Calonge 1984a

Julio Calonge: «La textura de las obras científicas y el traductor»

«Sobre la traducción de obras científicas y literarias » Nueva revista de Enseñanzas Medias 6 (1984), 37–52 (La traducción: arte y técnica), ed. de Antonio Castro Viejo, Encarnación García Fernández & Carmen Ramos Sarasa.

[39] Un significante aislado representa siempre un conjunto de virtualidades significativas. La gente que considera el léxico con la natural simplicidad con que todos juzgamos aquello en lo que no somos especialistas cree que en un diccionario general se encuentran todas las posibilidades de actualización de cada significante; cree, por tanto, que las acepciones que se anotan en las palabras del diccionario constituyen numerus clausus para ahora y para el futuro. Otros, que no llegan a tanto, creen vagamente que, al menos, el número de las virtualidades está limitado a las que pueden surgir de una significación básica y no distinguen la actualización de estas virtualidades no catalogables. No es éste el lugar indicado para destacar la importancia de todas estas matizaciones en la selección de los términos que se pueden ofrecer contrastivamente en la lengua de la traducción.

Al tratar de las obras científicas, la mayor parte de los términos tienen que responder a conceptos muy definidos. La ciencia, al expresarse por medio de la lengua escrita, debe alcanzar lo que se podría llamar mensurabilidad del concepto. Es decir, en virtud de un acuerdo (que puede ser válido para toda una rama de la ciencia o limitarse a una restricción anunciada por un autor en el uso de un término para su obra) se establece que a un significante, que en el léxico aparece con sus acepciones y que encierra sus virtualidades, le privamos en un contexto determinado (un solo libro o una rama de la ciencia) de todas ellas, reducimos su amplitud y lo limitamos estrictamente a significar sola y exclusivamente el concepto que estimamos imprescindible para expresarnos clara y distintamente. En virtud de esta delimitación, dentro de ese contexto, los términos así tratados se convierten en una especie de unidades conceptuales cuyos «guarismos» reciben tradicionalmente el nombre de términos unívocos. Gracias a esa mensurabilidad de los conceptos, gracias a la posibilidad de creación de estas unidades conceptuales ha nacido y se ha desarrollado el pensamiento abstracto. Sin este recurso, la utilización del lenguaje por el ser humano sería sólo parlante, recitante, expresiva, etc. Sin esto no habría podido nacer la filosofía, es decir, la ciencia.

En efecto, ya en Platón están claros los comienzos de especialización del lenguaje filosófico (sería anacronismo decir aquí científico porque es término [40] incluido). Pocos años después de él, no por mérito de nadie sino por la dinámica misma del pensamiento, la filosofía, es decir, la ciencia, utilizaba ya de modo natural esta posibilidad.

Pero, durante siglos, el cultivo de la filosofía y de la ciencia estuvo limitado a un número muy reducido de cultivadores y sus efectos fueron mínimos en la vida social. Hasta hace menos de un siglo la casi totalidad de la población ejercía sus actividades, y era competente para ellas, sólo por medio de la práctica, es decir, de la adquisición de unos hábitos, que, tras ser dominados por cada individuo en su ámbito, le permitían prestar satisfactoriamente su servicio a la sociedad. Cualesquiera que fueran los nombres usados (aprendiz, meritorio, interino, etc.), el acceso a los empleos seguía la vía del aprendizaje. Esta institución hizo crisis entre las dos Guerras mundiales. Hasta entonces, aparecían mezcladas, apenas sin análisis diferencial, las normas, en cierto modo generales, de cada actividad con los hábitos privativos de cada grupo de trabajo. En poco tiempo la industrialización y, como consecuencia, la enseñanza técnica y profesional introdujeron y divulgaron conceptos generales para los que crearon o especializaron los términos adecuados. Estos conceptos y estos términos aproximaban muchas de aquellas actividades al campo de la tecnología e incluso al de la ciencia. Siempre la ciencia y la tecnología habían tenido un vocabulario especializado propio, sin el cual, como hemos dicho, no son concebibles. El cambio no era cualitativo, sino cuantitativo. Ya no eran muy pocos (el médico, el ingeniero, etc.) los que se servían de un vocabulario propio dentro de su especialidad, sino que nuevas técnicas derivadas de la experimentación científica venían expresadas todas ellas en una terminología propia. El número de técnicos aumentaba continuamente y así se hizo posible y necesaria la existencia de publicaciones en numerosas ramas especializadas. Como consecuencia de este impulso, se puede medir hoy el grado de desarrollo de una sociedad por la cantidad de publicaciones de este tipo que es capaz de mantener. Muchas de ellas han de ser traducidas a otras lenguas.

