Francófona de América, Literatura

Francófona de América, Literatura

La palabra «francofonía», término acuñado por Onésime Reclus en 1880 para referirse a todos los pueblos cuya lengua fuera el francés, cayó en el olvido hasta que, en 1962, la revista Esprit la recuperó, adquiriendo desde entonces connotaciones políticas, sobre todo debido a los planteamientos de dirigentes como Léopold Sédar Senghor, Hamani Diori y Habib Bourguiba. El término empezó a figurar en los diccionarios en el transcurso de los años 60, cuando muchas de las antiguas colonias alcanzaron la independencia y en Quebec se producía la «Revolución tranquila». Aunque todos los países francófonos de América sean consecuencia directa de la colonización francesa, presentan realidades muy diversas: mientras el Canadá francés (Quebec, Acadia, Ontario) tiene como lengua materna el francés, las Antillas, la Guayana, Haití tienen el criollo, que varía en cada isla; el francés es su lengua oficial desde el punto de vista administrativo y cultural y la que les permite la comunicación con el exterior. Esa diferencia, unida a los avatares sociopolíticos, explica la que existe entre la literatura francófona del Caribe y la del Canadá, en cuanto a expresión y difusión se refiere. La producción literaria de estos países, cuyos autores han dejado un legado de gran belleza y perfección lingüística en muchos casos, ha quedado silenciada durante largos años o ha sido citada bajo el denominador común de «literaturas conexas y marginales», hasta que con el resurgir de la francofonía y tras las luchas para alcanzar su independencia aparecieron con voz propia, aunque sus autores se hayan visto obligados, muy a menudo, a publicar en París para existir realmente.

 

Canadá

El interés por la literatura francófona de Canadá en España es tardío y abarca casi exclusivamente la literatura de Quebec. Las primeras traducciones que encontramos corresponden, en su mayoría, a las dos últimas décadas del siglo XX. Este interés, que coincide con el impulso de los estudios de la literatura francófona en España, ha sido reflejado en artículos recientes sobre recepción. De dichas traducciones, más de un tercio corresponde a narrativa, otro tercio a literatura infantil y juvenil y el resto se distribuye entre poesía y teatro. Puede citarse en primer lugar la traducción de Angéline de Montbrun (Lleida, Pagès, 2007), de Laure Conan, vertida recientemente al catalán por Elena Garsaball, por ser la única obra del siglo XIX traducida hasta ahora. Especial mención merece asimismo Maria Chapdelaine de Louis Hémon (1880–1913), que gozó de dos tempranas traducciones al castellano y al catalán, debidas, respectivamente, a Alfonso Hernández (M., Rivadeneyra, 1923) y a Tomàs Garcés (B., Llibreria Catalònia, 1925), y que ha sido objeto de varias reediciones.

Entre las obras traducidas de autores ya consagrados del siglo XX se encuentran: La hermosa bestia de Marie–Claire Blais (1939), realizada por Mariano Orta Manzano (B., Cedro, 1961); Kamouraska de A. Hébert a cargo de José M.ª Martínez (B., Plaza & Janés, 1972) y Les cambres de fusta de la misma autora, al catalán, por Lídia Anoll (Lleida, Pagès, 2001); Volkswagen blues de Jacques Poulin (1937) traducida por Antonio Marquet (Plaza & Janés, 2003); Le Matou de Yves Beauchemin (1941), en traducción conjunta de M.ª Teresa Gallego y M.ª Isabel Reverte con el título Gatuperios (M., Alianza, 1989); tres novelas de Larry Tremblay: Dos hermanos, traducida por Iballa López Hernández (B., Nube de Tinta, 2016), El camp de tarongers y El Crist obès, traducidas al catalán por Ricard Ripoll (Maçanet de la Selva, Gregal, 2017), o El río sin descanso de Gabrielle Roy (1909–1983), vertida al castellano por Luisa Lucuix (Gijón, Hoja de Lata, 2016). Gracias a su trabajo de identificación de títulos quebequeses para el mercado español y a su labor de traductora, Lucuix ha dado a conocer estos últimos años a varias autoras quebequesas, como Dominique Scali (1984) con En busca de New Babylon (Hoja de Lata, 2017), Martine Desjardins (1957) con La cámara verde (M., Impedimenta, 2018) o Jocelyne Saucier (1948) con Y llovieron pájaros (B., Minúscula, 2018).

