Ranz 1786

Antonio Ranz Romanillos: «Prólogo del traductor»

Louis Racine, La Religión, poema de Luis Racine, traducido del francés en verso castellano por D. Antonio Ranz Romanillos, doctor en ambos derechos, 1786, Madrid, Imprenta Real, 1–14.

Fuente: M.ª Jesús García Garrosa & Francisco Lafarga, El discurso sobre la traducción en la España del siglo XVIII. Estudio y antología, Kassel, Reichenberger, 2004, 191–193.

 

[9] Siempre se ha tenido el traducir por sumamente dificultoso, tanto, que un célebre traductor, convencido de esta dificultad, no dudó en asegurar que era de más trabajo el traducir bien una obra que el componerla de nuevo; y esto aun cuando se vierte en prosa, que en verso llegó a desconfiar de que pudiera hacerse dichosamente. Y no ha sido él solo el que ha tenido esta desconfianza. Sabido es lo que con motivo de la traducción del Ariosto [10] dijo Cervantes por boca del cura del lugar de don Quijote en el tan sazonado escrutinio de la librería de este héroe, cuando diciendo el barbero que tenía el Ariosto en italiano, pero que no lo entendía, añadió al instante el cura: «Ni aun fuera bien que vos lo entendiérades; y aquí le perdonáramos al señor capitán que no le hubiera traído a España y hecho castellano; que le quitó mucho de su natural valor, y lo mesmo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento». No pretendo que estos que creen imposible el volver bien en otras lenguas las obras en verso sean tenidos por infalibles; antes algunas traducciones en verso hechas por algunos de nuestros españoles, en las que poco o nada han perdido sus originales, desmienten en alguna manera a estos dos grandes hombres; pero siempre sus dichos acreditan lo arduo de la empresa. Pues añadamos aún a esta dificultad la de traducir del verso francés, y hallaremos [11] que se acerca mucho a lo imposible el dar en verso castellano un poema escrito en aquella lengua, sin que o se altere considerablemente, o parezca una cosa muy baja y arrastrada; porque la poesía francesa no admite la elevación que pide la nuestra, ni sus versos alejandrinos se acomodan bien a nuestro metro.

No quisiera que alguno entendiese que he ponderado mucho la dificultad de hacer castellanos los versos franceses por estar persuadido de que la he vencido y de que nada ha perdido Racine en mi traducción. Antes he tocado todas estas cosas que hacían arduo mi empeño precisamente para que se miren con más indulgencia los descuidos y acaso los defectos más graves que se notarán en mi traducción, y para que no se imputen a Racine los que solo serán de su traductor.

Siendo tan opuestos los principios de ambas poesías, puede ser que se me reprenda el haber hecho mi versión tan literal; pero en esta parte yo siempre he sido del parecer de nuestro Sánchez de las Brozas* y del célebre Batteux, quienes defienden que toda traducción de un poeta debe serlo. [12] Porque si el traductor debe parecerse al que retrata, que todo su cuidado se ha de dirigir a que el retrato salga en su todo semejante al original, de modo que los que conozcan a éste le hallen copiado en aquél, sin más ni menos perfecciones de las que en sí tiene, debe también el traductor poner toda su atención en que el original se halle de tal suerte expresado en su versión, que ni pierda las gracias que en sí tiene, ni tampoco adquiera las que le faltan. De otra manera con los mismos pensamientos se formará un nuevo poema, que no presente otra cosa del original que el fondo, y aun éste muy alterado; porque como se ha de revestir de otros adornos, éstos o han de engrandecer, o han de debilitar las ideas que quiso darnos el autor. Me parece que el gran humanista francés que acabo de citar aún se explica sobre este punto con un poco más de acrimonia que yo. Estas son sus palabras:** «Los poetas, dice, pintan con [13] rasgos mesurados, vivos y distintos; éste es un carácter. Entre ellos cada expresión escogida entre mil encierra en sí misma cierta gracia, que debe ser notada y causar un efecto propio; de donde concluyo que toda traducción de un poeta debe ser literal en cuanto lo permita la lengua del traductor». Y de allí a poco añade: «Da gana de reír el oír pronunciar con el tono de un oráculo que para traducir bien es preciso que el alma embriagada con los dulces vapores que unas fuentes fecundas le envían (esto es, los autores que se traducen) se deje arrebatar de un entusiasmo extraño, pero que ella sabe hacer propio, y dar por consiguiente unas expresiones e imágenes muy diferentes, aunque semejantes. He aquí, exclama, grandes palabradas; ¿pero adónde irá a parar el traductor con esta embriaguez? ¿A quién se parecerá su traducción? ¿A su texto? Sí, ni más ni menos que la estatua ecuestre de Luis XIII se parece a la de Enrique IV».

Creo que con esto se satisface [14] completamente a aquel reparo; pero aun prescindiendo de ello, no es tan literal mi traducción que, cuando lo ha pedido la naturaleza de nuestra poesía, o cuando me ha parecido obscura alguna expresión del original, no me haya valido de otras frases que las que empleó el autor, no conservando de él en estos casos más que el pensamiento; pero fuera de ellos, he querido ajustar mi versión al texto, de modo que no solo diese los mismos pensamientos, sino aun las mismas imágenes, las mismas figuras y la misma dicción, procurando sin embargo revestirla de la gravedad innata a nuestra poesía. Si lo he logrado o no, el público lo juzgará; a mí me basta haberlo intentado en obsequio suyo y el dar quizá motivo con mis defectos a que Racine tenga quien le traduzca mejor.

 

* Brocense en la carta al lector de la Luisiada de Camoes, traducida en verso castellano por Luis Gómez de Tapia. Edic. de Ginebra 1766, tom. 3, pág. 490.

** En el prólogo de su traducción de las Poesías de Horacio.