Japonesa, literatura

Japonesa, Literatura

Al margen de las noticias que llegaban esporádicamente de misioneros y viajeros, la literatura japonesa se dio a conocer en Occidente fundamentalmente a partir de la apertura del país, tras un largo período de aislamiento, en la era Meiji (1868-1912). Algunas de las primeras traducciones al inglés, francés y alemán se elaboraron en el propio Japón, como medio para la enseñanza de idiomas, y éstas a su vez fueron vertidas a otras lenguas, como el italiano o el español. A lo largo del siglo XX, la difusión de la literatura nipona se benefició de la curiosidad que despertó el país a raíz de su triunfo en la guerra ruso-japonesa, su expansión militar y, más tarde, tras su capitulación en la segunda Guerra Mundial, su rápida modernización y auge económico. Y un hecho que, sin duda, contribuyó a afianzar las letras japonesas dentro del panorama literario mundial fue la concesión del premio Nobel de Literatura a dos autores japoneses, Kawabata Yasunari y Ōe Kenzaburo (1935), en 1968 y en 1994, respectivamente.

La recepción de la literatura japonesa en España también viene marcada por tales circunstancias aunque, en líneas generales, con menor impacto y cierto retraso respecto a otros países europeos y americanos. En una primera etapa, a finales del siglo XIX y principios del XX, la prensa, en particular las revistas ilustradas, contribuyeron a suscitar interés por la cultura nipona dando cuenta de las novedades artísticas y literarias relacionadas con Japón que acontecían dentro y fuera de España. Las revistas publicaron las primeras traducciones de relatos y poemas y se hicieron eco de la gira europea de la actriz Sada Yacco, cuyas actuaciones en Madrid y Barcelona en 1902 pusieron en contacto al público español con el teatro japonés. En 1904, la editorial barcelonesa Maucci publicó la novela de Tokutomi Kenjirō, llamado Roka (1868–1927), Nami-ko (título original: Hototogitsu), traducida por Juan N. Cañizares, y hubo que esperar a 1927 para que la revista La Esfera presentara otra obra, aunque en forma fragmentaria: el clásico de Yoshida Kenko (1283–1350), Tsurezuregusa, obra de la que existe ahora una versión completa de Justino Rodríguez (M., Hiperión, 1986).

De 1887 datan los primeros cuentos populares japoneses editados en castellano, El espejo de Matsuyama y El pescadorcito Urashima, traducidos por Juan Valera para la revista La Ilustración Artística, y a éstos siguieron la colección publicada por la editorial Rivas Moreno en 1899, o las traducciones al catalán aparecidas en las revistas Pél i Ploma en 1903 y L’Avenç en 1904. Todas esas traducciones se hicieron a partir de versiones francesas o inglesas, por lo cual la primera antología de cuentos traducida directamente del japonés fue la realizada por José M. Álvarez con el título Leyendas y cuentos del Japón (B., Luis Gili, 1933).

La poesía japonesa fue conocida relativamente pronto pero las traducciones se hicieron esperar. Se considera al poeta mexicano y cónsul en Japón, José Juan Tablada, el introductor de la forma poética denominada haiku en el ámbito hispánico. La influencia que ejerció su primer libro de haiku, La nao de la China (1902) en toda una generación de poetas mexicanos coincidió con el importante movimiento literario de fin de siglo, el Modernismo, y se extendió a la península Ibérica, en gran medida gracias al crítico y poeta Enrique Díez–Canedo desde las páginas de la revista España. De la asimilación del haiku prácticamente nació un nuevo género poético, de carácter más bien formal y desprovisto de la temática, el espíritu, los recursos retóricos y a veces incluso métricos propios de la práctica canónica tradicional japonesa. Autores como Ramón Gómez de la Serna, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez o Jorge Guillén y, en Cataluña, Josep Maria Junoy, Carles Riba, Salvador Espriu, Agustí Bartra o Joan Salvat–Papasseit cultivaron el haiku y ocasionalmente la forma poética tanka. A falta de ediciones españolas, estos poetas bebieron de fuentes como la primera colección francesa de haiku, Au fil de l’eau (1905) de P. Couchoud, y la Anthologie de la littérature japonaise de Michel Revon (traducida al castellano por Mercè Comes para Círculo de Lectores en 2000).