En 1998 (B., Seix Barral) se editó, en traducción de Pilar Giralt, la novela Barroco al alba, obra de una de las figuras principales del vanguardismo y del feminismo literario de Quebec, Nicole Brossard (1943), de quien Antoni Clapés ha traducido al catalán Instal·lacions (amb i sense pronoms), recopilación de poemas (Vic, Eumo–B., Cafè Central, 2005) así como, más recientemente, Museu de l’os i de l’aigua (Pollença, El Gall, 2013). De la misma autora, José Luis Reina Palazón tradujo al castellano Ardor, aparecida el mismo año (Benalmádena, E. D. A.). La obra poética de Hélène Dorion (1958) ha sido objeto de varias traducciones al catalán y al castellano por parte de Carles Duarte: Retrats de mars (B., La Magrana, 2000), Un rostre recolzat contra el món (Pagès, 2003), Atrapar, els llocs (Pagès, 2011), en colaboración con Lluna Llecha, y Arcilla y aliento (M., TDR y SIAL, 2001), en colaboración con José Ramón Trujillo.

Cabe mencionar, asimismo, en el ámbito poético, dos traducciones de Denise Desautels (1945) al catalán por A. Clapés: Tomba de Lou (Cafè Central–Eumo, 2011) y Sense tu, mai no hauria mirat tan amunt (B.–Girona, Cafè Central–Llibres del Segle, 2014) y la traducción castellana de la misma autora a cargo de Myriam Montoya de Negras palabras: antología de poemas (B., Paso de Barca, 2013). Recientemente, Lídia Anoll ha traducido al catalán Més amunt que les flames (Eumo, 2016) de la poeta Louise Dupré (1949). En el ámbito del teatro se cuenta con la traducción de dos obras de sendos autores dramáticos de gran renombre: Les cunyades (Alzira, Bromera, 1999) de Michel Tremblay (1942), por Antoni Navarro, autor también de la versión, junto con Joan Carles Simó, de Tu peux toujours danser con el título L’amor també és això (Bromera, 1994) de Louis–Dominique Lavigne.

Por su eco mediático sobresalen las novelas La petite fille qui aimait trop les allumettes, del escritor y profesor de filosofía Gaétan Soucy (1958), que obtuvo un éxito rotundo y un reconocimiento internacional inmediato y fue traducida al castellano por Óscar Luis Molina (La niña que amaba las cerillas; M., Akal, 2001) y al catalán por Joan Casas (La nena que li agradaven massa els llumins; Andorra la Vella, Límits, 2001); Le froid modifie la trajectoire des poissons, del polifacético Pierre Szalowski (1959), en traducción catalana de Carles Urritz, El fred modifica la trajectòria dels peixos (B., Rosa dels Vents, 2009) y castellana de Esther Andrés Gromaches, El frío modifica la trayectoria de los peces (B., Grijalbo, 2009), sin olvidar las traducciones de Un dimanche à la piscine à Kigali, del periodista y escritor comprometido Gil Courtemanche (1943–2011), al castellano por M.ª José Furió (B., Emecé, 2003) y al catalán por Anna Casassas (B., La Magrana, 2003), y las llevadas a cabo por Pau Joan Hernández (B., Columna, 2002) y Guadalupe Ramírez (B., Seix Barral, 2002) de la novela de Nelly Arcan (1973–2009) Puta, bestseller de título provocador, que fue rápidamente traducido a varias lenguas. La política de inmigración cultural impulsada por Quebec en las últimas décadas ha favorecido una producción de textos que coexisten con los que constituyen la literatura nacional y contribuyen a enriquecer y a redefinir la literatura quebequesa.

De entre estos textos han sido objeto de traducción La ingratitud de Ying Chen (1961), por M.ª Cruz García de la Hoz (Emecé, 1998); El libro de Emma de Marie–Célie Agnant (1953), a cargo de José Antonio Jimeno (Tafalla, Txalaparta, 2003) y su reciente traducción catalana El llibre d’Emma por Anna Montero (Valencia, Tres i Quatre, 2014), o la fulgurante novela de Dany Laferrière (1953, nacido en Haití) Cómo hacer el amor con un negro sin cansarse en traducción de Ll. M. Todó (B., Destino, 1997). Cobre editaba, en 2004, Esta granada en manos del joven negro ¿es un arma o una fruta?, del mismo autor, debida a Manuel Serrat Crespo. Del actor, cineasta y dramaturgo de origen libanés Wajdi Mouawad (1968) encontramos Fisonomia retrobada, en traducción de Pau Oliva Viladegut (Pagès, 2005); Anima, en traducción de A. Casassas para el catalán (B., Edicions del Periscopi, 2014) y de Pablo Martín Sánchez para el castellano (Destino, 2014) así como su tetralogía teatral Le sang des promesses (Forêts, Littoral, Incendies y Ciels), vertida al castellano por Eladio de Pablo (Litoral, Incendios, Bosques y Cielos; Oviedo, KRK, 2010, 2011, 2012 y 2013, respectivamente) y al catalán por Cristina Genebat y Raimon Molins en un único volumen (La sang de les promeses; Edicions del Periscopi, 2017).

