Isla 1762

José Francisco de Isla: «El traductor al que leyere»

Jean–Baptiste Duchesne, Compendio de la Historia de España escrito en francés por el R. P. Duchesne de la Compañía de Jesús, maestro de sus Altezas Reales los Señores Infantes de España. Traducido en castellano por el R. P. José Francisco de Isla de la misma Compañía, con algunas notas críticas que pueden servir de suplemento, por el mismo traductor, Madrid, Joaquín Ibarra, 1762, I, 7–44.

Fuente: M.ª Jesús García Garrosa & Francisco Lafarga, El discurso sobre la traducción en la España del siglo XVIII. Estudio y antología, Kassel, Reichenberger, 2004, 126–129.

 

[20] Con su lectura creció la estimación y, al mismo tiempo, el desconsuelo de que una obra tan excelente, en que interesaba tanto nuestra nación, estuviese como escondida a la mayor parte de ella en idioma forastero. Así llamo a la lengua francesa, porque, aunque se ve hoy tan introducida en España, que ya se tiene por hombre muy vulgar el que la ignora, y muchos por aprenderla han olvidado la propia (llegando a la extravagancia de infinitos mirar con asco el idioma castellano, si en su pronunciación no fingen el dialecto y no remedan los barbarismos franceses); ésta, igualmente risible que deplorable ligereza de muchos indignos españoles, no quita que haya en España otros muchos más hombres verdaderamente serios y verdaderamente sabios que, para serlo, no han menester la noticia de esa lengua. En gracia, pues, de estos, a quienes tributo mayor veneración que a los que son meramente sabidillos de corbata, me condolía de ver una obra tan excelente [21] retirada de su noticia y de su voto, y aunque sentí desde luego algunos impulsos de dedicarme a su traducción, me desviaron prontamente de este pensamiento dos poderosos motivos.

El primero, la falta de tiempo para aplicar la atención a este género de estudio, que aunque al parecer ligero siempre había de consumir algunas horas. Dedicado por la obediencia a las graves tareas de una seria y tirante cátedra de teología, a las que era preciso añadir otras inexcusables funciones de púlpito, seguidas de la indispensable carga del confesonario, aumentado todo con la sobrecarga de otros negocios y cuidados que trae necesariamente consigo la aplicación a estos ministerios, no era fácil hallar tiempo para divertirle a distintas atenciones.

El segundo motivo era la justa desconfianza que tenía de mi suficiencia para el desempeño de esta traducción. El traducir como quiera es sumamente fácil a cualquiera que posea medianamente dos idiomas, el traducir bien [22] es negocio tan arduo como lo acredita el escasísimo número que hay de buenos traductores entre tanta epidemia de ellos. Cuando son muchos los que conspiran en un empeño y pocos los que le logran es la mayor prueba de su dificultad. Los eruditísimos diaristas de España en su incomparable obra del Diario, la más útil que hasta ahora salió a luz en nuestra lengua y por esto duró poco, hablando de este punto en el tomo I, artículo 123, dicen lo siguiente: «El empeño de traducir al castellano del idioma francés ha parecido en nuestro siglo muy fácil a muchísimos, pero, con todo esto, nos atrevemos a afirmar, sin la zozobra de una justa retractación, que en la multitud de traducciones que en él se han publicado, exceptuando las de la Vida del grande Teodosio y del Catecismo histórico del abad Fleury, se pueden equivocar, a corta diferencia, todas las demás con las del Sr. ***, a quien les falta mucho [23] para tenerlas por buenas y acaso habrá quien las dispute lo tolerable».

Refiero, no adopto, el rigor de esta severa censura según toda su latitud. Ni la pudiera adoptar en su extensión sin una notoria inconsecuencia, porque en mi prólogo a la Vida del gran Teodosio, que publiqué en mis juveniles años, propuse entre otras, como modelo de buenas traducciones, la del Retiro espiritual hecha por el R. P. Gabriel Bermúdez, confesor que fue de Felipe V. Esta traducción, que es del idioma francés al castellano y se trabajó en este siglo, con cuyas dos limitaciones se debe entender la censura de los diaristas, no puedo comprenderla en su rigor, porque me confirmo en mi dictamen; y si fuera de mi incumbencia hacer crisis de esta crítica, acaso me parecería también reservar de ella a tal cual traducción, aunque muy rara, de este siglo y de este idioma.

