Fernández Parrilla

La traducción del árabe en los siglos XX y XXI

Gonzalo Fernández Parrilla (Universidad Autónoma de Madrid)

 

Introducción

En España, las cuestiones relacionadas con la traducción del árabe han revestido siempre cierta singularidad, por razones que tienen que ver, primordialmente, pero no sólo, con la existencia de Alándalus, compleja realidad histórica que afecta de lleno a la propia historia de España. A principios del siglo XX existía ya una tradición de traducir del árabe, marcada por este trascendente hecho histórico, una tradición que tenía que ver, en parte, con la Iglesia, y en parte, con la academia (y muy a menudo todavía con religiosos y exreligiosos metidos en el mundo académico) (López García 2000). Se trata, por tanto, de una tradición de traducir en absoluto ajena a motivaciones y controversias religiosas e ideológicas. Como han sugerido numerosos especialistas y avalan obras como Bibliografía provisional de obras árabes traducidas al español (1800–1987) (Garulo 1988), la traducción ha sido una parte esencial del quehacer de los arabistas del siglo XX. En el prólogo a una de las obras clave para reconstruir la historia de la traducción del árabe en el siglo XX, Arabismo y traducción, el principal historiador del arabismo, Bernabé López García, afirma que la traducción ha sido una de las actividades primordiales de los arabistas, una tarea que, pese a su importancia, caracteriza como la de francotiradores o almogávares (Arias, Feria & Peña 2003: 12). Otros especialistas coinciden en la valoración de que el arabismo español ha sido «ante todo y esencialmente una disciplina de naturaleza traductológica» (Gil Bardají 2009: 165). Sin embargo, todavía en 2003, quienes con más ahínco se han dedicado a historiar la traducción del árabe al español, los editores de Arabismo y traducción, consideraban que la historia de la traducción del árabe al castellano «está por hacer» y que «constituye un territorio aún prácticamente inexplorado» (Arias, Feria & Peña 2003: 18), y puede que siga siendo cierto.

 

La traducción colonial

Si los ejes centrales de la traducción venían pivotando en torno a la controversia nacional y religiosa que planteaba Alándalus y sus múltiples secuelas, la Guerra de África de 1859–1860 introdujo una nueva motivación a la traducción del árabe, el factor colonial. En la segunda mitad del siglo XIX se había fraguado en España un espíritu africanista que veía con buenos ojos la intervención militar en el Norte de África, preludio de la presencia colonial en Marruecos. La Guerra de África, la llamada «penetración pacífica», previa a la colonización, y el Protectorado de España en Marruecos (1912–1956) son episodios que tuvieron una repercusión directa en la traducción del árabe. Con la instauración del Protectorado se materializaban las ambiciones españolas en África, que se remontaban a los reyes católicos, y se abría un nuevo episodio en las relaciones con la lengua árabe, así como del papel de la traducción (Cañete 2021). La escuela del arabismo español no universitario, de traductores e intérpretes profesionales del denominado africanismo, además de a Alándalus , que siguió siendo prioritario, prestó también atención a aspectos antropológicos e históricos de Marruecos y a la creación de materiales destinados al aprendizaje del árabe, especialmente del árabe marroquí. Este grupo de arabistas olvidados hasta hace no mucho, los traductores de España en Marruecos (Zarrouk 2009), acometieron también la traducción de textos del árabe al español, como fue el caso de parte de la obra cumbre del primer historiador moderno de Marruecos, al–Nasiri, conocida como Kitab al–istiqsá, cuyo capítulo dedicado a la Guerra de África fue traducido hasta tres veces, por Clemente Cerdeira en 1917 como Versión árabe de la Guerra de África, por Maximiliano Alarcón como La guerra de Tetuán según un historiador marroquí contemporáneo en 1920 y por Reginaldo Ruiz Orsatti como La guerra de África 1859–1860, según un marroquí de la época en 1934 (en la revista Al–Andalus). El traductor Rafael Olmo Villafranca sintetizaba la labor de los traductores del Protectorado de la siguiente manera: «teníamos que traducir de todo: prensa, libros […], documentos notariales, documentos administrativos… traducciones inversas y directas. Y, por supuesto, [teníamos que] interpretar» (Arias Torres & Feria García 2003: 114).