Frente a la obra de creación en la que un autor puede hacer nacer y mover sus personajes en un mundo único e irrepetible, lo que caracteriza a la obra científica es su universalidad. Al decir científico, decimos también técnico. Cuando se trata de una tecnología bien fundada como aplicación de la ciencia, no es posible que habitantes de los puntos más alejados del planeta tengan conceptos diferentes. La ciencia y la técnica se caracterizan por ser comprendidas y utilizadas por todos los seres humanos con uniformidad absoluta. Fuera de ellas, para casi todo puede haber interpretaciones diferentes. Hasta los condicionamientos psíquicos que acompañan a algo tan profundo como la atracción sexual varían de pueblo a pueblo y de época a época. Su inmersión en el mundo social y cultural los hace cambiantes.

[41] No son sólo las ciencias de la naturaleza y la tecnología. También la economía, el comercio, etc., se mueven en planos supranacionales, al margen de las características propias de cada pueblo. Unas y otras se desarrollan en conceptualizaciones unívocas y para ellas se ha creado (por la vía del préstamo, del calco, de la adaptación o de la acepción especial) en cada lengua un vocabulario también unívoco. Como ya hemos indicado, es característico el hecho de que la univocidad de este vocabulario es necesaria; por esta razón surge el término unívoco de modo mecánico en cuanto existe el concepto, en una relación de causa a efecto. Como el concepto es universal y único, todas las lenguas necesitan el término necesario para expresarlo, pero naturalmente la primacía de la invención se produce en una lengua determinada. Lo más cómodo (y también iay! lo más aconsejable) es el préstamo tomado de la lengua más generalizada.

[42] Lo que caracteriza a las personas que cultivan o profesan cada uno de esos campos es el dominio total de unos contenidos conceptuales ya definidos previamente y que además son universales y también el de las formas léxicas que los constituyen o representan, generalmente unívocas. Indudablemente existe un soporte gramatical, que no es tan importante para la expresión de los conceptos mismos, que suelen aparecer en formas ya acuñadas, como lo es para el enlace de éstos y para las explicaciones necesarias. Parece razonable destacar en las obras de este tipo el evidente desequilibrio cuantitativo entre sus integrantes: el contenido de conceptos científicos en forma lingüística acuñada, por una parte, y los escasos soportes léxicos necesarios para su expresión general, por la otra.

