Panero 1972

Leopoldo María Panero: «Lo que por fin dijo Benjamin»

«Prólogo» a Edward Lear, El Omnibus, sin sentido, Colección Visor de Poesía nº 26, Madrid, Alberto Corazón Editor, 1972, 7–11 (Colección Visor de Poesía 26).

 

[7] LO QUE POR FIN DIJO BENJAMIN

Que a la traducción cumple desarrollar –o superar– eI original, y no «trasladarlo», como otro mueble cualquiera, de esta habitación a otra. Que la labor del poeta es tan primitiva y la del traductor, en cambio, reflexiva, «ideal», no dejándose llevar por la bestia de la intuición. Que traducción y traducido no deben ser paralelas, sino una tangente (la traducción) que toca el círculo (lo traducido). Que, en fin, es deber de la traducción hacer de lo que simboliza lo simbolizado: invertirlo todo como el poeta ha hecho. Y que (para terminar) la discusión sobre si el espíritu y la letra, es muy vieja y muy tonta.

Esto para justificarme. Y esto para justificar, en general, la traducción de poesía: que toda obra, si es realmente compleja, es susceptible de infinitos desarrollos, y puede y debe, por consiguiente, ser traducida. Si no lo es no debe ser, claro, editada ni leída. Mala suerte, pues, para los que se excusaban con frasecitas imbéciles sobre una tal imposibilidad (de traducir poesía) por no conocer sino a su Machado, tres poemas de Lorca y el nombre de Juan de Mena.

[8] Y a propósito de imbecilidades (y esto de nuevo para justificarme) que no hay que «trasladar», repito, de una lengua a otra, el poema como si fuera un bolso, sino «fundir» las dos lenguas, hacer que se establezca entre ellas un «contacto» fructífero, y no supérfluo como un apretón de manos. De ahí que los «italianismos», «anglicismos», etcétera, no sólo no están fuera de lugar, como hasta ahora, por un pudor absurdo, lo han estado, sino que allí donde se encuentran (significando una renovación en el lenguaje del traductor, y no simplemente una copia de formas extranjeras que nada añade y suena mal) es precisamente en las más valiosas traducciones, en las que no deberían llamarse así, pues ha sido precisamente la maldita palabra la que ha inducido a tantos equívocos. Claro que, contando con que estas sus precisiones no iban a ser escuchadas, como de hecho no lo fueron por nadie, Benjamín no se inventó otra, ni se tomó el trabajo de decir más.