Un poco siempre a rebufo de la colonización francesa en Marruecos, para formar traductores y, sobre todo, intérpretes, se inauguraba en 1930 la Academia de Árabe y Bereber de Tetuán, que pasaría a denominarse en 1938 Centro de Estudios Marroquíes, considerado por historiadores de la traducción como –y no sólo en lo referente a la lengua árabe– «el proyecto docente en materia de formación de traductores e intérpretes más importante en la historia de la educación en España durante el siglo XX» (Arias Torres & Feria García 2013: 263). Alándalus, que había ocupado y preocupado a los arabistas traductores del siglo XIX, siguió siendo central en el discurso colonial e incluso, a raíz de la Guerra Civil, cobró nuevos bríos en el corazón del franquismo. En la búsqueda de razones históricas que justificaran la colonización española (y de paso la participación de tropas marroquíes en la contienda) y que permitieran al tiempo distinguirse de los franceses, el franquismo abogaría por una comunidad histórica con Marruecos, por una cultura «hispano–árabe» compartida por españoles y marroquíes que se remontaba a Alándalus (Calderwood 2019). Con este espíritu, entre torticero y naif, para recuperar la memoria del «pasado común andalusí», se creaba en Tetuán en 1938 el Instituto General Franco de Estudios e Investigación Hispano–Árabe, una de cuyas principales misiones fue editar y traducir la literatura «hispano–árabe», es decir, andalusí (Mechbal 2015). En plena Guerra Civil, la maquinaria colonial española proseguía impasible su misión civilizadora y fraternal. La primera obra editada fue (Quitab el culiat: Libro de las generalidades, 1939), de Averroes, tildado por los paladines de esta institución como «caudillo de los filósofos de Andalucía» (Calderwood 2019: 201), si bien el capellán castrense Carlos Quirós había ya traducido al gran filósofo (Compendio de metafísica, Madrid, Maestre, 1919). Aunque tradicionalmente no haya venido formando parte de la historia del arabismo académico traductor, el Instituto General Franco llevó a cabo una importante labor de publicación y de traducción, con más de cien títulos, la mayoría de autores andalusíes, pero también marroquíes, como El Gassani, autor de El viaje del visir para la liberación de los cautivos (1940), en traducción del libanés Alfredo Bustani (Mora Villarejo 2012; González González 2015: 276). Coincidiendo con el centenario del inicio del Protectorado en Marruecos, Arias Torres y Feria García comisariaron la exposición Truchimanes. Intérpretes de árabe y bereber durante el Protectorado español en Marruecos, y ambos son también los autores del monumental Los traductores de árabe del Estado español. Del Protectorado a nuestros días (Barcelona, Bellaterra, 2013), donde se adentran en la historia de la interpretación y la traducción «oficial» del árabe en nuestro país. La traducción «oficial» y la interpretación –campos, por otra parte, históricos de la traducción del árabe en España– que, tras la independencia de Marruecos, desaparecen de primera línea, vuelven a cobrar una importancia inusitada con la llegada de decenas de miles de inmigrantes marroquíes, planteando de nuevo el viejo dilema de la relación del arabismo con la lengua árabe, con la traducción y la interpretación, con el mundo real (Fernández Parrilla 2008).

 

La traducción institucional

Hasta la independencia de Marruecos en 1956, además de a los autores andalusíes, se tradujo también a autores marroquíes, pero con el fin del Protectorado, los autores marroquíes desaparecen (Fernández Parrilla & Rodríguez López 2008), como también se desvanece la escuela de traductores e intérpretes y cuadros formados al abrigo de la empresa colonial, que, con contadas excepciones, como las Fernando Valderrama Martínez, José Aguilera Pleguezuelo o Mariano Arribas Palau (que dirigió el Instituto Jalifiano Muley el Hassan de Estudios Marroquíes, creado en Tetuán en 1937), no tienen vinculación con la universidad. Este grupo de traductores profesionales vinculados a la colonización, especialmente al Centro de Estudios Marroquíes y al Cuerpo de Interpretación de Árabe y Bereber, siguió su camino por otros derroteros, a veces en la administración española (Feria García & Arias Torres 2005). Tras la desaparición del Centro de Estudios Marroquíes y del resto de instituciones coloniales, habría que esperar hasta la creación de las escuelas universitarias de Traducción e Interpretación en Barcelona (1972) y Granada (1982) y, sobre todo, hasta que llegara el árabe como primera lengua extranjera en los estudios de traducción en Granada en 2002 para volver a la excelencia de la formación de traductores de la época colonial.

Con algunas excepciones, como la de Julián Ribera Tarragó –traductor de Historia de los jueces de Córdoba por Aljoxani (Madrid, Centro de Estudios Históricos, 1914), de Historia de la conquista de España de Abenalcotía el cordobés (1926), que sería el segundo tomo de la colección Obras arábigas de la Real Academia de la Historia, y de El cancionero de Abencuzmán (Madrid, Imprenta de Estanislao Maestre, 1928), del gran zejelero andalusí–, el arabismo académico no se inmiscuyó demasiado en la aventura colonial, dejándola en manos de los africanistas, y se replegó en lo que entendía como su obligación principal, Alándalus , su «Oriente doméstico», objeto de estudio y traducción predilecto de los arabistas hasta bien entrado el siglo XX (López García 2011, Gil Bardají 2009). No en vano, la revista más importante de la escuela de arabistas, donde aparecieron muchas traducciones por primera vez, se llamó Al–Andalus. Estuvo viva desde 1933 hasta 1977, sólo interrumpida por la Guerra Civil y le sucedería la revista del CSIC Al–Qantara, fundada en 1978, en la misma línea temática. Es más, desde la universidad española los arabistas trataron en general con altivez y desdén a los profesionales de la traducción y de la interpretación del Protectorado, como si la colonización no fuera con ellos, aunque compartieran en el fondo los presupuestos ideológicos del discurso colonial (Marín 1999: 82). Esta doble escuela, esta aparente esquizofrenia, estas maneras distintas de entender la traducción del árabe, ha sido magistralmente sintetizado como:

Si nos ceñimos al siglo XX, observamos durante su primera mitad la existencia de dos ámbitos bien diferenciados en la traducción del árabe. Por una parte, el ámbito de la traducción profesional –el de los trujamanes si queremos–, asociado a la acción colonial española en Marruecos y a la escuela africanista. Por otra, el ámbito de la traducción académica, asociado a los medios eclesiásticos y universitarios peninsulares. (Arias, Feria & Peña 2003: 19)

Una de las características comunes a la labor traductora de arabistas y africanistas ha sido el indispensable apoyo institucional. En este sentido, además de las mencionadas instituciones coloniales, cabe destacar la creación en 1932 durante la Segunda República de las Escuelas de Estudios Árabes de Madrid y de Granada, que se integrarían en 1939 en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), pero que nacieron y se desarrollaron también con el propósito de formar traductores útiles para la colonización (Marín 1992: 386–387; Arias Torres 2019). Es más, desde su inauguración, a la que asistió el jalifa de la zona Norte, la Escuela de Estudios Árabes de Granada nació estrechamente vinculada a Marruecos y al Protectorado (Calderwood 2019: 262–263; Marín 2009b).

