar y vivo, que es el propio de una conversación o de un diálogo. Es preciso también en el traductor bastante conocimiento de los usos y costumbres de la nación en cuyo idioma está el original; pues sin esto tropezará mil veces en la inteligencia y verdadero sentido de muchas frases.

Confieso que estas reflexiones me han acobardado y hubiera abandonado la empresa a no haberme infundido ánimo la esperanza de que quizás podría desempeñar mi objeto, con la circunstancia de serme tan natural el idioma francés como el castellano, y valiéndome para la corrección de mi traducción de alguna persona que me advirtiese los defectos de propiedad en las voces y frases. Hallé con efecto un sujeto en quien concurren todas las prendas que yo podía apetecer y con su parecer he determinado presentar al público este corto trabajo. Digo corto, porque sé muy bien que generalmente se tiene por prueba de poco talento y estudio el trabajo de una traducción; pero sea lo que fuere, no es mi fin pasar por erudito, ni buen [3] traductor; lo que deseo de todo corazón es que la obra agrade y aproveche a aquellos para quienes se ha traducido.

Desde luego confieso que no es comparable con su original. No soy tan necio que quiera hacerme creer a mí mismo que he podido imitar con perfección el elegante y sencillo estilo de su ilustre autora la señora condesa de Genlis, hoy día marquesa de Sillery y aya de los hijos del señor duque de Orleans. Conozco demasiado todo el mérito de su obra para lisonjearme tan locamente.

Pero si el estilo de mi traducción no tiene toda la gracia y encanto del suyo, a lo menos creo que no he estropeado mi lengua con voces extrañas, ni con frases francesas algo disfrazadas. He seguido con la mayor escrupulosidad el sentido verdadero; para esto no me he detenido nunca en las voces, ni me he ligado al original sino tan solamente para los pensamientos y orden que guarda en la división de su obra.

En cuanto al mérito de ella no soy juez competente, por dos razones: la una porque [4] mis elogios serían sospechosos, siguiendo el parecer del adagio que dice: cada ollero alaba sus ollas. La otra es porque aun cuando la obra fuese parto de mi ingenio (que yo me alegrara) no podía admirarla con más extremo, y así confieso que no veo sus defectos y que solo hallo en toda ella perfecciones que encantan; y para prueba diré, que antes de pensar en traducirla ya la había leído doce o catorce veces, por haberme parecido desde luego que de cuantos libros han salido sobre la educación es éste el más perfecto. Y porque el lector no crea que no tengo más razón para hacer este elogio que mi entusiasmo, le diré mis motivos.