Hasta 1972 no aparece una antología de haiku traducida del japonés, precedida por un estudio introductorio e iniciativa de Fernando Rodríguez–Izquierdo (M., Guadarrama; varias reed.). La traducción de poesía recibió impulso en aquella época gracias a la apuesta de la editorial Hiperión, dirigida por Jesús Munárriz, en la que, desde Un puñado de arena de Takuboku Ishikawa (1886–1912) en 1976 y Cantares de Ise (anónimo del siglo IX) en 1979, aparecieron regularmente versiones directas y en ocasiones bilingües de poemas clásicos y contemporáneos. Su catálogo contiene obras de reconocidos poetas como Matsuo Bashō (1644–1694), Yosa Buson (1716–1784), Ryōkan (1758–1831), Kobayashi Issa (1763–1827), Taneda Santoka (1882–1940), Masaoka Shiki (1867–1902) y Yosano Akiko (1878–1942), antologías como Manioshu, Kokinshu, Haijin. Antología del haiku o Cien poetas, cien poemas (Hyakunin Isshu); cabe destacar la labor de sus traductores, José María Bermejo, Ricardo de la Fuente, Teresa Herrero, Vicente Haya, Justino Rodríguez o Carlos Rubio y, especialmente, del pionero japonólogo Antonio Cabezas.

De hecho, hasta la década de los 60 apenas hay traducciones de obras en prosa o dramáticas, si exceptuamos las tempranas traducciones del inglés de los ensayos Bushido. El alma de Japón (M., D. Jorro, 1909) de Nitobe Inazō (1862–1933), vuelto a traducir, en colaboración, por José Millán Astray (M., Gráficas Ibarra, 1941) y El libro del té (M., Peiró, 1925) de Okakura Kakuzō (1862–1913), ambos ininterrumpidamente reeditados hasta nuestros días en diferentes versiones, además de la publicación, en 1941, de otro ensayo, La guerra, el soldado (B., Juventud) de Katsunori Tamai (1907–1960) y de la versión parcial de la considerada una de las primeras novelas de la historia de la literatura, el Genji monogatari de Murasaki Shikibu (siglo XI), por Fernando Gutiérrez (Juventud, con varias reed.). De 1965 es la singular antología Teatro japonés contemporáneo traducida por Ezaki Keiko (M., Aguilar), y en esos años se pusieron al alcance del lector en español grandes narradores modernos: la editorial Seix Barral descubrió a Dazai Osamu (1909–1948), Mishima Yukio y Tanizaki Jun’ichirō (1886–1965), y otras optaron por Abe Kōbō (1924–1993), Akutagawa Ryūnosuke (1892–1927) y Kawabata, éste traducido por primera vez en España (del inglés y del alemán) un año después de haber obtenido el Nobel.

En los años 70 se consolidaron nombres como Kawabata y Mishima y se tradujo por vez primera al provocador y mordaz autor del siglo XVII Ihara Saikaku y al católico Endō Shūsaku (1923–1996). La década siguiente amplió el elenco de títulos de autores consagrados, de géneros como la narrativa juvenil (Takeyama Michio, 1903–1984) o la novela policíaca (Togawa Masako, 1931–2016), y de escritores como Inoue Yasushi (1907–1991), Kara Jūro (1940) y Ōe (los tres publicados por Anagrama). Y ya en las dos últimas décadas, se ha percibido gran vitalidad en el espacio editorial dedicado a las letras japonesas y por primera vez han empezado a predominar las traducciones directas. Esto se explica en parte por el creciente interés por la cultura japonesa entre lectores jóvenes aficionados al manga (cómic japonés) y por la largamente esperada decisión institucional de promover los estudios asiáticos en España.

Junto a nuevas traducciones de autores ya conocidos por el público (los que cuentan con mayor presencia son Mishima, Kawabata y Ōe), aumenta la oferta de autores populares en Japón y con cierto éxito de ventas en España, como los autores de thrillers Ryu Haruki (1952) y de novela histórica Yoshikawa Eiji (1892–1962), las escritoras Ogawa Yōkō (1962) y Banana Yoshimoto (1964) y, sobre todo, Murakami Haruki (1949), los dos últimos vertidos al castellano casi en su totalidad por Matsuura Junichi y Lourdes Porta. Por otro lado, se ha optado por cubrir vacíos históricos con la traducción directa de clásicos antiguos y modernos, como propone la colección «Pliegos de Oriente» (de la editorial madrileña Trotta), dirigida por Taciana Fisac y Takagi Kayoko, que incluye, entre otros títulos, la primera obra de ficción en la narrativa japonesa, Taketori monogatari, un tratado y cuatro piezas de teatro del dramaturgo Zeami (1363–1443), la recopilación de crónicas y mitos Kojiki y obras representativas de Chikamatsu Monzaemon (1653–1725), Ueda Akinari (1734–1809), Mori Ōgai (1862–1922) o Sōseki Natsume.