La otra institución cardinal en muchos aspectos durante la segunda mitad del siglo XX fue el Instituto Hispano–Árabe de Cultura (IHAC), fundado en 1954 y dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores, una pionera y original institución de diplomacia pública que contribuyó decisivamente a la traducción del árabe al español de todo tipo de textos y a la emergencia de una nueva generación de traductores vinculados a la universidad española. Tanto en la creación de las mencionadas escuelas como en la del Instituto Hispano–Árabe de Cultura, descuella uno de los principales traductores del siglo XX, el poderoso Emilio García Gómez, quien no sólo dirigió ambas instituciones sino también la revista Al–Andalus, que fundó con Miguel Asín Palacios. García Gómez, volcado en la poesía andalusí, traductor, entre muchos, del poeta de la Alhambra, Ibn Zamrak, indagó también la poesía estrófica y dialectal andalusí, las moaxajas, las jarchas y los zéjeles, y las posibles influencias entre las líricas árabe y romance medievales, con versiones como Todo Ben Quzman (Madrid, Gredos, 1972). García Gómez cierra el ciclo de maestros y discípulos de los denominados «Banu/Beni Codera» –provenientes a su vez del fundador de los estudios árabes modernos en el XIX, Pascual de Gayangos­–, Francisco Codera Zaidín, Ribera, Asín Palacios y él mismo, que, directa o indirectamente, sería el maestro de la siguiente generación de arabistas traductores en Granada y Madrid (Marín 2009a). El otro epicentro del arabismo y, por tanto, también de la traducción, fue Barcelona, donde imperó el magisterio de Josep Maria Millàs Vallicrosa, quien inició una novedosa línea de estudio y traducción de la ciencia andalusí. Y hubo también versos sueltos, como el jesuita Ambrosio Huici, traductor de Colección de crónicas árabes de la Reconquista (Instituto General Franco de Estudios e investigación Hispano-Árabe 1951-1955).

La creación del IHAC debe entenderse en el marco de las llamadas «tradicionales relaciones de amistad» con el mundo árabe, que se habían convertido en uno de los ejes sobre los que se sustentaba la acción exterior del régimen franquista para romper su aislamiento internacional. El IHAC se convirtió en seguida en un referente de la cultura española del siglo XX, con su biblioteca (hoy Biblioteca Islámica Félix María Pareja –el jesuita fundador de la misma– de la AECID) y publicaciones, y en una institución clave para la traducción del árabe (Hernando de Larramendi, González González & López García, 2015). El IHAC era un proyecto institucional impregnado de la personalidad de García Gómez, quien realizó además las primeras traducciones. En 1955, con Diario de un fiscal rural, del egipcio Tawfiq al–Hakim, se inauguraba colección «Autores Árabes Contemporáneos», que constituye la primera iniciativa editorial destinada a difundir la literatura árabe contemporánea en España. En 1956 veía la luz la primera traducción publicada en el marco de la nueva colección «Clásicos Hispano–Árabes Bilingües», Poesías de Ibn al–Zaqaq, traducido también por García Gómez, colección en la que, extrañamente, sólo verían la luz tres títulos más: las antologías Poesías (1979) de Ibn Zaydun, traducida por Mahmud Sobh, con prólogo de Elías Terés; Poesías (1982) de Al–Mutamid, en traducción de María Jesús Rubiera Mata; y Abu Yaʻfar ibn Saʻid: un poeta granadino del siglo XII (1997), traducido por Celia del Moral. El IHAC publicó también el instrumento clave para la siguiente generación de traductores, el Diccionario árabe–español (1977) de Federico Corriente Córdoba.

Fruto de un acuerdo de 1988 entre el IHAC y el CSIC es la colección para la edición y traducción de textos andalusíes «Fuentes Arábico–Hispanas», que sigue existiendo y constituye uno de los pilares de los estudios árabes del CSIC y del conocimiento de Alándalus. La primera publicación fue Kitab al–Ta’rij/La historia (1991) de ‘Abd al–Malik B. Habib, edición y estudio de Jorge Aguadé. De la mano de grandes especialistas y traductores del CSIC y de la universidad española, como Manuela Marín, Ana Ramos Calvo, Josep Puig Montada o Mayte Penelas –traductora de la crónica anónima La conquista de al–Andalus (2002)­–, han aparecido en esta colección una cuarentena de obras esenciales para la compresión y el estudio de la civilización andalusí. Además, desde la Escuela de Estudios Árabes de Granada del CSIC, bajo el impulso, entre otros, de Expiración García Sánchez y Camilo Álvarez de Morales, se ha atendido el estudio y traducción de la ciencia andalusí en los ámbitos de la agronomía, la alimentación y la historia de la medicina.

