Martín Gaite 1978

Carmen Martín Gaite: «La ingrata condición del traductor. Bailar con la más fea»

Diario 16 (24 de julio de 1978)

Fuente: Carmen Martín Gaite, Tirando del hilo (artículos 19492000). Ed. de José Teruel, Madrid, Siruela, 2006, 192–194.

 

[192] Resulta normal oír ensalzar –a veces, a decir verdad, con una retórica un tanto cargante– la vocación empedernida de escritor que, despreciando otros trabajos más remunerativos, lucha por dar forma a los confusos fantasmas que se aglomeran en su cerebro, sin preocuparse demasiado del estipendio que va a recibir por esa lealtad a un quehacer cuyo alcance resulta más que discutible. Pero yo personalmente encuentro mucho más meritoria, casi me atrevería a llamarla heroica, la vocación del traductor, cuyas fatigas como artífice de la palabra requieren la misma delicadeza e incluso mayor rigor para alcanzar un resultado satisfactorio, con la diferencia de que los riesgos y sacrificios de esta labor casi nunca son reconocidos por nadie y reciben bien pobres compensaciones para quien la emprende con entusiasmo. Hasta el punto de que uno se pregunta cómo pueden existir –aunque sean pocos– algunos traductores vocacionales. Quien se embarca en la elección de escribir lo que se le ocurre se siente pagado en no pequeña medida, por el placer recóndito de estar diciendo algo suyo, jugando al juego, tan viejo y excitante como el mundo, de inventar; porque, si bien es verdad que no hay nada nuevo bajo el sol, el escritor sabe que sus ojos lo han mirado de una manera distinta y que nadie va a suplirle en la transmisión de esa forma suya de haber mirado lo que no era nuevo: la mirada es lo nuevo y dar esa visión única e inédita le tienta y le embriaga. Además, siempre ha supuesto un prestigio, incluso para aquellos que lo consideran una chaladura, «estar escribiendo una novela»; es una dedicación que despierta, cuando no envidia o respeto, al menos curiosidad.

[193] Pero ¿y los traductores qué? ¿Quién se acuerda de los traductores, quién piensa en los escollos de su trabajo, quién los guía, quién los ensalza, enseña o estimula? ¿Qué incentivos tienen para esmerase en su labor? Bien lejos quedan aquellos tiempos de Alfonso X el Sabio y de la escuela de traductores de Toledo, considerados y respetados como artistas que eran.

Hace poco, en estas mismas páginas, apareció un artículo que probablemente no tuvo eco alguno, donde se daba, con amargura, la noticia de que hasta este año el premio Fray Luis de León se les iba a escatimar –por falta de presupuesto– a los buenos traductores como galardón a su esfuerzo. Quien firmaba aquel artículo y emitía tales quejas era Esther Benítez, consagrada desde hace años de manera exclusiva a elaborar excelentes versiones del italiano y que se ha [194] atrevido, sin embargo, con autores como Boccaccio, Alfieri Gramsci, Moravia, Pavese, Calvino y Pasolini. Actualmente la editorial Alfaguara acaba de publicar una edición de Los novios de Manzoni a cargo de esta notable profesional de la traducción, a quien con este motivo ya es hora de rendir públicamente justicia. No sé lo que habrá percibido Esther Benítez como pago a su trabajo, pero desde ahora afirmo que todo lo que le hayan dado se lo merece. Dejando aparte la valoración de Manzoni y la consideración del interés que pueda tener esta densa novela de principios del XIX para el público de hoy, el aliento de Esther Benítez para emprender la tarea –acompañada de introducción, bibliografía y notas– corre parejas con la maravilla del resultado, digno de ovación.

Lo mismo podría decirse de la versión que recientemente ha ofrecido otra veterana de la traducción, Consuelo Bergés, de La cartuja de Parma de Stendhal en Alianza Editorial.

En ambos casos puedo afirmar –porque conozco las dos obras en su lengua original– que hay que descubrirse ante estas mujeres, para quienes traducir no es un lujo o una dedicación accesoria y excepcional, sino aquella que han elegido y en la que se mantienen contra viento y marea. Su contribución a las letras es impagable.