Cabe destacar igualmente la profusión de traducciones de literatura infantil y juvenil, de entre las cuales entresacamos: Un barril en el mar (M., Bayard Revistas, 2001) de la autora e ilustradora de cuentos Cécile Gagnon (1936); la serie de aventuras de Caillou de Joceline Sanschagrin (1950), como la editada en Barcelona por Círculo de Lectores, traducida por Alberto Jiménez Rioja, Caillou y Gilbert (2007) o la editada por Cadí, Caillou desa les joguines (2014), a cargo de María Gomila Pere. Cabe mencionar también, Cassiopée ou l’été polonais de Michèle Marineau (1955), de la que se han hecho versiones al castellano (Casiopea o el verano polaco, 1991; por Angelina Gatell), al catalán (Cassiopea o l’estiu polonès, 1990; por Àlvar Valls), ambas publicadas por La Galera (Barcelona), así como al euskera (Kasiopea edo uda bat poloniar artean; Donostia, Elkar, 1993, a cargo de Juan Kruz Igerabide).

 

Haití

La literatura de Haití, la decana de las literaturas caribeñas en francés, ocupa el primer puesto en número de volúmenes publicados tanto en el país como en Francia, aunque las vicisitudes del escritor haitiano continúen siendo las mismas desde hace dos siglos, debido a la corrupción de su Estado. La difusión de su literatura en España también es relativamente tardía y presenta ausencias de títulos capitales como Ainsi parla l’oncle Sam (1928) de Jean Price–Mars (1876–1969), uno de los iniciadores del movimiento de la negritud, cuya influencia fue determinante en la vida intelectual de Haití, o Gouverneurs de la rosée (1944), novela que, traducida a varias lenguas, dio a conocer a Jacques Roumain (1907–1944) en todo el mundo.

Entre los autores traducidos, del mismo período, se encuentra Clément Magloire Saint–Aude (1912–1971), poeta de tendencia surrealista influenciado por André Breton, y Aimé Césaire: el Diálogo de mis lámparas, Tabú y Desposeído han sido editados en un solo volumen en traducción de Jorge Camacho (Huelva, Diputación de Huelva, 2002). La obra de los intelectuales haitianos exiliados durante el régimen de Duvalier o la de aquellos que dejaron su país en busca de nuevos horizontes figura tanto en la literatura del país de origen como en la de adopción. América latina dio un número considerable de traducciones de algunos de estos autores –René Depestre, Jacques Stéphen Alexis, entre otros– durante los años 60 y 70. La mayoría de las editadas en España corresponden al siglo XXI, excepto la de René Depestre (1926), Hadriana en todos mis sueños (B., Martínez Roca, 1990), llevada a cabo por Amparo Hurtado Albir. Teresa Clavel tradujo una obra de Depestre, Eros en un tren chino (B., Barataria, 2002), también vertida al euskera Eros tren txinatar batean por Joxan Elosegi (Iruña, Igela, 2013), y M. Serrat Crespo El lápiz del buen Dios no tiene goma (B., Ediciones del Bronce, 2002) de Louis–Philippe Dalembert (1962). En 2003, Mireia Porta Arnau tradujo la obra de René Philoctète (1932–1995) Le peuple des terres mêlées con el título de Perejil (B., Barataria); en 2004, la de R. Depestre, en catalán, para Bukante (Barcelona), La cucanya: el gran repte, y el mismo año, también para Bukante, la obra de Gary Victor (1958) El diablo hechizado por un perfume de limoncillo. Txalaparta, que había publicado, en 2003, la traducción de una novela de M.–C. Agnant, sacó en 2004 Pasos de Émile Ollivier (1940), en traducción de Rafael Yáñez Durán, y La otra cara del mar de L.–P. Dalembert, obra de Serrat Crespo. Más recientemente, Siruela editó la novela del escritor, periodista y profesor de literatura Lyonel Trouillot (1956), El bello amor humano, en traducción de Elena García–Aranda (2013).