El traductor de este tipo de obras no es, de ninguna manera, una persona que, en virtud de una técnica para traducir, lleva desde la lengua de salida hasta la lengua de entrada el contenido expresado. En la traducción de toda obra científica o técnica es imprescindible que el traductor esté plenamente familiarizado con todos los conceptos especializados, con su expresión formalizada y con los términos unívocos usados en la obra original. De no cumplirse este requisito, es absolutamente imposible obtener una traducción. No hay que engañarse con la creencia de que el traductor puede valerse de un buen vocabulario científico y técnico; se necesita mucho desconocimiento de la cuestión para admitir esta posibilidad. A un diccionario general puede acudir todo el mundo para conocer el significado de los significantes que se consultan. El resultado puede ser más o menos satisfactorio según la preparación previa del que hace la consulta, pero todos encuentran alguna respuesta porque ese es el proceder adecuado. Con un vocabulario científico suceden las cosas de otro modo. El número de posibles consultantes capacitados es muy reducido y también es muy reducida la parcela que cada uno puede consultar. Carece de sentido que consulte un vocabulario científico cualquiera que no esté familiarizado con la especialidad a la que el término pertenece. Si, no obstante, se decide a la consulta, lo mejor que puede suceder es que no entienda nada, porque si cree entender algo es casi seguro que entiende mal. Estas afirmaciones son válidas en general excepto para el citado especialista. Los efectos negativos que inadecuadas consultas al diccionario pueden ocasionar en la obra traducida son incalculables, pero, en general, se suavizan cuando el lector es especialista y retraduce a la lengua de su ciencia los absurdos de la letra impresa.

Cuando el traductor reúne las condiciones indicadas, es decir, es especialista, no se presentan dificultades. Sus conceptos científicos son en él previos a su enfrentamiento con el original y, además, idénticos a los que se va a encontrar expresados en éste. Como lo sustancial son los conceptos (que son universales en su ciencia), no tiene que acudir a buscar una interpretación de los significantes del texto original, cuya forma, en general, le es bien conocida en la lengua de origen, sino sólo a darles forma en la lengua de entrada, en la [43] que, para la mayor parte de ellos, ya existen expresiones acuñadas, que él conoce y que son las únicas admisibles. Este traductor es el único capaz de percibir si en el original hay nuevos conceptos que deben expresarse en adelante en expresiones acuñadas o si nuevas acotaciones conceptuales mínimas requieren la introducción de un nuevo término unívoco, etc. Es muy importante que allí donde hay una conceptualización formalizada usual en la especialidad no aparezca una expresión vaga, aunque su sentido no sea incorrecto. En resumen, en la traducción de una obra científica un solo error conceptual o, incluso, la no observancia de la forma de expresión habitual de los conceptos es más grave que una montaña de incorrecciones gramaticales que permitan, sin embargo, comprender el contenido. Naturalmente, lo deseable es que también haya corrección gramatical, pero tenemos que admitir, amicus Plato, sed magis amica veritas, que esto no es aquí lo pertinente.

Quizá sea el momento de volver un poco al punto de partida. El objeto que se propone este trabajo es el de llevar a cabo algunas reflexiones sobre la traducción. Parece que lo regular habría sido partir del hecho de que el texto original es algo que ya existe y, por tanto, dar por sentado que sólo ahí podían comenzar las reflexiones. Es decir, en la presencia de un original que se va a traducir. Tal postura conduciría a establecer que la traducción consiste sólo en aprender a manejar unos recursos que, con la ayuda de un diccionario, permitan presentar modosamente ataviada en una lengua nueva una obra que tomó forma en otra distinta y que, salvo excepciones, iba dirigida a otros lectores. Supondría, por tanto, que toda persona que conociera bien las dos lenguas sería capaz de realizar una traducción. En ese supuesto, la naturaleza del texto original carecería de relevancia o no tendría la suficiente para detenerse a analizarla, puesto que se trataría sólo de traducir, y únicamente habría que dar una presentación escrita en la lengua de entrada al «texto» del original.

No ha sido un propósito deliberado el que nos ha llevado aquí al examen previo del original; es que no nos ha sido posible hallar una vía racionalmente admisible para tratar el proceso de la traducción partiendo sólo del bloque lingüístico del texto y de la conversión de ese bloque en el correspondiente al de la otra lengua. El examen que hemos llevado a cabo sobre los condicionamientos formales de un texto científico nos ha conducido a la conclusión de que la forma del texto no está determinada por su contenido excepto en las expresiones acuñadas. El autor no puede variar en el fondo nada de lo que su ciencia tiene ya por adquirido. Es más, el lector científico parte, antes de iniciar la lectura, de que el que ha escrito la obra acepta la totalidad de esas adquisiciones, de que es alguien que forma parte de los cultivadores de esa especialidad. En efecto, en el tratamiento de un tema científico, no hay que indicar a modo de prólogo los supuestos generales, que son un bien común de todos los especialistas. La novedad de la obra consistirá sólo en discutir alguno de esos supuestos, enunciándolo previamente en su forma admitida, o bien, partiendo siempre de él, alcanzar otro plano o demostrar que no es posible alcanzarlo.