 

Del islam cristianizado y Alándalus hispanizado a los clásicos universales

Otra de las figuras notorias del arabismo del siglo XX fue el sacerdote Asín Palacios, hacedor de la comunidad espiritual entre cristianismo e islam, que tendría gran proyección internacional con el polémico La escatología musulmana en la Divina Comedia (1919). Destacó en el ámbito de la traducción de textos filosóficos y místicos, de nuevo fundamentalmente andalusíes, y fue quien primero tradujo al ilustre andalusí Ibn Hazm, el impresionante Abenházam de Córdoba y su historia crítica de las ideas religiosas (Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1927–1932). De Ibn Hazm, García Gómez, que también fue embajador en Irak, Líbano y Turquía, tradujo una de las obras que probablemente mayor impacto ha tenido en medios literarios e intelectuales españoles, El collar de la paloma (1952), popularidad en parte atribuible al prólogo de José Ortega y Gasset. A este mismo traductor debemos otro de los hitos de la traducción del árabe, la antología de poesía andalusí, múltiples veces reeditada en la colección «Austral» de Espasa–Calpe, Poemas arábigoandaluces (1930), pues podría haber inspirado a Federico García Lorca, en especial su Diván del Tamarit. Considerado como un miembro más de la generación del 27, la poética andalusí de García Gómez influyó también en Rafael Alberti (Cañada 2013). Dado el régimen excesivamente devocional entre maestros y discípulos y los férreos criterios de autoridad imperantes en el gremio del arabismo hasta no hace mucho, cabe señalar como excepcional, como fresca osadía, la aparición de una segunda traducción de El collar de la paloma (Hiperión, 2009), de subtítulo El collar de la tórtola y la sombra de la nube, por Jaime Sánchez Ratia, traductor también de la indispensable Lo que nos contó Isa ibn Hisham (Madrid, Verbum, 2017) del egipcio Muhammad al–Muwaylihi.

Siguiendo con los andalusíes y otros filósofos universales hay que destacar las traducciones de Ángel González Palencia, El filósofo autodidacto (Madrid, Maestre, 1934) de Ibn Tufayl y Rectificación de la mente: tratado de lógica por Abusalt de Denia (Madrid, Centro de Estudios Históricos, 1915); la Exposición de la «República» de Platón (Madrid, Tecnos, 1986) de Averroes, traducida por Miguel Cruz Hernández, que también vertió La metafísica de Avicena (Granada, Universidad de Granada, 1949); Confesiones (Madrid, Alianza, 1989) de Algazel, por Emilio Tornero; y las de Pablo Beneito del sufí universal Ibn Arabi, como Las contemplaciones de los misterios (Murcia, Editora Regional de Murcia, 1994), en colaboración con Suad al–Hakim; y de Joaquín Lomba, El régimen solitario de Avempace (Madrid, Trotta, 1997) y a otros traductores de filosofía como Rafael Ramón Guerrero (Epalza 2004).

Con sus versiones de El Corán y Las mil y una noches, traductores como Juan Vernet y Julio Cortés, autor de otro instrumento esencial para las nuevas generaciones de traductores, el Diccionario de árabe culto moderno (árabe–español), de 1996 (Madrid, Gredos), han enriquecido la cultura española con obras universales. Desde el siglo XIX había una tradición de traducir Las mil y una noches, que habían sido profusamente vertidas del francés y del inglés desde las versiones de Galland, Burton y Mardrus, la más popular de las cuales fue la de Vicente Blasco Ibáñez desde la traducción francesa de Mardrus, El libro de las mil noches y una noche (1912–1916). Las primeras traducciones directas del árabe llegarían, para algunos, de la mano de Rafael Cansinos Assens, que publicó en 1954–1955 en México (Aguilar) el Libro de las mil y una noches, y, para otros, de la mano de académicos como Vernet (Las mil y una noches, 1964 y 1990), y luego de Juan A. G. Larraya y Leonor Martínez Martín (Las mil y una noches, 1965) y Julio Samsó (Antología de las mil y una noches, 1976), que se sintieron atraídos por este texto mágico, y que fueron publicadas, además, por editoriales como Planeta, Vergara y Alianza, que buscaban llegar al gran público y lo consiguieron. Dolors Cinca y Margarita Castells publicarían Las mil y una noches. Según el manuscrito más antiguo conocido (Barcelona, Destino, 1998). Las traducciones de este texto inagotable y architraducido culminan con el monumental esfuerzo de otro de los grandes traductores, Salvador Peña Martín. Aunque no tanto como le hubiera gustado, Peña Martín ha conseguido modificar el título a Mil y una noches (Madrid, Verbum, 2016) –y a Mil una noches en la antología (Barcelona, Karwán, 2020)–, despegándose así de una arraigada tradición afrancesada; traducción por la que ha obtenido premios dentro y fuera de España, como el Sheikh Hamad de Traducción de Qatar en 2016.

La segunda mitad del siglo XX es también una etapa prolífica en lo que se refiere a traducciones del Corán, cuando se realizaron las primeras traducciones directas del árabe al español, que pasan por ser las versiones de El Corán de los académicos Vernet (1953 y 1963) y Cortés (1979), si bien Aníbal Rinaldi, Intérprete Mayor de la Legación de España en Marruecos, lo había ya traducido, además de las traducciones realizadas en Argentina al amparo de instituciones islámicas, y de la versión de Cansinos Assens del texto sagrado, El Korán (Madrid, Aguilar, 1951). Cabe señalar una corriente de traducciones del Corán realizadas por y para «musulmanes españoles», con particularidades textuales que difieren de las traducciones académicas, como las de Álvaro Machardom, Al Quran. Sagrado e inimitable (1980), patrocinado por la entonces denominada Comunidad Musulmana de España; El Corán. Traducción comentada (1994) de Abdel Ghani Melara Navío, publicación vinculada a la Comunidad Islámica en España y reeditada en 1996 con patrocinio saudí como El Noble Corán y su traducción comentario en lengua española; o El Corán (1998), traducción de Farida Salhi auspiciada por la Comunidad Musulmana Sunnita de España, dentro de las cuales Arias Torres distingue dos tipos: las que presentan el Corán desde una perspectiva ecuménica o las que propugnan el carácter único y superior de la revelación coránica (Arias Torres 2007).