 

Antillas y Guayana

Las Antillas francesas y la Guayana, por el hecho de haber permanecido siempre unidas a Francia, muestran una evolución tanto política como literaria distinta de la de Haití y una mayor difusión. La producción literaria fue, sin embargo, hasta bien entrado el siglo XIX, obra de los franceses instalados allí. De dicha producción se ha traducido únicamente al castellano el relato del viaje a España que hizo el padre Jean–Baptiste Labat a principios del siglo XVIII, obra de José García Mercadal (en sus Viajes de extranjeros por España y Portugal, M., Aguilar, 1962; nueva ed. Salamanca, Junta de Castilla y León, 1999), y de la que se ha hecho en fecha reciente una edición separada con el título Viajes por Andalucía en los años 1705 y 1706 (Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2007). La novela más antigua de la que consta traducción es Batouala, del escritor regionalista René Maran (1887–1960), que con el título Batuala. Verdadera novela de negros vertió José Mas en 1922 (M., Vda. e Hijos de Sanz Calleja).

De la amplia producción de A. Césaire se han traducido al castellano –en algunos casos en Latinoamérica– y recientemente al catalán el poemario Cahier d’un retour au pays natal, así como varias piezas teatrales y diversas obras sobre colonialismo, que han tenido muy buena aceptación. De Frantz Fanon (1925–1961), cuyo pensamiento desempeñó un papel preponderante entre los intelectuales martiniqueses en la reivindicación nacionalista, se han publicado en España ¡Escucha, blanco! (B., Editorial Nova Terra, 1966), traducción de Ángel Abad y de J. M.ª Valverde (para los poemas negros) y Piel negra, máscaras blancas por Iría Alvarez (M., Akal, 2016), traducciones, ambas, de la obra Peau noire, masques blancs. También, del mismo autor, África, la trampa del nacionalismo por A. Gil Lasierra (Bilbao, Zero, 1974) y su traducción en euskera Afrikar iraultzaren alde llevada a cabo por Arantxa Urretavizcaya e Ibon Sarasola (Donostia, Lur, 1970), así como Los condenados de la tierra (Tafalla, Txalaparta, 1999 y 2011), reediciones de la traducción que hizo Julieta Campos, en 1963, para el Fondo de Cultura Económica y que incluye, como aquélla, el célebre prólogo de J.–P. Sartre. De algunas de esas obras existen asimismo versiones hechas en Latinoamérica.

El martiniqués Édouard Glissant (1928–2011), poeta y novelista, comprometido al igual que Frantz con las ideas sobre la antillanidad, cofundador del frente antillo–guayanés junto a Paul Niger, ha sido objeto de varias traducciones ya en el siglo XXI: El lagarto (2001), debida a Marie–Christine Chazelle y Jaime del Palacio, y la Introducción a una poética de lo diverso (2002), vertida por Luis Cayo Pérez Bueno, ambas aparecidas en Ediciones del Bronce (Barcelona); así como de Sol de conciencia (2004) y Tratado del Todo–Mundo (2006), traducidas por M.ª Teresa Gallego y publicadas por Ediciones del Cobre, de Barcelona. La guadalupeña Maryse Condé (1937) que, sin aceptar las tesis de la negritud, se ha interesado mucho por la diáspora negra, se cuenta también entre los autores más traducidos: La bruja de Salem, título dado a la versión de Concha Serra Ramoneda de Moi, Tituba, sorcière de Salem (B., Círculo de Lectores, 1989), que Mauricio Wacquez tradujo más tarde para Muchnik (Barcelona, 1999) como Yo, Tituba, la bruja negra de Salem; La colonia del nuevo mundo (B., Juventud, 1995) y Barlovento (B., Casiopea, 2001), en traducción de Mireia Porta, y Segu por Teresa Clavel (B., Ediciones B, 2000). Pueden añadirse otros autores contemporáneos, como Gisèle Pineau (1956), de la cual M. Serrat Crespo tradujo La grande drive des esprits como Una antigua maldición (Ediciones del Bronce, 1999) y Simone Schwarz–Bart (1938), cuyo El món fantàstic de Ti Jean l’horizon (B., Pòrtic, 1985) fue vertido al catalán por M. Dolors Orriols y Alberta Font.

 

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Lluna Llecha Llop