Sea de esto lo que fuere, los sabios diaristas acreditan mi voto con el suyo: conviene, a saber, que es empeño [24] superior a regulares esfuerzos traducir con propiedad y con aire. Pruébanlo después, apuntando las primeras y más principales reglas de una buena traducción, y afirman «que a todas faltan comúnmente nuestros traductores, porque aunque es muy notoria y sabida la teórica de las leyes, se olvidan o se desprecian en llegando a la práctica». Pero ninguno hizo más visible esta dificultad con igual nervio y discreción que don Gómez de la Roche en su cultísimo prólogo a la traducción de la Filosofía moral del conde Manuel Tesauro. A él remito a mis lectores por no detenerlos ociosamente en asunto tan trivial.

El conocimiento de estas dificultades acobardaba los primeros impulsos que sentí para entretenerme en esta traducción. Ni me alentaba mucho el favorable voto de los diaristas a mi primer ensayo en esta especie de trabajo, ya porque, aunque los juzgo imparciales y justos, no los tengo por infalibles, y [25] ya también porque el mayor comercio con los libros, el más continuado ejercicio en entrambas lenguas y la edad madura en que me hallo, lejos de darme mayor aliento, me desmaya más. Los pocos años siempre son animosos; el que después de cuarenta no es cobarde, bien puede haber estudiado mucho, pero ha adelantado poco.

Sobre estas dificultades generales me encontraba con otra muy particular en la traducción de esta obra. Consistía esta en la difícil traslación del verso francés al castellano, en cuyo ejercicio jamás me había probado. Desde luego se me presentó esto como un escollo insuperable. Primero había de lidiar con la perfecta comprensión del concepto, sin lo cual no era posible explicarlo en nuestro idioma; y esto no era tan fácil como puede parecer a primera vista. No es lo mismo entender medianamente una lengua forastera cuando se explica con las frases ordinarias y en estilo corriente o libre de la prosa, que cuando se estrecha y en [26] cierta manera se oscurece ya con las frase sublimes y ya con las locuciones figuradas del verso. Aun respecto de la misma lengua nativa suele experimentarse esta diferencia. ¿Cuántos penetrarán con perfección todo lo que dice el discretísimo don Antonio Solís en su elegante Historia de la Nueva España que no formarán ni aun una mediana idea del alma que centellea en sus sonetos?

Después tenía que vencer otro no inferior estorbo. Aun cuando se sujetase a mi comprensión el concepto del verso francés, restaba el empeño de reducirle sin desaliño y con aire al verso castellano. Esto se me figuraba sumamente arduo. Lo primero, porque no tenía noticia de que hasta entonces ninguno otro lo hubiese intentado. Lo segundo, por la enorme diferencia y aun casi oposición de principios sobre que giran las poesía castellana y la francesa: aquella remontada, esta casi sin levantarse del suelo; aquella haciendo ostentación del artificio, [27] esta haciendo artificio de la misma naturalidad; aquella huyendo con estudio de las voces comunes, esta buscando con cuidado los más usuales; aquella embozándose entre alusiones y figuras, esta no practicándolas sino para burlarse de ellas. Y aunque por esta razón no es tan difícil la inteligencia del verso francés como la del castellano, por la misma es menos fácil su versión, de manera que no suene con flojedad en nuestra lengua. […]

[39] Estaba ya para darse a luz esta obra, [40] revista y aprobada por la Compañía y entregada en Madrid para solicitarse la licencia del Consejo, cuando de repente se publicó la traducción del mismo compendio hecha por el P. Antonio Espinosa de nuestra Compañía, cuya feliz laboriosidad en este género de estudio está bien acreditada. […]

[41] Las dos traducciones se deben considerar como dos obras diferentes en la sustancia y en el modo, aunque convengan en la materia. Una es literal, la otra parafrástica; una atada al texto, otra libre y desembarazada; una con multitud de notas históricas y críticas, que aumentan considerablemente el original, otra sin ellas. […] El padre Espinosa enriquece su traducción con una difusa descripción geográfica de España; la mía sale a luz sin este adorno.

[42] A ninguno que tenga la razón bien puesta y sano el corazón le puede hacer emulación (si no que sea aquella emulación honrada que se llama noble y de buena casta) que dos hijos de una misma madre trabajen en ilustrar a un hermano suyo. ¿Y quién duda que las diferentes versiones de una obra la ilustran o la acreditan, siendo un gran testimonio de su mérito que muchos conspiren y como se apresuren a comunicársela a sus naturales y hacérsela gustar con diversos condimentos? Nunca se hicieron más estimables en Francia las obras del grande Plutarco que cuando se vieron empeñados en su traducción dos de las más famosas plumas que ha producido la academia francesa: primero la de Mr. Amiot y después la de Mr. Bachet, señor de Méziriac. La grande estimación con que corre en toda España la Introducción a la vida devota de san Francisco de Sales se debe en gran parte al celo con que casi a un mismo tiempo se aplicaron a traducirla el célebre [43] don Francisco de Quevedo y el laborioso don Francisco de Cubillas Donyague.