Los grandes clásicos de la prosa árabe también han sido atendidos, de manera especial por Serafín Fanjul, traductor, además de varios títulos de literatura popular árabe, de las Venturas y desventuras del pícaro Abu l–Fath de Alejandría (Maqamat) de al–Hamadani (Alianza, 1988); El libro de los avaros (Editora Nacional, 1984) de al–Yahiz; y, junto con Federico Arbós Ayuso, de una de las más populares rihla, el género clásico de la literatura de viajes, la de Ibn Battuta, con el título de A través del islam (Editora Nacional, 1981), género del que Felipe Maíllo tradujo A través del Oriente (Barcelona, Serbal, 1988) del andalusí Ibn Yubair. Marcelino Villegas tradujo otro de los clásicos universales, Calila y Dimna (Madrid, Alianza, 1991) de Ibn Al–Muqaffa, autor de quien M.ª Luz Comendador y Margarida Castells han traducido también Ética y educación para políticos (Madrid, Verbum, 2018).

Por lo que se refiere a la poesía clásica, Corriente Córdoba tradujo una de las obras fundamentales de la literatura árabe, Las Mu’allaqat: antología y panorama de Arabia preislámica (Madrid, IHAC, 1974), de la que, junto a Monferrer Salas, hizo una nueva versión, Las diez Mu’allaqat: poesía y panorama de Arabia en vísperas del islam (Madrid, Hiperión, 2005). Corriente Córdoba publicó también diversas versiones de los zéjeles del gran Ibn Quzman, como El cancionero hispanoárabe (Hiperión, 1996). Además de Teresa Garulo, la gran traductora de poesía andalusí tras García Gómez (Cañada 2019) y de obras como El libro del brocado (Madrid, Alfaguara, 1990), otro gran traductor de poesía fue José Manuel Continente, siendo probablemente su obra cumbre el Libro de la magia y de la poesía de Lisan al–din Ibn al–Jatib (Madrid, IHAC, 1982), con la que ganó el Premio de Traducción Fray Luis de León de Lenguas Orientales en 1982. El gran Abu Nuwás sería traducido por Jaume Ferrer Carmona (curtido traductor de autores como el libanés Elias Khoury) y Anna Gil Bardají, Cantar al vino (Madrid, Cátedra, 2010), y por Peña Martín, Masculina, femenina (poesía amatoria) (Madrid, Verbum, 2018), traductor también del gran Abu l–Alá Al–Maarri, Chispa de encendedor (Verbum, 2016); y otro de los grandes de la poesía clásica, al–Mutanabbi, fue traducido por Milagros Nuin y Clara Janés, Tiempo sin tregua (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2007).

 

Del Protectorado a la traducción de literatura árabe contemporánea

Se suele considerar que la publicación en 1954 de la novela autobiográfica Los días (Valencia, Castalia) del egipcio Taha Husayn traducida por García Gómez constituye el inicio de la traducción de literatura árabe contemporánea al español. Y en 1955 con su ya citada versión de Diario de un fiscal rural de al–Hakim inauguraba la colección «Autores Árabes Contemporáneos» del IHAC. Menos conocidos son los inicios de la traducción de literatura árabe contemporánea en las postrimerías del Protectorado, concretamente en Tetuán, «caladero obligado de la época» (Arias, Feria & Peña 2003: 31) por el que pasaron algunos de los llamados a constituir la nueva generación de universitarios y traductores, por ejemplo, Pedro Martínez Montávez, que allí publicó en 1956 La escuela siro–americana en la colección «Itimad» de Ediciones Al–Motamid de la revista homónima. Ese mismo año se publicaba El rumor de los párpados del libanés Mijail Naima, traducido por Leonor Martínez Martín y Mohamed Sabbag, publicado por Rialp en la colección de poesía «Adonais». Martínez Martín también publicó una primera antología de poesía árabe contemporánea en la revista Ketama, la otra de las revistas «hispano–árabes» del «Marruecos español» junto a Al–Motamid, que dirigieron respectivamente los poetas Trina Mercader y Jacinto López Gorgé, con el concurso de Sabbag, poeta oficial de la zona Norte (Goikolea-Amiano 2020). La primera colección de poemas publicada en España fue la antología Poesía árabe contemporánea (Madrid, Escelicer, 1958) de Martínez Montávez, traductor también de la antología Poetas árabes realistas (Rialp, 1970) en la colección «Adonais», tribuna clave de la poesía social de la época. Cabe destacar en estos inicios de la traducción de la literatura árabe contemporánea, ya desde el Protectorado, la importancia de las antologías y el predominio de la poesía. En 1972 Martínez Martín publicaría en la colección «Austral» de Espasa–Calpe la influyente y popular Antología de poesía árabe contemporánea.

A partir de los 60 una nueva generación de arabistas traductores, sobre todo bajo el patrocinio del IHAC, sigue traduciendo antologías de poesía, teatro y cuento. Se traducen fundamentalmente obras de autores egipcios, como T. al–Hakim, Muhammad Taymur y Yusuf Idriss, o el sirio Adonis. Entre los traductores cabe destacar a María Eugenia Gálvez, Fernando de la Granja (especializado en prosa andalusí, Maqamas y risalas andaluzas, IHAC, 1976), José María Fórneas (traductor precoz de novela), Pedro Chalmeta, Joaquín Vallvé, M.ª Concepción Vázquez de Benito (traductora de textos médicos como La medicina de Averroes: comentarios a Galeno, Colegio Universitario de Zamora, 1987), Corriente Córdoba y M.ª Jesús Viguera. Estos dos últimos continuaron la traducción del cronista de Alándalus, Ibn Hayyan de Córdoba, Crónica del califa ‘Abdarrahman III an–Nasir entre los años 972 y 942 (al–Muqtabis V) (Zaragoza, IHAC, 1981), que ya había empezado García Gómez.