También en esta línea, Hiperión ha publicado a Kamo No Chomei (1155–1216) y cuatro volúmenes de cuentos compilados por Luis Caeiro; C. Rubio ha traducido para Gredos («Biblioteca Universal») Heike monogatari (con Rumi Tami), el clásico épico de la literatura medieval, y Kokoro, la obra más célebre de Sōseki; curiosamente, en 2006 han coincidido dos ediciones del Genji monogatari, aunque, en este caso, ambas siguen diferentes versiones inglesas, Xavier Roca Ferrer la de Arthur Walley (B., Destino) y Jordi Fibla la de Royall Tyler (Vilaür, Atalanta).

Por lo que se refiere a las demás lenguas peninsulares, en gallego puede hallarse la edición de 77 haikus de Consuelo García Devesa (A Coruña, Espiral Maior, 1993) y, traducidas del castellano, O templo doirado de Mishima por M.ª Ondina Braga (B., Círculo de Lectores, 1986) y A arpa de Birmania de Takeyama por Joaquín Torres (A Coruña, Bruño, 1986). Ésta fue vertida del japonés al euskera por Patxi Ezkiaga Bilbao, Bruño, 1990), como lo hizo Yoshida Hiromi con Arratsaldeko atoiuntzia de Mishima (Euba, Ibaizabal, 1994) e Ibon Uribarri con Loti ederrak de Kawabata (Irun, Alberdania, 2006).

Existe una selección más amplia en catalán, si bien sólo desde los años 90, pese al temprano interés manifestado por difundir la literatura japonesa: relatos de Tejima Keizaburo (1935) y Yumoto Kazumi (1959); varias versiones de Narayama de Fukazawa Shichiro (1914–1987), en particular la de Alfred Badia (B., Proa, 1984; varias reed.); los Contes d’Ise traducidos por Jordi Mas (B., U. Autònoma de Barcelona, 2005); los relatos La tomba de les llumenetes y Les algues americanes de Akiyuki Nosaka (1930) por Lourdes Porta y Junichi Matsuura (B., Quaderns Crema, 1999); de Tanizaki Jun’ichirō (1886–1965) por Albert Nolla los relatos La clau (B., Edicions 62, 2002), Elogi de l’ombra (B., Angle, 2006) y El tallador de canyes (B., Viena, 2015); de Mishima El mariner que va perdre la gràcia del mar por Josep M. Fulquet (Proa, 1985) y El temple del pavelló daurat por Ko Tasawa i Joaquim Pijoan (Badalona, Ara Llibres, 2011); de Sōseki Botxan traducido por Sanaé Tomari, Mercè Sans y Cristina Sans (Proa, 1999); de Y. Ogawa Hotel Iris por Albert Nolla (Edicions 62, 2002); y de Murakami, entre otros títulos, L’amant perillosa (2003) por Concepció Iribarren y A. Nolla, After dark (2008) por A. Nolla y 1Q84 (los tres libros) por J. Mas (2011), publicados por Empúries (Barcelona).

En los últimos años, además de imponerse paulatinamente las traducciones directas, se aprecia el interés de editoriales ya consolidadas (Trotta, Anagrama o Siruela, y en menor medida Edhasa, Emecé, Hiperión o Miraguano) por la literatura japonesa, creando incluso colecciones específicas. Así, Trotta tiene unos «Pliegos de Oriente», mientras que Anagrama, además de ser pionera en la publicación de la obra de Murakami, ha editado la mayor parte de la obra de K. Ōe. Junta a ellas, conviene señalar la existencia de editoriales más pequeñas, como la madrileña Impedimenta, que ha dado a conocer gran parte de la producción de N. Sōseki, y la asturiana Satori, dedicada en exclusividad a temas nipones, con colecciones como «Maestros de la Literatura Japonesa» (con no menos de cuarenta volúmenes), «Maestros del Haiku» y «Clásicos Satori».

 

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Raquel Bouso García
[Actualización por Francisco Lafarga]