Las modificaciones que un autor puede proponer en la forma de los enunciados científicos son sólo posibles con la intención de que su comprensión [44] sea más clara y su exactitud más perfecta o porque estos enunciados tienen que acomodarse a las exigencias de la metodología científica vigente. No es comprensible que cada cultivador de una rama de la ciencia use las definiciones admitidas en ella con arreglo a su propia estética de la expresión. No es imaginable que una revista científica publique un artículo en que se trate de modificar determinadas formalizaciones de conceptos científicos en razón a su mayor belleza externa. No lo podría publicar porque tal artículo no es ciencia, porque no trata un tema de ciencia; la verdad científica no sería afectada en absoluto por una aportación de este tipo. No es necesario insistir otra vez en que el traductor ha de estar imbuido de los conceptos que se acaban de expresar. Al ser él mismo un conocedor de la especialidad que traduce, no hallará ninguna dificultad.

Quizá hayamos conseguido muy poco hasta ahora, pero parece que ya tenemos algo adquirido con absoluta certeza: el análisis genérico (no sólo el específico) del texto original es indispensable. Con mayor precisión, el análisis específico del texto original puede y debe llevarlo a cabo el traductor como parte inicial de su labor práctica, pero jamás puede conducir a darnos una explicación de carácter general sobre la posibilidad o dificultad del proceso mismo de la traducción y de que ésta llegue a ser representante correcto o admisible del texto original. Recordemos que, hasta ahora en nuestro esquema, las traducciones se producen porque son necesarias, pero no hemos encontrado otros índices de su posibilidad que los que hemos visto que son manifiestamente reales en las obras científicas. Sólo el análisis genérico de que hablamos puede conducir a una explicación del fenómeno que llamamos traducción.

La relación absoluta que hemos observado entre la obra científica y su traductor con seguridad no es tan válida en el caso de la literatura de creación, pero en la situación en que se encuentra este razonamiento vendría a ser un salto en el vacío enfrentar el texto original con un conjunto de normas para la traducción, en vez de seguir considerando la relación de este texto con el traductor.

Estamos próximos a terminar el apartado referente al traductor de obras científicas, pero debemos añadir algunas pinceladas a su caracterización. Como requisito por todos admitido, este traductor ha de ser hablante culto nativo o poseer la misma competencia que éste en la lengua de entrada y ser buen conocedor de la lengua del texto original. Esta es una condición necesaria, pero no suficiente. Ha de ser obligadamente especialista en la materia que va a traducir. También es ésta una condición necesaria, pero no suficiente. La coexistencia en la misma persona de estas dos condiciones necesarias hace que se complementen y que juntas constituyan la condición necesaria y suficiente. No hace falta nada más. Entre dos traductores posibles será el más idóneo el que mejor conozca la especialidad. Sólo entre dos que tuvieran el mismo conocimiento de la especialidad habría que elegir el que conoce mejor las lenguas, especialmente la de entrada. Cumplida la condición necesaria y suficiente, lo que de giros idiomáticos y de elegancia se pueda añadir será bien recibido, pero se podría prescindir de ello absolutamente para la perfecta comprensión del texto.