En la colección «Autores Árabes Contemporáneos», la de mayor fortuna del IHAC, llegaron a aparecer veinticuatro títulos. Martínez Montávez publicó ahí los Poemas amorosos árabes (1965 y 1975) del sirio Nizar Kabbani, traducción que tendría cierto impacto en la poesía joven española. Como número cuatro llegaba al lector español la primera antología de cuentos en traducción colectiva bajo el título, Nuevos cuentos árabes (1965). Villegas y Viguera abundaron en la traducción de este género con Narraciones árabes del siglo 20 (Magisterio Español, 1969). Cabe también señalar la serie de Antologías Nacionales sobre las literaturas del mundo árabe publicadas por el IHAC, que eran en realidad un vasto proyecto colectivo de traducción. La primera en ver la luz fue Literatura iraquí contemporánea (1973) y la última, Literatura y Pensamiento Marroquíes Contemporáneos en 1985 (López García 2015).

Además del IHAC y del CSIC, otras instituciones, como el Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, fundado en Madrid en 1950, han publicado traducciones, casi exclusivamente de egipcios, pero con mala distribución y poco impacto, más allá de los arabistas universitarios (por ejemplo, la antología Siete cuentistas egipcios contemporáneos, de 1964, traducida por Martínez Montávez); o la Casa Hispano–Árabe, asociación privada fundada en 1968 (con su colección «Arrayán»). No obstante, contribuyeron a consolidar una nueva generación de traductores, como Viguera, Fanjul, Carmen Ruiz Bravo–Villasante o Arbós (gran traductor de poesía contemporánea, de autores como el iraquí al–Bayati). Este nuevo grupo de traductores participaría también en torno a la revista Almenara, fundada en 1971. A finales de los 60, al hilo de la actualidad política de la región, sobre todo del desastre de la Guerra de los Seis Días de 1967, comenzó un nuevo flujo de traducciones que atendían primordialmente a motivaciones políticas, con antologías como Poetas palestinos de resistencia (Madrid, Casa Hispano–Árabe 1969), traducida por Martínez Montávez y Mahmud Sobh.

Si la colección «Fuentes Arábico–Hispanas» y los investigadores del CSIC de Granada y Madrid han atendido primordialmente a los textos andalusíes, en el último cuarto del siglo XX la universidad española se escoró más hacia lo contemporáneo, rompiendo al mismo tiempo el ensimismamiento andalusista y el mandarinazgo de García Gómez, bajo el empuje de Martínez Montávez y la Universidad Autónoma de Madrid (López García 1997, Paradela Alonso 2000).

 

El Premio Nobel a Naguib Mahfuz

La concesión del Premio Nobel de Literatura en 1988 por primera vez un escritor árabe, el novelista egipcio Naguib Mahfuz, generó un flujo de traducción sin precedentes. Se ha señalado que la concesión del galardón motivó «el hecho de traducción árabe–castellano de mayor importancia que se recuerda, exceptuando, como es natural, los continuos procesos de recepción generados por el texto sagrado del Alcorán y las diversas asimilaciones de Las mil y una noches» (Peña Martín 1997: 122). A raíz del premio, las editoriales comerciales empiezan a cobrar mayor presencia y el respaldo institucional ya no va a ser tan decisivo (Comendador et al. 1999). No es que antes no se hubiera publicado en editoriales no institucionales, pero el grueso había aparecido en las prensas institucionales. El salto de la literatura árabe a la escena pública y al ámbito de las grandes editoriales es, en gran medida, mérito del escritor egipcio, que despierta un nuevo interés «comercial» por la publicación de literatura árabe.

El premio fue un hito y supuso también una suerte de cambio de ciclo en la traducción del árabe. La concesión del Nobel contribuyó, por ejemplo, a desplazar las traducciones hacia la novela, aunque la traducción de poesía ha seguido siendo importante. Así mismo, se produce un cambio en los modos de traducir, de una tradición de traducción filológica e institucional, heredera de la edición y traducción de textos andalusíes, se va pasando hacia una traducción más acorde con las maneras de traducir las literaturas contemporáneas de otras lenguas. En 1988 sólo existían un par de obras de Mahfuz en forma de monografía, Cuentos ciertos e inciertos (IHAC, 1974) y Principio y fin (IHAC, 1988), traducidas por Villegas, el primero en colaboración con Viguera. Hoy la práctica totalidad de la vasta obra de Mahfuz se encuentra disponible en español. Enseguida vio la luz en Alcor su famosa «Trilogía» (Entre dos palacios, Palacio del deseo y La azucarera, 1989–1990), vertida por un grupo de traductores vinculados a la Universidad de Sevilla. Por el mismo procedimiento de traducción colectiva (y bajo seudónimo esta vez, por miedo a las fetuas del imam Jomeini, como la emitida contra el escritor anglo–indio Salman Rushdie) vio también la luz en Alcor la polémica y prohibida Hijos de nuestro barrio (1990). La concesión en 1993 de la Concha de Plata del Festival de Cine de San Sebastián a la versión cinematográfica ambientada en México de Arturo Ripstein de Principio y fin daba un nuevo impulso a la traducción de la obra de Mahfuz. Coincidiendo con el auge en España de la novela histórica y de la «egiptomanía» en los 90 editoriales como Planeta DeAgostini y Edhasa hicieron sus primeras incursiones en la literatura árabe con títulos como La batalla de Tebas en 1995, o La maldición de Ra en 1996 (Comendador et al. 1999).

Desde finales de los 80 se ha producido otro fenómeno editorial que, aunque no afecta sólo a la traducción del árabe, es ilustrativo de los cauces por los que esta literatura es a menudo recibida. Se trata de las numerosas ediciones y reediciones de obras de Gibran Khalil Gibran, autor libanés del bestseller mundial El profeta, la mayoría traducidas del inglés, aunque Gibran también escribió y se ha traducido del árabe. En las editoriales comerciales new age que lo publican encontramos libros de esoterismo y autoayuda. Sirva Gibran para plantear el lugar, al tiempo privilegiado y liminal, que ocupan esos, cada vez más, escritores árabes que escriben en otras lenguas.

 

Editoriales y colecciones especializadas

En 1985 Carmen Ruiz Bravo–Villasante, traductora de Un testigo árabe del siglo XX: Amin al–Rihani en Marruecos y en España (Madrid, CantArabia, 1993) del libanés Amin al–Rihani, lanzaba la editorial CantArabia, que inició su andadura con una antología de cuentos, Del Atlas al Tigris, relatos árabes de hoy, y que ha publicado varias decenas de traducciones. Traductores de larga trayectoria, como Milagros Nuin Monreal, con Dos novelas sudanesas (1987) de Tayeb Saleh –autor de una de las novelas más influyentes del siglo XX, Época de migración al norte (Alcor, 1990)– o Salvador Peña, con La cara oculta y cinco relatos (1987) del iraquí Fuad Tekerli, se iniciaron bajo sus auspicios. Nuin se ha dedicado fundamentalmente a la novela contemporánea, como la importante novela histórica Zaini Barakat (Madrid, Libertarias, 1994), y es la introductora en España de autoras como la libanesa Huda Barakat o la saudí Raja Alem.

En 1989 empezó su andadura en Madrid Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, con un catálogo centrado inicialmente en la literatura magrebí de expresión francesa. En 1995 comenzó una fructífera colaboración con la Escuela de Traductores de Toledo, llegando a crear una colección de literatura árabe, «Memorias del Mediterráneo», consagrada a la publicación de obras de corte autobiográfico, que sigue viva y lleva publicados una veintena de títulos de autores como el sirio Salim Barakat, los palestinos Yabra Ibrahím Yabra y Mahmud Darwish o el apátrida Abderrahmán Munif. Además, en su colección «Poesía» han visto la luz varios títulos de uno de los grandes poetas árabes, Adonis, entre ellos el monumental El libro (2005), traducido por Arbós Ayuso, y poetas como el marroquí Mohamed Bennís o el palestino Murid Barguti. Cabe destacar también la reedición del ensayo Poesía y poética árabes (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 1997) de Adonis, con el que Ruiz Bravo–Villasante inauguraba en 1975 (Introducción a la poesía árabe, Universidad Autónoma de Madrid) una novedosa línea de traducción de pensamiento contemporáneo que no ha tenido, desgraciadamente, mucho desarrollo. Otras contribuciones en este ámbito son las de Juan Antonio Pacheco Paniagua, con La Epístola de la unicidad de Muhammad Abduh (Arcibel, Sevilla, 2013), El legado filosófico de los árabes del marroquí Mohamed Ábed Yabri (Madrid, Trotta, 2006) por Feria García, Sufismo y surrealismo (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2008) de Adonis traducido por José Miguel Puerta Vílchez, o La naturaleza de la tiranía, del pensador sirio Abderrahmán al–Kawákibi en traducción de Pablo García Suárez (Madrid, Verbum, 2019).

Otro fenómeno destacable es la aparición de colecciones de literatura árabe en editoriales no especializadas en el mundo árabe o islámico, como la colección «Al–Quibla» en la editorial Libertarias–Prodhufi en 1990, dirigida por Juan Goytisolo. Una escisión de la editorial dio lugar a la creación de una nueva colección, «Al–Kalima» en Huerga & Fierro, dirigida por M.ª Luisa Prieto González, traductora de Mahfuz y Darwish, que publicó seis títulos entre 1994 y 1996. Paralelamente, se mantuvo «Al–Quibla», que en 1997, con Los textos de las Pirámides, del egipcio Gamal El Guitani llegó al número diez. A excepción de algunas obras como esta de El Guitani, y las del marroquí Mohamed Chukri, la práctica totalidad de la literatura árabe publicada en España ha sido traducida por arabistas formados en la universidad española. Entre ellas, merece una mención aparte El pan desnudo (Barcelona, Montesinos, 1982) de Chukri, traducido por el hispanista marroquí Abdellah Djbilou, con prólogo de Goytisolo, que tanto hizo porque la literatura árabe, especialmente la marroquí, se conociera en España. Goytisolo tuvo que ver también con el cambio de título de la segunda traducción al español de El pan desnudo a El pan a secas, publicada en 2014 por Cabaret Voltaire, editorial que está sacando todo Chukri en español, además de otros autores francófonos, como Abdelá Taia o Leila Slimani, ganadora del Goncourt en 2016 con Canción dulce. El pan a secas es, en efecto, una traducción más fiel al título original, pero perdía parte de la magia y del prestigio que se había granjeado por sí solo El pan desnudo, título probablemente inspirado en la versión francesa del escritor marroquí francófono Tahar Ben Jelloun, Le pain nu, una dependencia de Francia extensible tal vez más allá de estos detalles.