[45] No nos produce temor incurrir en algunas reiteraciones. En el fondo, la reiteración es un procedimiento explicativo que supone la insistencia en la afirmación hecha y, normalmente, una delimitación más precisa de lo que se dice. En este caso nos interesa especialmente dejar sentadas unas cuantas aseveraciones que podemos usar como paradigma posteriormente. Helas aquí. Al menos en la traducción de una obra científica, es requisito indispensable la identificación conceptual previa del traductor con la ciencia a la que el original pertenece; no parece existir técnica alguna de traducción que haga posible otro traductor que el que, además del conocimiento de las dos lenguas, es afín al contenido del original. El conocimiento perfecto de ambas lenguas y de sus características contrastivas e, incluso, la máxima preparación lingüística (que nada tiene que ver con la traducción excepto en lo que es contrastivo entre las dos lenguas) no aliviarían nada la incapacidad del que sin el conocimiento científico congruente osara emprender una traducción de este tipo. No es pertinente, aunque sea deseable, la corrección idiomática, sino la total adecuación del sentido de texto a texto.

Conviene tener en cuenta que el análisis que precede se ha realizado intencionadamente en un campo en el que no cabe posible error, en el de las llamadas ciencias experimentales, en las que no se pueden dejar datos aislados (cuando es necesario dejar alguno aislado y sin explicación, esto sirve, paradójicamente, para justificar y confirmar la precisión metodológica del proceso) y cuyos resultados son siempre exactos o aparecen, lo que es lo mismo, con la intención científicamente fundada de serlo. Es importante afirmar que, con las gradaciones oportunas, las conclusiones con respecto a las condiciones exigidas al traductor a que hemos llegado aquí son aplicables también a las innumerables manifestaciones que en forma escrita se pueden hacer desde otros campos del saber y se extienden a cualquier publicación especializada del ámbito de la cultura, de modo particular la filosofía, la historia y la crítica literaria. La caracterización es diáfana: un escrito científico es el que trata un objeto exterior con un método válido cuyo proceso se puede seguir (y por tanto admitir o rechazar) por la vía del razonamiento o de la experimentación. El hecho de que sus conclusiones lleven a la afirmación o a la negación de una suposición previa no representa falta de validez científica.

Lo único pertinente es que el método sea realmente científico. Una biografía histórica es un escrito científico en cuanto el autor decida escribirla sin añadir nada subjetivo ni quitar algo sustancial con intención personal de hacerlo así y siga consecuentemente la metodología adecuada a su investigación. Insistimos en que también el traductor de estas obras tiene que ser un especialista. El perfecto conocimiento gramatical de las dos lenguas y un amplio dominio del léxico no supone una capacitación para traducir este tipo de obras, aunque se añada un adiestramiento y se suministren unas fórmulas que supuestamente habilitarían para traducir. Aunque para este tipo de obras, como ya tantas veces se ha indicado, el traductor ideal es el especialista de cada materia, sin embargo, para algunas de ellas está perfectamente caracterizado [46] el filólogo. No es lo más importante que durante años una gran parte de su actividad ha estado dedicada al estudio, comprensión y traducción de textos, sino el inexcusable conocimiento de las realidades subyacentes en los textos que ha ido adquiriendo a lo largo de varios años de actividad estudiosa, incluso al margen de los textos mismos. Por ejemplo, un medievalista será el mejor traductor de una obra alemana sobre la Edad Media, si sabe bien alemán, pero un licenciado en filología alemana, por su competencia general en los fenómenos culturales alemanes, podría incluso igualarse al medievalista si la obra no fuera sobre la Edad Media universal, sino sólo sobre la Edad Media alemana. En resumen, no es posible confundir la obra de creación literaria, de cualquier género que sea, con la obra científica. Es culturalmente inadmisible suponer que sólo son ciencias las llamadas experimentales. Frente al especialista y, en los casos que se acaban de citar, frente al filólogo, otro posible traductor, por muy buen conocedor que sea de ambas lenguas. la de salida y la de entrada, no podrá compensar su inferioridad con la adquisición de fórmulas que pueden conducir a una apariencia de saber sin realmente saber.