Tras el Instituto Hispano–Árabe de Cultura y el CSIC –junto con iniciativas de la Universidad de Granada en torno al grupo de investigación Estudios Árabes Contemporáneos, que lideró Mercedes del Amo y la colección Literatura Árabe Contemporánea de la editorial Comares, que lleva traducidos nueve títulos de prosa y poesía desde 2007, con traductores como Rafael Ortega Rodrigo­–, la Escuela de Traductores de Toledo, recreada en 1994 en el seno de la Universidad de Castilla–La Mancha, representa el respaldo institucional más importante a la traducción de textos árabes acaecido en los últimos años. Con el apoyo de la European Cultural Foundation, desde la Escuela de Traductores de Toledo se participó en el programa de traducción a lenguas europeas «Memorias del Mediterráneo», que se vincularía en España a la mencionada Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Además, en torno a esta Escuela y a ese programa de traducción se fragua un proyecto de traducción que contribuye a cambiar de alguna manera el paradigma de traducción filológica, la «tradición traductora del arabismo español tradicional», que se caracterizó a sí misma como «literario–literal» (Arias, Feria & Peña 2003: 24). Se culminaba de alguna manera el apartamiento de la pauta de traducción filológica e institucional que ya había venido preparando la anterior generación de traductores, y que se había caracterizado por el uso de palabras transliteradas del árabe y de notas a pie de página para explicarlas, así como por el uso de rebuscados arabismos (Fernández Parrilla 1997). Una generación prolífica y profesional que va a transitar lo contemporáneo, pero también lo clásico, con nombres como Peña Martín, Comendador, Luis Miguel Cañada, Ignacio Gutiérrez de Terán, García Suárez, Anna Gil o Ignacio Ferrando, que obtuvo el premio Sheikh Hamad por su traducción de la novela histórica Azazel (Madrid, Turner, 2014) del egipcio Youssef Ziedan.

En el siglo XXI la Escuela de Traductores de Toledo ha seguido con sus programas de traducción (Clásicos árabes, Clásicos árabes contemporáneos, Literatura y pensamiento marroquíes, Literatura infantil y juvenil) y colaborando con diversas editoriales, en especial con la editorial Verbum y su Serie Letras Árabes, que dirige el intelectual iraquí Abdulhadi Saadun. «Turner Kitab» fue otra colección de la editorial Turner en colaboración con el International Prize for Arabic Fiction, que sacó seis títulos. Otras editoriales que han publicado literatura árabe son Impredisur y Alcalá Grupo Editorial en Granada, Quórum en Cádiz o la Librería Diwan en Madrid, y siguen surgiendo nuevas colecciones, como «Maktaba», en la editorial Relee, que se inauguraba con La fortaleza de polvo (2017) del egipcio Ahmad Abdulatif; e incluso editoriales especializadas, como Karwán en Barcelona, que han sacado ya autores como el sirio curdo Salim Barakat y la antología Mil una noches (2020) de Peña Martín. Podríamos considerar un nuevo fenómeno en la normalización de la literatura árabe en España que las obras traducidas, sin apoyo institucional, hayan dejado de publicarse en editoriales o colecciones especializadas para simplemente integrar el catálogo de autores universales, como Darwix en la valenciana Pre–Textos.

Cabe, por último, destacar la cosecha de premios nacionales de traducción. Al ya mencionado a Continente, le sigue en 1988 Arbós Ayuso, por su versión de Epitafio para Nueva York, de Ali Ahmad Said, Adonis. En 2002 lo conseguía Mikel de Epalza por la traducción del Corán al catalán, L’Alcorà. En 2012, Luz Gómez García por En presencia de la ausencia de Mahmud Darwix, y, en 2017, Peña Martín por Mil y una noches. Asimismo, en 2017 se concedía el Premio Nacional a la Obra de un Traductor a Malika Embarek, traductora sobre todo de autores magrebíes francófonos, como Tahar Ben Jelloun, pero también de arabófonos como Chukri. Puede que no sea una casualidad que Peña Martín y Embarek López estuvieran estrechamente vinculados al diseño del espíritu de la nueva Escuela de Traductores de Toledo. Además, algunos arabistas traductores han formado parte de la academias de la Historia y de la Lengua, como, por citar algunos de los últimos, Viguera Molins, Fanjul o Corriente Córdoba, y recibido premios como el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, García Gómez en 1992, o el premio emiratí Sheikh Zayed, Martínez Montávez en 2009, o el Premio Panhispánico de Traducción Especializada a Álvarez de Morales Ruiz–Matas en 2007 por Libro de las generalidades sobre medicina (2003) de Averroes.

La traducción ha sido, por tanto, una de las principales actividades de arabistas y africanistas desde principios del siglo XX. Tanto en lo colonial como en lo universitario ha sido una traducción fuertemente dependiente de las instituciones, hasta la concesión del Nobel a Mahfuz en 1988. También, tanto en lo colonial como en lo universitario, Alándalus fue entendido como un deber de Estado, por lo que la nómina de autores andalusíes traducidos sigue siendo muy importante. Tras el premio a Mahfuz, se traduce mucha literatura egipcia, la más importante en cuanto a volumen de autores, pero es posible también observar en los últimos años el aumento de traducciones de autores de otras latitudes, fundamentalmente de Marruecos y Líbano, y también de los clásicos orientales. Entre las motivaciones de los traductores de árabe se han destacado las científicas, académicas, ideológicas, religiosas, políticas y coloniales, a las que cabría añadir meras razones de amistad y, en contadas ocasiones, crematísticas (Arias, Feria & Peña 2003: 26).

 

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